NEAME Ronald (1911-_)

The Horse's Mouth (Un genio anda suelto) (1958: 7.0)

“Pongo el ojo donde quiero”

Me permito (y por qué no habría de permitírmelo, quién me lo quita, es que acaso cumplo con alguna obligación ineludible; pregunto) buscar en mi baúl de películas no vistas y de apariencia extraña y encuentro The Horse’s Mouth (1958), un británico film de Ronald Neame protagonizado y escrito por Alex Guinness. A fecha de hoy (2 de septiembre de 2001), desconozco la carrera cinematográfica de Ronald Neame, pero de lo que puedo estar convencido es que esta película es “muy” de Sir Alex Guinness: él la rellena por entero con la ayuda de unos originales actores secundarios, británicos hasta la médula.

El color es de los años sesenta y el perfil son netamente británicos: el paisaje es londinense, la película se desarrolla casi por entero en los márgenes del Támesis, donde vive el personaje pintor interpretado por Guinness y la pobre mujer que, no sin grandes aspavientos y disgustos, lo aguanta. La cámara nos conduce a ras de suelo, y así vemos las calles, los autobuses de dos pisos, los coches, las bicicletas, las callejas estrechas, cierta miseria, los viandantes. Dentro de la tradición de las islas, la película es también teatral, y las escenas entre cuatro (bueno, tres) paredes tienen una insólita planificación dramática, pues uno no espera volver a ver el cielo y las calles y el río tras toparse con mayordomos y señoras despistadas con pinta de detectives.

La historia de este pintor encerrado en prisión y liberado, propenso a los constantes choques con la policía por culpa de la “dispersión” de su obra, “toca” con precisión el humor blanco y el negro, teclea con levedad el modesto retrato social, y es sobre todo un film sobre el arte y la libertad del artista, de Sir Alex Guinness. Lo que en un principio (con su música sobre los títulos de crédito y con la primera aparición del joven “discípulo” no querido de Guinness, y la imagen de éste saliendo de la cárcel) parece indicar la tonalidad de comedia absurda, sin perder nunca, o al menos del todo, este carácter, termina adquiriendo una carga casi metafísica. El artista ingenuo y escéptico enfrentado al mundo, con su obra en paredes que se derriban y en casas de ricos estirados y parodiados, termina abandonando su Londres en un barco sobre el Támesis, bajo el Puente de Londres, mientras su admirador privado, su discípulo más fiel que quiere ser como él le grita emotivamente que es como Rubens, como Blake: un genio. Que “anda suelto”, efectivamente, pero sin un penique en los bolsillos y con cuadros que adornan casas de gente bien sobre los que afirma que valen siete mil libras (la traducción del título es pintoresca, no mala, el juego de palabras de The Horse’s Mouth es chillón y nos descoloca: si se sabe algo de “la boca del caballo” es que se sabe de buena tinta, que no hay dudas, los propios implicados nos lo han dicho).

La película es estrafalaria y casi inconexa, no porque tienda al experimentalismo, ni mucho menos: nada más lejos de la realidad de este film y, en general, del cine británico en su historia, más dado a explotar la técnica consabida y a reflejar sus peculiares realidades locales y, sí, estrafalarias, que a construir pirotecnias suecas o alemanas expresionistas. La extravagancia del pintor y de los personajes ricos y menos ricos que aparecen me recuerdan, en el sentido más positivo y “escapista”, a la maravillosa Mary Poppins de Robert Stevenson y a películas Disney de los sesenta: divertidas, a veces desternillantes, muy raras y con un punto de elegancia que hoy día se hecha de menos (en las de Disney y en las otras).

En un sentido más lúgubre, pienso en los rasgos de la tradición más “realista” del cine británico, que llega hasta nuestros días, pues en este film el Londres de la calle no se nos veda. Vemos las penurias de la mísera casa de la señora que “cuida” al pintor, vemos incluso a dos niños pequeños jugando en la calle, a los que, enigmáticamente, observa Guinness un par de segundos. Apunta, un cuarto de siglo antes, el trasfondo melancólico de Local Hero, y está claro, viendo ambas, que las dos son británicas y que no podrían ser norteamericanas o francesas, por ejemplo (para qué hablar de tunecinas o belgas, de las que no estoy al tanto). La película se va haciendo más honda, más triste, y a la vez más libre, con el artista encarnado por Guinness dispuesto a todo para conseguir... no se sabe qué: quizá su integridad como pintor, estar por encima de las circunstancias y de las personas e instituciones que parecen tener secuestrado el derecho a ser y a manifestarse, inherente en toda persona.

Todo film londinense, por definición, me interesa, y en mayor o menor grado me llega a fascinar, pues tanto me gusta esa ciudad, hoy día casi secuestrada por tantos estudiantes, turistas y japoneses que vamos allí a darle el inevitable toque multicultural, tan alabado por los pusilánimes, los tuercebotas postcoloniales, los bondadosos y los pillos. Me he acordado, por suceder también en esta ciudad y por tratarse de una película de regusto naif y tono intrigante que me gusta mucho, de A 23 pasos de Baker Street, obra de aquel prolífico, olvidado e imprevisible director llamado Henry Hathaway que, como John Ford, hizo westerns, pero no sólo westerns.

El rostro de Alex Guinness, con su barba, sus ojillos de pícaro y su pinta de ser indefenso, me ha terminado por cautivar, y por eso me alegro tanto de haber rescatado, para mi disfrute de esta noche, esta película de Ronald Neame, del que tendré que averiguar más cosas. Se tratará, aventuro, de un director cuya originalidad no pondré en duda, o es que quizá hubo muchas películas como ésta en su momento, obras que no he tenido ocasión de ver. Como en El profesor chiflado, y otras películas de humor de esos años (aunque fuesen americanas), Un genio anda suelto se adorna de un toque de locura casi injustificado que me delata como amante de los desaguisados y las tibiezas cinematográficas, y que me reafirma en mi amor por la ausencia de pretensiones. Como la película de Jerry Lewis, esta “boca del caballo” me dice más de lo que quizá deseaba comunicar, o quizá es que tienda yo a ver más cosas de las que hay en las obras que se proclaman menores. Porque lo que veo es un aclamación del gozo de vivir (de cada cual), de manera no impune pero sí traviesa, acelerada y sin concesiones al talante formaloide, forofo o asilvestrado.

Es una película, por ser un poco literario, con la libertad como objetivo y el Támesis como Ítaca, con un Guinness que no olvidaré y unos cuantos planos realmente divertidos (aquel en el que el matrimonio rico y su secretario son engullidos por la alfombra es conciso y desternillante). Además, se dan conversaciones incluso didácticas, como cuando Guinness explica a sus improvisados alumnos qué deben pintar en el gran mural (que es de inmediato demolido: las instituciones y el torpe orden establecido luchan contra el arte, el individuo y la ilusión de ser alguien). Guinness le reprocha a una chica que haya pintado la ballena al revés; ella le replica que en el boceto que él le dio el ojo de la ballena estaba debajo del cuerpo; él la reprende: “pues claro, mi ballena no es real, por eso le pinto el ojo donde quiero”.

No es real: es un cuadro, es arte. No es real: es una película, es arte. Al menos, esta película es un sutil y gracioso entretenimiento, con todo lo que esto significa: un notable de 7. Y ya se verá en el futuro: todo genio debería andar suelto, ¿no?