DAVES Delmer (1904-1977)

The Hanging Tree (El árbol del ahorcado) (1959: 8.0)

“Dr. Cooper & Mr. Daves”

 En los cincuenta hay una cierta tendencia dentro de los westerns que dota de gran complejidad interior a los personajes, que los hace, si cabe, más misteriosos y erráticos. Esta corriente se dio en llamar western psicológico, y así me han presentado The Hanging Tree desde las páginas de un periódico.

Seguro que resulta excitante y llamativo trazar los perfiles psicológicos de los protagonistas de esta obra de Delmer Daves, y no faltarán “pruebas textuales” que corroboren cada uno de ellos, y se podrán esbozar y aplicar teorías freudianas,  jungianas, lacanianas y post-lo-que-sea, si así se divierten unos (los que escriban tales cosas) y otros (los que gusten de tales juegos malabares). Sin embargo, si se me disculpa, y pese a que entraré en estos aspectos “psicológicos” en algún momento y a mi manera (es decir, nada ortodoxa ni científica, qué alivio), preferiré adentrarme (tampoco mucho, no hace falta, las películas son imágenes, quien guste de panfletos o eslóganes publicitarios para pasar el rato se equivoca de acompañante, así que váyanse o yo mismo les arrastraré hasta mi propio árbol cinematográfico del ahorcado; en fin, no se asusten) en la “atmósfera” de este film, y su relación con trama y personajes.

Recuerdo haber visto The Red House, de 1947, hace unos dos años, y me llamó la atención su precisión casi asfixiante, su aroma siniestro y al mismo tiempo extraño y muy ligeramente humorístico. Pero de un humor peculiar, no sé si negro o menos negro, pero que, en todo caso, no parecía “pegar” muy bien con el tono del film. El árbol del ahorcado, dirigida doce años más tarde, segunda película de Delmer Daves que tengo ocasión de ver (gracias a TVE, con todo lo que se diga: 29 de agosto de 2001), guarda similitudes con la otra, y es una película de ambiente cargado, de bellos paisajes, de fuertes colores (verde, azul y rojo o anaranjado), con un Gary Cooper espectacular, imprevisible, al acecho. Un Gary Cooper ya maduro, con un poso de gran actor adquirido durante años, mejor aún en un género que le es tan familiar y en el que tantos grandes papeles realizó. Un Gary Cooper a quien no recuerdo tan “asentado” en ninguna otra película. Asentado como actor, claro, pues su personaje es ciertamente esquivo y solitario, y permite que alberguemos muchas dudas sobre su verdadera autenticidad, sobre “qué piensa realmente”.

Gary Cooper es un médico que llega a un asentamiento de buscadores de oro: gentes obsesivas, siempre con la nariz pegada al suelo, una pequeña sociedad puritana pero medio salvaje, que parece bondadosa pero que opta por la hipocresía en cuanto la situación se presenta. Cooper será el médico de esa zona, y todos guardan por él un gran respeto, y más aún, miedo o incluso terror, pues para ellos es un hombre desequilibrado, que saca su pistola a la mínima ocasión en que se siente agraviado (jugando a las cartas, por ejemplo), un hombre al que le gusta ordenar y que los que le rodean obedezcan sin protestas ni quejas. Es un hombre que sólo parece sentirme cómodo consigo mismo y con su entorno profesional cuando atiende a sus pacientes, e hasta es capaz de ser dulce con una chiquilla enferma por desnutrición, a cuyos padres regala una vaca para que la alimenten (a la niña) con su leche. Es un hombre extraño, que o bien está con sus enfermos, o fumando o jugando al póker (y es un gran jugador, como vemos en una de las escenas). Un hombre que provoca miedo pero que quizá también tiene miedo: a las relaciones, a comprometerse, a las mujeres, a tener amigos. Tiene miedo a la “normalidad”, podría decirse.

La película de Daves empieza y finaliza con la canción que da título a la película, una canción divertida y ocurrente, de tono alegre. Y pensando a posteriori en lo que hemos “leído” entre principio y final, entre canción y canción, casi vemos el conjunto desde una óptica distinta: se percibe un cierto sustrato irreverente y casi burlón, me atrevo a insinuar que incluso posmoderno, de un autor que quizá juega con la técnica y conoce bien por dónde se mueve (el género, la trama, personajes). Un autor al que le gusta divertirse con el material del que dispone, aunque no se dé uno cuenta hasta el final. Y aún así, no se puede estar seguro si esta “interpretación” es válida o por el contrario es fruto de una impresión demasiado arriesgada, injustificada y singular.

Al principio de la película un personaje dice algo así: “Todo campamento debe tener un árbol para ahorcar. Eso infunde respeto”. No es mala cita para señalar el tipo de clima humano que se vive en un asentamiento donde todos los que allí habitan se dedican al cansado, competitivo y pocas veces fructuoso trabajo de buscar oro entre el agua y las piedras. Respeto infunde, no obstante, más que el árbol, el propio doctor que llega al poblado, Cooper, quien, en este sentido, actúa de “verdugo”, y al que todos prefieren no molestar, o mejor aún, estar a buenas con él. Cooper, en su obsesión por controlar a los más cercanos, llega a tener un “esclavo” (un joven ladrón a quien salva de una muerte segura al inicio de la película) y una “secuestrada” (la chica que, tras sufrir la diligencia en la que viajaba un asalto, tiene graves heridas y queda parcialmente ciega, y Cooper la tiene en su casa, inmovilizada en una cama; y la cura). Pero esto no sería exacto, y estoy pecando de injusto.

Estos seres dominados y que, en cierta forma, le pertenecen al personaje de Cooper, no son propiamente retenidos de manera arbitraria. El supuesto “esclavo” en realidad obtiene un trabajo gracias a Cooper, un empleo digno y no peor que trabajar en la mina (aunque también tiene que dedicarse a una mina, tras ganarla Cooper en una partida de cartas). Este chico que parece odiar a su amo (pues Cooper jamás le oculta que él es el amo y el otro su sirviente), no deja de apreciarle también, como lo demuestran algunas miradas y que pregunte por él cuando el doctor los deja marcharse a ambos (a él y a la mujer). “Secuestrada” tampoco es un término que se adapte realmente a la mujer y a la situación, pues Cooper permite que se vaya cuando ella recupera su visión, momento en el que él, Cooper, parece ruborizarse y sentirse azorado. Azorado de que sea visto por una mujer por la que él tiene debilidad y por la que ha hecho mucho: le avergüenza mostrarse excesivamente bondadoso o accesible, y cuando ella puede ver, él, en cierta forma, nota que se va de su lado, que se ha acabado el hechizo. Pero no es así, pues es ella la que está enamorada de él; y Cooper, pese a que podríamos pensar que está también enamorado de ella, oculta sus sentimientos e impone una barrera de rudeza y orgullo. Y ella se va triste y enfadada.

Enfrentado con el médico, entre otros del pueblo, está el personaje que encarna Karl Malden, un buscador medio chiflado, bocazas y engreído, que no duda en presumir de haber encontrado él (y no otro) a la chica herida, y que cuando consigue, finalmente, una gran cantidad de oro, es el primero en pregonarlo por todo el poblado y en pensar que, siendo ahora rico, nada ni nadie se le podrán resistir. Todo tiene un precio, parece pensar, pero se equivoca, y dará con la muerte por culpa de su insistencia casi demente y su exacerbada ingenuidad (pues es un ingenuo, sin duda), que le convierte en un tipo peligroso y desequilibrado. Aunque cierto es que, sin que sirva de eximente, ninguno en el poblado llega a resultar “del todo” cuerdo, si exceptuamos al joven esclavo y a la bella secuestrada, luego socios de Malden en la búsqueda de oro. Sin duda, el oro y su archiconocida fiebre obran milagros en las mentes de los hombres, dispuestos a a cualquier barbaridad, incluso a matar, con tal de conseguirlo.

Este film de Delmer Daves tiene algo de cuento de hadas o de fábula, por su música, sus colores, su paisaje casi semejante al de 7 novias para siete hermanos, su tono un poco rocambolesco, nada superfluo sino desasosegante a la par que inocente. Ciertos planos son ciertamente extraños, pues no nos ponen en primer lugar, o en sitio destacado, a los personajes sino a “lo” que les rodea, destacándose el entorno geográfico y social en el que se mueven, y la fuente de ingresos y de trifulcas, que es el oro. Pues lo que crea y une a esta sociedad es el oro; si éste no aparece o se agota los habitantes se dispersarán o se destruirán a sí mismos. Quizá por eso Delmer Daves, y con excepción de uno o dos tipos, además de los cuatro protagonistas, nos muestra a los demás habitantes como una masa homogénea (sobre todo a los hombres, fácilmente influenciables, siempre dispuestos a actuar en conjunto, para emborracharse, buscar oro o linchar a quien no les guste; y las mujeres, reunidas algunas en un especie de liga de la decencia, que desean atraer a la enferma venida de Suiza a su redil beato y maternalista).

Cuando no es Gary Cooper o alguno de los otros personajes principales los que están en pantalla, Daves en ocasiones decide hacer planos de conjunto para enfatizar el carácter de masa o de “manada” de los habitantes locos por el oro. Esto se demuestra con claridad en la peculiar secuencia de la quema de maderas y otros objetos propuesta por Malden tras encontrar abundante oro. Todos los hombres actúan como uno solo y, agarrados a sus botellas, hacen caso al más tonto del pueblo (Malden), para quemar los restos de una vida sin privilegios que Malden cree ya demolida, pues el oro hace de un hombre “otro hombre”. El dinero sí da la felicidad, debe creer Malden. Pero “se le sube a la cabeza”, intenta forzar a la chica, y Cooper lo mata con frialdad en una imagen escalofriante, en la que, cuando ya está muerto, aún Cooper lo patea por un barranco abajo.

Cooper, ya está dicho, es un tipo de turbio pasado; se habla de un incendio en el que perecieron su esposa y su hermano, y no sabemos quién lo provocó, o si fue un accidente. El fuego y una cierta falta de cordura están unidos en muchas obras, y me viene a la mente Rebeca, con su Manderley ardiendo. El calado de sugerencias “psicológicas”, sí, es estremecedor, lo que le da a la película un aspecto singular: en ocasiones parece un drama intimista entre colores desbordados y en una sociedad que vive por y para el oro, con personajes enloquecidos, incluyendo a un curandero que dice que Cooper es el diablo (y que será el primero en arrastrarle al árbol del ahorcado, para ahorcarle). Hay un elemento de intriga en toda la película, relacionado con la personalidad de Cooper, con los ademanes dementes de Malden, con la atmósfera de lugar, con la eterna búsqueda del oro, con los ojos al principio ciegos de la señorita (que luego sí ven), que le otorga a la película un perfil de drama o de thriller, pero no puedo estar seguro.

Este tipo, Delmer Daves, es sin duda un autor extraño. Andrew Sarris, en su nota más bien injusta y colorista, así lo hace saber cuando escribe que las películas de Daves son “fun of a very special kind”: es decir, son divertidas, o viéndolas se pasa bien el rato, aunque de una manera extraña o particular. Y añade que quizá este aspecto sea “camp” o de una cierta sensiblería (“corn”). Lo cierto es que este western es un raro western, pero fascinante. No es, desde luego, un “western típico”, aunque la verdad es que, a medida que veo más películas del oeste (y frente a los que, sin ver películas, homogeneizan cuanto ven, y creen que cuando se ha visto una se han visto todas), me voy dando cuenta de que muy pocas de ellas (sobre todo, entre los grandes autores) son típicas. Al contrario, casi todas tienen un carácter propio y personal, juegan con elementos de otros géneros y estilos, y con otros difíciles de calibrar, pues pertenecen más al mundo del director que a otras cuestiones analizables.

El carácter atrayente de esta película viene también de ciertas líneas de diálogo, como cuando Cooper dice: “¿Por qué no intentar saber lo que ocurre dentro? Ahí es donde se produce el daño”. Así admite su imposibilidad, como médico, para atender o entender algunas de las “heridas” de las personas, que no son tanto físicas o superficiales como interiores, emocionales, mentales. Pero de admitir este apunte a escribir un tratado sobre seudo-psicología aplicada hay un gran trecho: sería siempre injusto con la película y poco apropiado. Sería como juzgar un examen por el tipo de caligrafía del alumno, y no por su talento al escribir y sus conocimientos de la materia.

Por otro lado, el escepticismo o incluso misantropía (y misoginia) propia del médico Cooper encuentran su refrendo en una respuesta que le dedica a su enferma, cuando ésta no ve más que “una lucecita moviéndose entre la niebla”. Cooper replica: “Eso es más de lo que ve la mayoría”. Con lo que parece estar diagnosticando, y tal es su oficio, la enfermedad de la sociedad en su conjunto: están todos ciegos, no ven más que sus intereses personales, o el dinero, o están atrapados en sí mismos. Incluso llega a decir, en otra ocasión, que es extraño que los hombres tengan tanta necesidad de estar al lado de mujeres. Misógino o frustrado, indiferente o resentido, lúcido, apático o asustado. Así es este personaje, y no creo que pueda desentrañarse con claridad cuál es su diagnóstico, y pese a todo, es “mejor” que la mayoría de “vecinos” del asentamiento. Es despótico, sí, pero sólo con quienes, por unas razones u otras, “lo han merecido”.

Delmer Daves, en resumen, hace una película del Oeste con aroma ingenuo, burlón o estrafalario, y con toques siniestros y provocadores. No hay explicaciones que valgan, y la película es así, y así la admiro. El personaje de Cooper es un justiciero ultra-profesional y generoso con sus pacientes, atormentado por su pasado, o eso creemos, y a la postre dice: “No tengo derecho a olvidar”, frase sentenciosa y tremenda, que le da una enorme dignidad y una grandeza que no se puede obviar. Olvidar su pasado sería renunciar a sí mismo y sus seres queridos, pese a que estos estén muertos en “extrañas circunstancias”; pero él “tendrá sus razones”. Delmer Daves, pese a todo, no se deja llevar por la euforia en esta película, mantiene una cierta distancia, como lo corroboran las panorámicas sobre los enfebrecidos buscadores de oro o el paralelismo de montaje que llega a establecer entre la quema, con su fuego y después apagamiento, y el acoso de Malden a la chica, cuando ambos son ya ricos.

Al final, el oro, tan vil metal que enloquece a los hombres, sirve precisamente para calmarlos y satisfacer sus ansias de venganza, cuando Cooper ya está en el árbol del ahorcado. Lo salvan de morir ahorcado, por tanto, su chica antes “secuestrada” y su chico antes “esclavo”. Lo salvan cuando nadie más podría haberlo hecho, y cuando la muerte de Malden tenía que ser vengada (pero qué pronto se olvidan de la venganza cuando hay oro por medio). El oro cura, temporalmente, a estos enfermos, y en el plano final, enigmático como no podría ser de otra manera, vemos a Cooper siendo por fin cariñoso con la chica, y sospechamos que serán pareja. Y vemos a un lado, sin sonreír, al chico (el antiguo “esclavo”) y socio de la mujer, que ahora ya no tiene pareja=socia. El chico está a un lado, no sabiendo si “hacer” de hijo de la pareja o de “pretendiente competidor” de la mujer que le ha sido “robada”.

No menos de un 8 para esta estupenda y compleja película de Delmer Daves, tan llena de detalles y de informaciones, y que habrá que ver en un futuro no muy lejano.

(La película fue interrumpida hacia la mitad con un avance informativo muy triste y siempre inesperado: Paco Rabal ha muerto. Descanse en paz, si así lo quiere este portentoso y voraz actor, uno de los más grandes que hemos tenido)