PECKINPAH Sam (1925-1984)

Mayor Dundee (Mayor Dundee) (1965: 9.0)

“Más clásico que Peckinpah”

 El Mayor Dundee es Charlton Heston, un oficial recio, ambicioso (aunque no lo lleguemos a confirmar), obstinado, obsesionado con la Guerra y la Violencia (más que con el Deber), y portador también de una temible dignidad, digna de Sam Peckinpah, director y co-guionista de este western, a medio camino entre los clásicos de los cincuenta y la variante más febril y revisionista de mediados de los sesenta hacia delante. Por algo este film del oeste, pero ante todo de Peckinpah, es de 1965, entre dos aguas: entre Mann y Hawks y el Peckinpah de Grupo salvaje y los oestes de Sergio Leone (y desde ahí ya más bien parodia y ridículo que otra cosa, con las excepciones de rigor).

“Corran como el diablo”, les dice un par de veces Heston a su pintoresco grupo de sirvientes a la causa, tan variopinto que está formado por malhechores, ladrones, borrachines y sólo algún soldado “de verdad” del ejército de los EEUU. Y la película, como todas las de Peckinpah, es una huida y una persecución, que en el caso de este oscuro director (no se sabe demasiado de él) vienen a ser lo mismo. Se huye de la pasividad y de la generosidad, de la tranquilidad y de los nuevos tiempos. Se huye del enemigo que antes fue amigo. Se persigue con obstinada tirantez y brío un honor singular, más personal que patriótico, más inconsciente que razonado. Se persigue al enemigo, pues esa es la misión, y se persigue, aunque a veces se haya cabalgado junto a él o aún se cabalgue, al enemigo que antes fue amigo, o que ahora es un híbrido.

Veo Mayor Dundee como un film que aún quiere ser clásico, más vibrante, elegante y optimista que lo que vendría poco después. Veo un gran socavón entre Mayor Dundee y Grupo Salvaje, con Pat Garret and Billy the Kid en el medio (no cronológico, pues es posterior, sino “estilístico” o incluso ético). Veo, en las películas de Peckinpah, una subida a una montaña de violencia, incomprensión y fatalismo. En la cima de la montaña está The Wild Bunch, y ya descendiendo está Pat Garret... Pero no hablo de calidad, en este descenso, pues para mí la obra maestra entre las grandiosas de Peckinpah está precisamente en este suave descenso hacia principios de los setenta, en la historia que protagonizan (aunque es Peckinpah quien la “hace protagonizar”) James Coburn y Kris Kristofferson (con el halo enigmático y musical que aporta Bob Dylan actor y músico, en ningún caso despreciable). En Mayor Dundee estamos en pleno ascenso, y mientras vamos dejando a un lado a Howard Hawks, John Ford o Anthony Mann, vamos encontrándonos con el “verdadero” Peckinpah; disculpen tan cuestionable adjetivo, pero así lo pienso. El Peckinpah romántico, desencantado, ambiguo, desconsolado y pleno está en Pat Garret y Billy el Niño, más que en ninguna obra de este autor. Añadiré, para no quedarme con las ganas, que esta película me parece no sólo la mejor de Peckinpah sino una de mis favoritas por los siglos de los siglos, ya la he visto cinco veces. Al menos lo creo hoy 27 de agosto de 2001, y la tengo reciente. Pero hoy toca hablar de Mayor Dundee, otro de sus grandes logros.

El tema de Borges del traidor y el héroe es recurrente en Peckinpah. Parece que Heston quiere ser un héroe, busca la pelea como el alpinista el oxígeno, y así se lo echa en cara alguno de sus soldados y la bella mujer con la que vive una hermosa historia de ¿amor? que termina con un baño en el río. Pero Heston también puede ser un traidor (“puede”, no es claro, nada es claro en los filmes de Peckinpah, donde los “buenos”, para serlo, tienen que ser malos en algún momento). De traidor y de “trepa” le acusa su compinche, que iba a morir ahogado acusado de traición, precisamente, pues piensa que Heston mandó luchar a hermanos contra hermanos (americanos todos) para conseguir más medallas. Heston hizo “lo que debía hacer”, lo que él quiso hacer, y fuera de ahí lo demás es traición. En Peckinpah, la traición es siempre relativa al momento y al hombre que esté al mando, aquel con cuya mirada mejor nos identificamos los espectadores (nunca tanto como con la mirada de Billy el niño, Kristofferson, en esa maravillosa e inigualable película, que me desborda).

En Peckinpah, la traición surge de una antigua amistad, que es apisonada por los nuevos valores o las nuevas responsabilidades, por el deber. Billy el niño no cambia aunque cambien los tiempos, por eso muere. Es traicionado por Garret y por los novedosos aires burocráticos, “democráticos” y demagógicos del oeste “civilizado”, que él rechaza y quiere ignorar pero no puede. También Heston traiciona a su, pensamos, amigo, pero es traicionado por ese mismo amigo, y despreciado por él cuando le perdona la vida. En Peckinpah, es el sistema (las circunstancias inefables) el que desune las uniones; de amigo a enemigo hay un recodo muy estrecho. Los personajes no tienen claros sus sentimientos, sobre los que planean sus causas particulares, las guerras, las banderas, el honor y, sobre todo, el orgullo y el amor propio.

La persecución en esta película tiene por perseguidos a los apaches y, accidentalmente, a los franceses, que se muestran poco duchos en el arte del cuerpo a cuerpo y la artillería. La película, en este sentido, sufre de un cierto desequilibrio, lo que colabora en su complejidad, pues al principio pensamos que el film se centrará en la lucha hombre blanco-hombre indio. Pero luego la realidad es que más problemas acarrea el encuentro con el ejército francés y, entre medias, las deserciones y amenazas de motín dentro del propio grupo de desarrapados comandados por el Mayor Dundee, ayudado por un jovenzuelo (el narrador, que lleva un diario que nos cuenta a los espectadores), un sacerdote, un teniente barbilampiño obsesionado con la eficacia y un par de apaches, también traidores a su causa. El lema de Dundee es “Hasta que el apache sea aniquilado”, y a partir de ahí ya habrá tiempo para saldar cuentas pendientes con su amigo-enemigo traidor y traicionado y con toda su compañía de criminales reconvertidos en soldados. Su parecido con el Dunson-Wayne de Red River no puede ser casual.

La tensión entre ambos grupos (los propiamente soldados y los otros) aumenta con la muerte de uno del segundo grupo, desertor indefendible (mentiroso y cobarde), por el que Heston no tiene clemencia (tampoco Peckinpah). Es decir, en este film jamás hay un descanso tras la batalla, y tras la tempestad no viene la calma sino otra tempestad, casi hay que hablar de masoquismo. La única calma relativa conlleva la borrachera: es decir, intentar olvidarse de lo que se es y ser otro; Heston no se emborracha, no obstante, él siempre es él.

Hay constantes del posterior cine de Peckinpah que aquí aparecen: cierta tendencia a que veamos casi a ras de suelo a los animales, las hierbas y los niños sucios que juguetean. La visión de los ahorcados (sin redundar, sin ocultarlos), la tierra anaranjada y febril, algún primer plano lleno de odio o determinación; cierta bella señorita y otra más joven que llora la marcha de su amado nocturno (nuestro narrador, el joven, su primer amor). Pero no hay tanta desesperación como en posteriores Peckinpah (incluyendo La huida), ni hay tanta crueldad, ni tanto romanticismo, si bien la escena en la que este grupo salvaje se despide del pueblo mexicano tomado por los franceses tiene algo de ese aroma de tristeza irremediable y de paz que ya ha pasado, que dará paso a más locura y tensiones irreprimibles.

Las mujeres son el plato fuerte cuando los héroes más bien poco heroicos de Peckinpah se relajan en los pueblos, cuando hay fiesta, música y borrachera. Son muy bellas las que aparecen, bellas y esquivas y tristes finalmente, pues su destino es no tener al hombre por mucho tiempo, que antes o después va a morir. Pero son mujeres fuertes, que saben esperar, aunque saben que no esperan a nadie en particular, que siempre esperan a otro, o a cualquiera, o a nadie.

En este momento conflictivo de mediados de los sesenta vemos que empieza a no haber justicia, que Río Bravo (1959) comienza a estar lejos, que el formidable John Wayne ya no tiene sitio, pues su nobleza no ponemos en duda. No hay justicia, pues el que la imparte es más un justiciero que un juez, y tampoco sabemos si el crimen es crimen o es producto de las circunstancias. Los westerns de Peckinpah son de izquierdas, según yo los veo, y creo haber llegado a leer que tenían un clima reaccionario. Observo más bien lo contrario: el entorno embrutece al hombre, ¿y quién es el hombre bruto para juzgar a otro de su misma condición? También hay pobreza en los pueblos peckinpianos, y en sus gentes, en sus niños, en sus ambientes mexicanos y de frontera. No sabemos bien quiénes son los buenos, quiénes los malos, y bien que me pesa (pues creo que en la vida fuera de la pantalla sí hay buenos y malos, como nos demuestran los informativos, aunque intenten ser imparciales). Y pese a todo, hay que admitir que Peckinpah crea un nuevo western, tan admirable como el clásico de los autores que todos conocemos y algunos admiramos (otros los tienen en cuenta sólo porque ahora no están mal vistos). Y, como deduzco de Miguel Marías, no deberíamos tachar un western de Peckinpah con el mismo lápiz rojo que uno de Mann o de Vidor. No sería justo, pues cada película demanda acercamientos propios y dispares, no se puede aplicar un modelo unitario para una película muda de 1917 y para una de dinosaurios de Spielberg.

Hay un momento en que la bella mujer, superviviente de un pueblo tomado sucesivamente por malhechores, franceses y americanos (como ella atestigua, con resignación), le dice a Heston algo así: “No podía estar con tantos hombres en medio de tanto odio”. Y es la clave, pues hay odio entre los hombres, entre ambos bandos. Hay rudeza y deseos reprimidos de acabar con el tipo que duerme a tu lado. ¿Por qué este odio? “That is the question”, y Peckinpah parece respondernos que los poderes truncan el individualismo de los hombres, su libertad, o lo corrompen para que tome medidas desesperadas, senderos de gloria y sufrimiento para ellos y los demás.

Hay en Peckinpah y en este film luchas sin cuartel. La compañía de Heston no tiene tiempo para aburrirse, pues primero hay tensiones entre ellos, y está el miedo a los feroces apaches y al ejército francés, también despiadado y numeroso. Pero sobre todo, y en Peckinpah, el enemigo está en casa, el enemigo es siempre el compañero, que al tomar otro papel deja de ser compañero y se convierte en oponente, hasta que la muerte los separe. Y siempre muere alguien, en Peckinpah, más bien mueren muchos, y de los hombres o bandos en conflicto sólo sobrevive uno. Y vive no para regocijarse de placer ni de gloria, sino para odiarse a sí mismo (recuerden a Garret) y olvidar el suceso lo antes posible, pues le llena de vergüenza y desazón, le corroe la incertidumbre de haber actuado de forma indigna. Nadie es feliz por mucho tiempo en una película de Peckinpah: el entorno, los poderes y la ciega obediencia son más fuertes.

En fin, un fantástico western, un enorme y asimétrico (pues no llega a centrarse, pues nos despista, y gana en grandeza) film de Peckinpah (un 9 para él, por supuesto), una gran interpretación de Heston, ese actor esculpido a medio camino entre la demencia (ahí sigue con su rifle) y la confianza en el ser humano. Un tipo que da miedo y ofusca, y que a la vez no da la impresión de ser un cínico ni un ser deshonesto.

(Como nota frívola innecesaria, y para tranquilizar el ambiente, diré que, en ciertos planos medios de perfil he visto en Heston un cierto parecido con Zidane, el fabuloso jugador de fútbol, a quien en la Juventus han visto como un traidor tras su huida. ¿Será un héroe en Madrid o en Milán, un traidor en Barcelona y Turín? ¿Un traidor sólo por dentro? ¿Habrá sido una huida, una persecución?)