DASSIN Jules (1911-2008)

Du rififi chez les hommes (Rififí) (1955: 8.5)

Jules Dassin ha muerto durante este año 2008, ante el pasotismo burocrático generalizado de los medios de comunicación españoles, demasiado ocupados glosando las importantísimas y tristísimas huelgas de los guionistas de Hollywood (¡un decenio entero de estos tipos en huelga y otro mundo sería posible!) o informando sobre lo aburridos que son los festivales de cine cuando pasan películas donde no aparece ninguna tía buena, Ben Affleck o George Clooney, esos cracks.

Su película más famosa es Rififí, título llamativo en su momento (en francés significa “pelea” o “bronca violenta”), que, por cierto, animó a nuestro Jess Franco unos años después a rodar su magnífica Rififí en la ciudad. Pero no sólo es el título lo que capturó la atención del público y de la crítica. La película contiene algún momento tórrido que fue censurado: llama la atención comprobar cómo a una descocada actriz prácticamente le asoman los senos gracias a un vertiginoso escote, en una escena de bañera. La violencia es seca y brutal. Es cine negro francés combinado con el subgénero de los golpes, robos o atracos, muchos de ellos frustrados, a un banco, un tren o, como en Rififí, una joyería del centro de París, un objetivo que parece inviable. La secuencia de media hora en la que los protagonistas del film preparan y dan el golpe es asombrosa y de cine mudo, con un detallismo increíble; a su lado tentativas modernas preciosistas y tecnológicas como de Misión imposible se quedan en lo que son: cuentos infantiles, fantasmadas petulantes.

Con fotografía en blanco y negro, sobria, gris (siempre estaba nublado) y nítida de Philippe Agostini, diseño de producción del afamado Alexandre Trauner (que trabajó, ahí es nada, con Welles, Huston, Carné, Buñuel, Wilder, Wyler, Litvak, Losey, Tavernier…), guión del propio Dassin, R. Wheeler y A. Le Breton (suya es la novela y el argot), y protagonizada en su papel estelar por el gran Jean Servais, Rififí es una película enérgica, física, espléndida, y que no debería guarecerse únicamente bajo el paraguas de “film noir”: no una obra que, como hemos dicho, incluye en su parte central treinta minutos sin palabras, sólo gestos y labores (criminales), la materilización de un plan elaborado puntillosamente. Algún cine francés gusta de este carácter cartesiano, milimétrico, amante de la profesionalidad y de la atención a cada objeto. Mencionaré a Becker (su precisa y moral Evasión), Bresson (el humilde plan de huida en Un condenado a muerte se ha escapado), Melville (Bob le flambeur, también basado en Le Breton, es de un año después); incluso a Rohmer, sobre todo el último (Triple agente).

Contiene Rififí momentos, imágenes para el recuerdo, como el magnífico número en el café (las siluetas negras recortándose al fondo durante la actuación, la pegadiza y misteriosa canción que incluye el término “rififi”) o la utilización del paraguas (abierto) para penetrar por el techo en la joyería. Este cine, añadamos, daría que hablar hoy día por el trato, más bien maltrato, de algunos hombres a algunas mujeres, que son poco más que piezas del mobiliario, decoración sensual o mamás que lloran. Resumiendo, elementos primordiales de esta película son las joyas, el crimen y la amistad masculina (traicionada), y también el dinero, las pistolas y el sex-appeal femenino.

Lo peculiar de este cine de malhechores es, como se dijo arriba, la combinación de componentes “negros” y la compulsión detallista, por un lado, y por otro, que incluye más escenas familiares (el nene jugando) que un film norteamericano cortado por el mismo patrón, y que se atisban más señales sociales, “de calle”, que en el cine USA (pese a Relato criminal, de Joseph H. Lewis) y se perciben menos ansias de ser héroes. En todo caso, como en El salario del miedo (Clouzot), otro enorme éxito del cine francés, se trata de hombres en pos de un sueño, una aventura, una excesiva ambición.

Termino recordando que el pobre Dassin, que se escapó de los EEUU al ser incluido en la lista negra del nefasto McCarthy por actividades anti-americanas (“cantó”, al parecer, E. Dmytryk), encontró por suerte acomodo en la, por tantos motivos para mí, admirada Francia. Lo cual yo, con muchos lustros de retraso y ninguna razón de peso para hacerlo, aún así querría agradecer: Merci encore une fois, les français!