NEVILLE Edgar (1899-1967)

El último caballo (El último caballo) (1950: 9.0)

“¡Abajo los camiones!”

 He visto hasta la fecha, contando esta nueva maravilla (para mí nueva, desde luego, y una pena que no sea ampliamente conocida, ni muy citada cuando se habla de grandes obras del cine español), cinco películas de Edgar Neville: la genial y estremecedora La torre de los siete jorobados, la vibrante y, claro, azarosa La vida en un hilo, la intrigante y desorbitada Domingo de carnaval (mi favorita), la elegantísima y melancólica El baile y, ahora, El último caballo. Es ésta una película de 1950, cuando directores como Berlanga, Neville, Mur Oti, Nieves Conde, Rafael Gil, Vajda, Bardem y otros hacían, según algunos manuales demasiado ortodoxos, películas de servilismo al régimen de Franco. ¿Se pueden citar hoy cuatro o cinco directores españoles en activo que han realizado películas de la calidad de El verdugo, La vida en un hilo, Cielo negro, Surcos, El clavo, El cebo o Muerte de un ciclista? Piensen, piensen.

Leo en Giménez Rico (en su artículo sobre El último caballo incluido en el número 17 de Nickel Odeon) que, si bien esta película pudo ser considerada reaccionaria en su momento, por su aparente desprecio al progreso en beneficio de “la vida antigua”, hoy puede definirse como un inspirado canto ecologista. Y es verdad. Es curioso cómo las películas de Berlanga y Neville, sobre todo, vistas ahora, revelan tanto (y tan bien) de aquella época gris que eran los años cincuenta en España.

Aquellos que quieren que, en tiempos difíciles, los autores “se comprometan” realizando obras subversivas contra el sistema imperante no son conscientes, primero, de que tal cosa no es fácil ni recomendable, y segundo, de que un artista no tiene obligación a realizar tales hazañas mientras trabaja, mientras modela. Por otro lado, cuando un país queda dividido en dos por culpa de políticos y fanáticos imbuidos en extremismos, no se le puede culpar a una u otra mitad de haber tomado el camino erróneo, porque ahí no hay buenos y malos, casi todos fueron “la tercera España”, aunque algunos insistan en decir que no, que sólo hubo dos, y tan enfrentadas.

(Cuidado: no olvido quién rompió la legalidad, quién comenzó a derramar sangre, quién derribó un gobierno legítimo)

El último caballo disfruta de la alegría de las películas de Edgar Neville, y tiene la elegancia, la sutileza, la fluidez y la melancolía de todas ellas. Y está Fernando Fernán Gómez, cuando era mozo, cuya figura se ha agigantado tanto en estos cincuenta años que no sería descabellado, ni mucho menos, considerarlo hoy el personaje más importante y talentoso de la historia del cine español. Extraordinario y peculiar actor (sabía muy bien enfadarse y, mejor aún, indignarse, aunque nunca nos creíamos del todo sus salidas de tono ni sus condenas), su carrera como director, con lo poco que he visto (pero algo más que he leído), se me antoja como de las cuatro o cinco mejores del cine español. Su obra El extraño viaje es, quizá, la película española más enigmática (con permiso de La torre de los siete jorobados) que recuerdo.

Y está José Luis Ozores, uno de los tipos más divertidos que uno se puede encontrar en una pantalla (española o no), capaz de soltar los mayores disparates con toda la naturalidad y morro del mundo. La manera en la que despacha las llamadas de teléfono desde el cuartel de bomberos es desternillante y, sobre todo, espontánea, y eso hace de José Luis Ozores, en nuestra época, un oasis en un mundo de supuesto cine para hacer reír con películas que, como Austin Powers o Airbag, a mí se me indigestan por el nivel de brutalidad, estupidez y ganas de “forzar” situaciones en que incurren.

Y están, capítulo aparte, las mujeres nevillianas, la maravillosa Conchita Montes y la imprevisible Julia Lajos. La primera de ellas, bella y de risa fácil, es una mezcla entre Irene Dunne, Audrey Hepburn y Cantinflas, una impagable vendedora de flores en El último caballo, siempre con la sonrisa dispuesta, y exhibiendo una “ligereza” de tono casi absurda, pero llena de sentido común, que desarma al más pintado. La segunda llena la pantalla en cuanto aparece, con su arrolladora presencia y personalidad inigualable. Me acuerdo de ella con máscara, en esa deliciosa, costumbrista y misteriosa Domingo de carnaval, y la crees capaz de realizar cualquier prodigio sintáctico o gestual. Una pena que ahora no esté de moda en el cine español hacer cine de humor (o que tenga humor) con actrices tan divertidas como aquellas dos, aunque María Barranco, Verónica Forqué y, quizá, María Esteve, hayan dado el pego la mar de bien: mucho me he reído yo con María Barranco.

El último caballo es una película tranquila, pausada, con finos fundidos entre escenas que hacen imperceptible el paso del tiempo y de situación. Las elipsis son muy bellas y, aún más, necesarias en esta lindísima película. Así es en esa elipsis en que de estar el caballo a punto de morirse lo vemos, poco después, de nuevo en forma, al trote (aunque entonces es su borracho cuidador, o conductor de carreta, el que está cerca de la muerte, tras abusar otra vez del alcohol).

Es una película suave, sin alardes ni alaridos, sencilla, concreta, con el problema de fondo de la urbanización ruidosa de Madrid, algo que hoy día Juan José Millás, Antonio Muñoz Molina y Javier Marías apreciarán en lo que tiene de premonitorio: en 1950 Neville ya parecía olerse la futura venida del alcalde sevillano. Que en dos años Madrid hubiese pasado de ser una ciudad paseable, relajada y transitable a estar repleta de coches y motos es una situación que Fernando, el recién graduado de la mili interpretado por Fernán Gómez, no sabe aceptar, ni tiene por qué. Una ciudad civilizada que no tiene sitio para “aparcar” o guardar un caballo no es una ciudad que se precie, no es ciudad que merezca la pena llamarse así (Fernando Savater, tras su estimulante A caballo entre milenios, la tendrá como película de mesita de noche, digo yo). Pues si lo que consiguen los nuevos tiempos es que viejas “comodidades” y usos corrientes como tener un caballo se convierten en un lujo para marqueses, entonces es que algo no marcha bien (¡y estaban bajo el régimen franquista, recordemos!).

Más que un manifiesto ecologista, aunque también, veo El último caballo como una argumentación leve y sugerente a favor de los cambios graduales, sin desmesuras ni empujones, y a favor también de que las ciudades sean lugares habitables para los humanos. Pues si las ciudades se fueron construyendo como emplazamientos para que los “ciudadanos” formaran una sociedad organizada donde tener las cosas más a mano y donde poder vivir más seguros y tranquilos, entonces está claro que la evolución de las ciudades en el transcurso del pasado siglo XX no ha sido precisamente “el acordado”, sino más bien uno obtuso y contrario a los intereses de la gente. Se atenta contra su paz, su tranquilidad, contra nuestro derecho a tener una existencia libre de demasiadas cargas y ausente de prisas. El último caballo es, sí, un manifiesto a favor de la civilización, y no, como otros pudieran pensar (de manera harto facilona y rústica, dicho sea de paso), en contra de ella.

Otra obra inteligente, brillante, bien dialogada, cómplice y seductora de un genio llamado Edgar Neville, quien no por nada debió de ser bastante incomprendido en su época, quizá debido a su inmenso talento y a sus obras de calado “extraño” (sus películas son heterodoxas, o tratan temas raros o poco habituales, desvelan mundos ocultos, hablan de la ciudad y sus habitantes en medio de sus intrigas, o gozan de elementos de fantasía que no contarían con el predicamento de los popes más franquistas que Franco que sin duda debieron encontrar extravagante a un tipo como Neville). Le doy un 9, claro, y a ver si puedo ver más películas de este inigualable autor (para algo sirven las videotecas de las bibliotecas públicas, he descubierto; a ver si tienen más maravillas o si ha sido un espejismo). A mí me encantaría.