CURTIZ Michael (1886-1962)

Passage to Marseille (Pasaje para Marsella) (1944: 5.0)

“Tras el milagro”

 Hay algo casi podrido en Pasaje para Marsella, un rasgo o más bien truculencia que la inhabilita para el cine honrado y la instala en el laberinto interminable e impropio de las “relativamente buenas” intenciones.

Ya está bien demostrado que las buenas intenciones o los propósitos benefactores no son preludio de gran cine. He leído hoy mismo, 5 de septiembre de 2001, una entrevista al director Ken Loach con motivo de la presentación de su última película, Navigators, y me dio la sensación de que a Loach le importaba un rábano su película. Y no sólo porque no habló de ella (lo consabido: la globalización y la antiglobalización, los justos y los pecadores). Le traía al fresco su obra (su oficio, por lo que le pagan), pues en las siete o nueve palabras en que se pronunció demostró un nulo cariño, no digamos ya amor, por el cine. A mí no me puede interesar  demasiado un tipo como Loach, pero seguiré viendo algunas de sus películas: para reafirmarme, y si cabe, para cambiar de opinión y admitir que ha hecho una película y no un panfleto (Lloviendo piedras divertía). Con Loach, el tópico de panfletario nunca ha sido más certero.

Michel Curtiz es el autor (y casi da reparo atestiguarlo) de la mítica Casablanca, la obra más famosa de la historia del cine, aquella cuyos planos de Bogart y Bergman en el aeropuerto, sus diálogos arrebatados y la canción As Time Goes By son los más populares para los buenos aficionados al cine (a pesar de todo esto que digo, gente de mi generación dice no haberla visto, ni tener interés en hacerlo, les da “pereza”. Pero se tragan sin pestañear pizza-clips de Kevin Smith y admiran chorizo-clips de la casa como Todo es mentira y Gente pez; no me identifico con estas personas, y las películas son una de las cosas que crea mayor afinidad entre los seres; en fin, me callo que me pongo bobo...).

Dos años después de la irrepetible Casablanca, Curtiz decidió aprovechar el tirón de Bogart y suministrarle un mayor grado de heroísmo a la contienda y una tonelada de patriotismo. Y esto es, ante todo, Passage to Marseille: un en ocasiones emotivo pero más bien solemne y atribulado canto a la patria, de un maniqueísmo bastante considerable, con un Bogart (cuyo rostro es el suyo, sí, pero actúa más de lo debido, y me decepciona, nunca lo he visto peor, sin estar mal) casi olvidable y estéril en su pose de perdedor aprendido de previos filmes.

Quizá esté siendo injusto, pero es que me huele a sucedáneo, a semi-remake edulcorado y adulterado con “mensaje”: lo cual en el cine, y en las artes en general, conlleva una condena del propio arte y lo convierte en mero envoltorio. Y el cine no es un envoltorio; el cine es lo que hay “en la película”, es un Todo. Ni un envoltorio ni un arma de clase ni un experimento científico, el cine es o debería ser la expresión personal de un individuo o individuos a través de imágenes y diálogos, narración y drama.

La película se sustenta en una cámara que mira los aviones y los soldados buenos desde un punto bajo, de manera que éstos, los franceses que no siguen a Petain, queden realzados, ensalzados, vertidos a una burbuja intemporal por la mirada poco moral de Curtiz (o casi falta de mirada, pues lo del punto de vista en Curtiz es un tema a estudiar, yo más bien creo que carece de él, y que sólo se aproxima a tener una perspectiva propia cuando trata de enjuiciar a los “traidores” o a demostrar el heroísmo de los leales a la patria). La película ridiculiza de forma exagerada a los oportunistas potentados que pretenden guiar el barco a Marsella para ponerse al servicio de los alemanes, “ya que son ellos ahora quienes ostentan el poder”. Si se es un buen director no se necesita hacer caricatura de los personajes, de ninguno, a no ser que se pretenda hacer reír y señalar su tontería y bravuconadas, y Pasaje para Marsella, cómo decirlo, no es To Be or Not To Be.

Acabo de leer una maravillosa novela llamada Soldados de Salamina, de Javier Cercas, y he recordado a Miralles (el tipo, dentro de un libro, más increíble con el que me he topado en mi vida y mi literatura), ese hombre anónimo pero valiente, honesto y casi loco de remate, dispuesto a darlo todo por no se sabe qué, luchando largos años en la guerra española y en la guerra mundial, contra los nazis. Y me he acordado por el personaje de Bogart, Matras, recluido mucho tiempo en la isla Guayana por asesinato, por traición a una patria que no es ya la suya, despreciado por unos funcionarios intempestivos y repelentes, pero que mandan en Francia. Una pena que el personaje de Bogart se construya con elementos sensacionalistas y excesivamente chauvinistas, con un entierro final que, pese a tener cierta tensión emotiva, sucumbe en la nada por su rigidez y su carácter previsible, por su exacerbada “intención” de ser más un final feliz que uno abierto.

Curtiz demuestra su falta de principios en su exacerbada manía de enfatizar el momento íntimo y las palabras personalísimas que Matrat le escribe a su hijo en el día de su cumpleaños. Curtiz es un “pelota”, sin duda, y se repite a sí mismo en la pista de despegue para que recordemos su joya de la corona de dos años atrás, y quiere que veamos a Claude Rains de forma parecida al ambiguo tipo de Casablanca. Y es que el film de Bogart y Bergman y de el “siempre nos quedará París” es irrepetible, un milagro para un tipo como Curtiz, que hizo una película maravillosa y desconcertante, un misterio sin resolver.

La historia se cuenta en flashbacks, y en flashbacks dentro de flashbacks, todo ello para explicar la interesante peripecia de un grupo de aparentes criminales o gente de dudosa reputación que, sin embargo, se ven movidos por su amor a Francia para escapar de la sórdida y peligrosa isla donde trabajan como esclavos de su patria. El conradiano capitán del barco que los recoge de una balsa se llama, justamente, Marlow, y es el personaje más fascinante de la película (junto con el de Peter Lorre, de quien me habría gustado conocer su historia de “pickpocket” en París). Este capitán es un hombre íntegro que, pese a su apariencia de individuo sin demasiada presencia activa, actúa de forma “decente” y desvía el barco hacia Inglaterra, fuera de las garras alemanas que esperan en Marsella. Curtiz se mueve con cierta soltura entre los flashbacks, pero como digo, no tiene personalidad y por eso no queda reflejada en su película, que tiende más a ser un tratado sobre el triunfo y las grandes causas que una película sobre esas mismas cosas. Y un tratado (ingenuo, como éste, blanco y negro en color y forma, como éste) no es una película, preguntémosle a Loach (quien, sin embargo, carece de la sapiencia para rodar con el rápido marchamo de los americanos que trabajaban en los estudios en los cuarenta y cincuenta).

A mí me habría gustado ver algo más a la amada de Bogart, ese amor que la guerra y las circunstancias destruirá para siempre. Pero no me emociono porque no puedo ni sé traicionarme, y más bien me quedo frío, y a ratos casi molesto, porque los diálogos se tornan mítines o monólogos de un patriotismo desmesurado y poco verosímil, con la cámara siempre indagando en cómo mejorar el aspecto del que declama para engrandecerlo. Además, la reiteración y recurrencia en los gestos de solvencia victoriosa son excesivos. Desde luego, la guerra aún no estaba ganada en ese año, y las intenciones son de aplaudir, y si yo hubiera vivido entonces también habría sido de los “buenos” y habría disfrutado más con el film.

Pero esto es una película, y yo me siento casi indefenso, si no me defiendo con estas palabras, por tantos mensajes de servir a la patria y a la causa. Me sorprende cómo Curtiz es incapaz de conducir la historia sin recurrir a un maniqueísmo de puesta en escena o una edulcoración en los planos y, sin embargo, sabe bien qué es lo mejor para que su intención quede de sobra explicitada. Y el suspense patriótico del avión que no llega, al final de la película (a años luz de la sobriedad y la humanidad de Hawks en Sólo los ángeles tienen alas), que finaliza en el éxtasis del cementerio, me llega a desagradar tanto que sólo, hoy, le daré un 5 aestá película de buena factura. Aprobado, sí, más por el recuerdo de Casablanca, por Bogart, Miralles, Conrad y Lorre que por Curtiz. Y quizá al final deba yo admitir que me han derrotado un tanto sus “intenciones” y que Pasaje para Marsella es mejor de lo que han visto mis ojos.

En el siglo XXI, esta película, salvada por la profesionalidad narrativa de aquellos años y, de forma más personal, por lo apuntado anteriormente, la haría un Jan de Bont, un Michael Bay o incluso un Spielberg en horas bajas. El del soldado Ryan, sin ir más lejos.