CAMUS Mario (1935-_)

Los santos inocentes (Los santos inocentes) (1984: 9.5)

Vuelvo a ver Los santos inocentes en televisión, emitida como homenaje al fallecido Miguel Delibes (marzo de 2010). Un gran detalle del programa Versión Española.

Y vuelve a gustarme mucho, muchísimo: aún más que la última vez. Me imanta desde el minuto uno. Y no puedo ni ir al baño durante su transcurso (no hubo publicidad). Siendo una obra breve, pocas películas que yo recuerde contienen un mayor número de imágenes y frases inolvidables.

“Reírse de un viejo inocente es ofender a Dios”.

Esto dice Terele Pávez, reprendiendo a su hijo, que se mofaba de su tío, el personaje retrasado interpretado por Paco Rabal. Delibes y Camus con los débiles, marginados, pobres.

Observo elementos buñuelianos en Los santos inocentes; y un anclaje fotográfico, temático y estilístico que une al Olmi de El árbol de los zuecos con los Taviani de Padre padrone. Pasando por otras obras de realismo europeo crudo, rural y simbólico (la búlgara Cuerno de cabra, por ejemplo), que en España tuvo varios seguidores (Saura, Gutiérrez Aragón, R. Franco, Armendáriz, etc.).

Se ve, Los santos inocentes, sin pestañear.

El que pestañea no es de fiar, es un indigno.

Terele Pávez está sensacional y sutil. Sus miradas transmiten, queman.

Y qué decir de Paco Rabal y Alfredo Landa, dos de los mejores actores de la historia del séptimo arte: sus personajes son creaciones tan veraces e idiosincráticas que hacen del film un suceso indestructible.

No tengo miedo ni prejuicios para afirmar lo que sigue, frente al grandioso (aunque algo inflado) canon hollywoodiense: Los santos inocentes es más emocionante, sabia y honda que Casablanca, Ciudadano Kane, El padrino o Toro salvaje.

 

Nota final: el decenio de los ochenta en el cine español no está nada mal, poniéndolo en perspectiva. Me acuerdo a bote pronto de El Sur (una de las mejores películas de la historia), Tasio, La muerte de Mikel, Mujeres al borde de un ataque de nervios

 

 

“Claridad y lealtad” (primera crítica sobre la película)

 En una doble y extraordinaria sesión, el canal público televisivo programa Los santos inocentes y Viridiana como homenaje al fallecido Paco Rabal. Por un lado, es triste atestiguar cómo tienen que ocurrir sucesos trágicos para que el arte con mayúsculas aterrice en La primera a horas decentes. Por otro lado, no deja de ser curioso que unos minutos después de la muerte del gran actor español la cadena de televisión tuviera ya preparado un reportaje. Podría sospecharse con fundamento que tal homenaje póstumo estaba realizado “a priori”, pensando sin duda que los personajes de postín que rebasan los setenta pueden ser pasto de los leones en cualquier momento, y qué mejor que estar preparados, con el reportaje post-mortem listo para ser los primeros en La primera. Javier Marías, en un artículo, escribió en esta línea con ocasión de la muerte de Rafael Alberti: debe de ser costumbre extendida en los medios de comunicación, extendida y macabra, me atrevo a subrayar.

Los santos inocentes, basada en la novela de Miguel Delibes, es, ciertamente, una obra de Mario Camus (y de sus guionistas, director de fotografía, etc.), pero es también, y en ésta como pocas, una película de actores: Alfredo Landa y Terele Pávez están insuperables y emocionan, qué decir de Paco Rabal y su “milana bonita”. Y Juan Diego, Agustín González, y la siempre despampanante (y desaprovechada, en cine) Agata Lys. Los santos inocentes, de 1984, marca, quizá, un punto de transición entre un cine post-Franco crítico, aburrido y tremendista y otra tendencia que ha tenido muy poca continuación después, que desechaba lo abusivo y mezquino (cinematográficamente hablando) e inspiraba otra confianza, y respetaba a sus personajes, sin reírse de ellos ni embrutecerlos sin motivo. Quizá en Tasio(una de las más grandes obras españolas) exista este clima de sintonía entre historia y puesta en escena, y poco más, la verdad, pues luego se vira bien hacia la pulcra adaptación literaria o a las comedias más bien bobas (madrileñas y otras, aunque no son todas bobas, claro), y no hay mucho más de este estilo. Bueno, quizá El bosque animado en un plano más fantástico y conscientemente poético.

Mario Camus dota a todos sus personajes de historia, ninguno es irrelevante, y todos tienen sus motivos y su forma de pensar, pese a que unos se expresen verbalmente mejor que otros (algo así afirmó el dramaturgo José Luis Alonso de Santos cuando esta película se pasó por Qué grande es el cine, hace unos años, y que acabo de revisar). Todos son personas, individuos y no grupo de personas, pese a que la foto con la que se inicia la película y sus títulos de crédito nos hicieran pensar que se hablaría de la familia o la sociedad en general. No, se nos habla de unas personas en concreto, que podrán ser representativas o no de una realidad histórica o social extra-cinematográfica: habrá desacuerdos si se desea generalizar, y pretender estudiar el contexto español rural franquista desde la única perspectiva de esta película sería excesivo. Lo que está claro es que lo que aparece en la película es “real”, real en la película. Asisto a los hechos como si pasasen en ese momento, veo a personas que me creo y que jamás desafinan: no como si fuesen títeres y titiriteros que quieren representarme unas situaciones de otras épocas, no como imágenes conceptuales de ideas preconcebidas. Lo que veo es “lo que hay”, lo que está ocurriendo en ese momento en un lugar y a unos personajes (en un tiempo algo más indefinido), y por eso “me importa” lo que sucede, y no me lo tomo a rechifla, o con desprecio, ni por tanto me aburre ni me deja frío ni me hace exclamar: “jo, qué bruta es esta gente, los españoles siempre exagerando”.

Uno tiembla al pensar qué película habría sido con otro director: menos discreto, más ambicioso, más barroco, más autocomplaciente, más ideológico, más blando, como abundaron en la inmediata posguerra y entre los amantes de simbologías soporíferas en los años setenta. Podría haberse convertido en un certero bodrio que habría sido alabado por los lumbreras interesados de turno mientras se fumaban grandes puros al cobijo de un fuego burgués... La misma Pilar Miró (no quiero ser injusto, es por poner un ejemplo) de El crimen de Cuenca habría exacerbado ciertos rasgos y aumentado los “tics” hasta producir risa o espanto. Digo lo de los tics porque alguno hay todavía en el film de Camus, según mi humilde opinión, sobre todo en dos escenas en las que hay claras connotaciones sexuales en objetos “simbólicos” que intervienen en la acción, y que están fuera de lugar. Pero desde luego no empañan la excelsa salud de esta película terrible y enternecedora, en la que nos enfrentamos con el poder de los poderosos y con la dignidad y sumisión de los pobres, con la rabia y la (también) sumisión de los que están en medio de ambos (Agustín González y Agata Lys: los burgueses), y con el espíritu más alegre, menos conformista y más positivo de la nueva generación de jóvenes: tanto los ricos como los pobres (y que me hace pensar en el final de La caza, en la que el pobre Emilio Gutiérrez Caba sale corriendo para escapar del corrupto y cruel mundo adulto, de sus manías, guerras y odios).

Y también así se puede ver Los santos inocentes: como una llamarada de optimismo; vista ahora, no obstante, no sé si del todo cercana “a la realidad” (mi abuelo decía que los “mandamases” no eran tan malos y despreciables como los que aparecen en la película). En cualquier caso, siempre se puede uno agarrar a la idea de que los jóvenes pueden cambiar o mejorar el “status quo” imperante en las sociedades, está en su mano (nuestra mano). Y si no se hace es porque no interesa, por cobardía o pereza, porque los jóvenes prefieren conservar lo que ya tienen y no mirar más allá de su teléfono móvil (sí, soy de los críticos con aquellos que abusan del teléfono móvil; porque al crearse esta necesidad se creen con derecho de pernada: qué importan los demás, los que están cerca y miran al suelo).

Es una de las grandes películas españolas de los ochenta y noventa, una de las grandes de un buen director como Mario Camus, bastante olvidado por la industria y por el público y (lo que es peor) por la crítica en los últimos diez años, a pesar de que sigue haciendo películas. Un film que, en vez de recurrir a una narración lineal, nos va mostrando partes del presente (o futuro) intercaladas con la trama principal del pasado (o presente, según se mire). De esta manera, por un lado, crea un cierto suspense, y por otro, nos adelanta de manera elegante y nada escénica lo que va a ser el final de los personajes que tanto nos van importando, sobre todo Alfredo Landa y Terele Pávez (ambos cortan la respiración con sus cuidadas y físicas interpretaciones). El suspense nace porque vemos que al final hay personajes que ya no están: los hijos, el “retrasado” Paco Rabal. Y vemos que el personaje de Landa cojea, y que han vuelta a la “Marca”, su hogar de “expulsados” de la civilización en el que estaban al inicio de la película, y al que vuelven al final (cronológicamente hablando, en la película los vemos de vuelta antes).

Es una película de lucha de generaciones y de clases que no recurre a los efectismos (el ahorcamiento está plenamente justificado, y así se entiende): los humildes sólo tienen sus miradas para quejarse de una realidad injusta y cruel que, sin embargo, llevan de la mejor manera posible. Veo la película como plenamente revolucionaria, y esto porque “no vemos revolución” total en el film (que no sería creíble) sino pequeñas revoluciones interiores (las miradas de Pávez y Landa cuando el burgués Agustín González se lleva a su hija a servir) o explícitas (la del anormal Jeremías, Rabal, que si se atreve a perpetrar un asesinato es, justo, porque es anormal, o porque no tiene miedo de las consecuencias, no pierde ni gana nada, y estamos con él, claro).

La mirada de Camus (ignoro si lo era la de Delibes, sospecho que sí) es respetuosa y contemplativa. Vemos lo que él ve, y lo vemos “como él lo ve”, pues no hay manipulación de ningún tipo (la del montaje que intercala pasado y presente no afecta ni engrandece “el mensaje”: la dignidad humana está por encima de las circunstancias, hay que enfrentarse con los poderosos antes y después, para que no nos pisen). Es una mirada llena de piedad: vemos a los personajes en su entorno habitual, en la naturaleza, sus humildes casas. Estos personajes tienen una grandeza nada rebuscada sino cabal, Terele Pávez y Alfredo Landa buscan lo mejor para los suyos “a pesar de las circunstancias”, e intentan que lo que está a su alrededor funcione, para que las cosas “no vayan a peor”.

Haciendo esta película como la ha hecho (un 9, para mí), con tanta claridad y lealtad a unos principios, Camus consigue planos que no se borran de la memoria (la foto de familia, la imagen de la “niña chica”, el ahorcado). No porque el director quiera impresionarnos o dejarnos sin habla, pues lo que vemos es lo que hemos querido mirar, no se nos coacciona ni engatusa: es lo que Camus ha mirado primero por nosotros. Porque lo que vemos es plausible y nos pone el nudo en la garganta. Porque no se juega con nuestros sentimientos ni emociones. Porque se oculta el talento en la humanidad de unas personas a las que comprendemos y por quienes daríamos un brazo (esto es el arte: ¿lloramos o sentimos pena real por el pobre o maltratado con quien nos cruzamos en la calle peatonal de nuestra ciudad?). Porque así estaba ocurriendo, porque allí puso la cámara Camus, y se obró el milagro. Más milagroso aún, si cabe, por tratarse de cine español. Y en los ochenta.