RENOIR Jean (1894-1979)

The River (El río) (1951: 10.0)

“Extraña vida, esperanza siempre”

 14 de septiembre. He visto El río desde la inquietud y el pasmo, un día después (vi la película el 12) del feroz e inesperado ataque suicida a las Torres Gemelas, en Nueva York, y al Pentágono, en Washington. Qué contar de tan salvaje acto, de tan bochornosa provocación. Me he dicho ingenuamente: esto es un ataque contra la civilización. Y, creyendo que no estoy del todo errado, debería, sin embargo, matizar e intentar no caer en la tozudez banal. Por eso he visto El río.

El río, rodada en La India por Renoir con dinero estadounidense, no es considerada por los “críticos de lo llamativo” o por los “críticos historiadores” como un hito importante, como una obra maestra colosal. Más o menos los mismos que prefieren Ciudadano Kane antes que Sed mal, La dolce vita a Amarcord, La diligencia a La salida de la luna, Asignatura aprobada a El abuelo, Un perro andaluz a Belle de jour, o Metrópolis a Moonflet también optan por La regla del juego, entre otras, para despreciar la “menor relevancia” de El río. Esta película de 1951, previa en casi una década a la materialización en film de la “nueva ola francesa”, es una de las obras más extraordinarias, enigmáticas, bellas y éticas de la historia del cine, o lo que yo he visto de la historia del cine (es decir, unos cientos de películas, porcentaje minúsculo de las decenas de miles que se han hecho).

El río es una película que te invita a ver, a vivir y a soñar, todo en uno. ¿Y cómo lo consigue? Con respeto hacia sus espectadores, a los que se les invita a “acceder” a la obra, para que pasemos sin prisa y sin hacer mucho ruido, con interés por lo que vamos a ver y con los oídos limpios, para escuchar. Lo consigue con un montaje en verdad extraño e invisible. En un todo fluido, como esta película, no se nos permite distinguir los muchos saltos de plano, bastante más numerosos de lo que parece a simple vista. Cuando no hay cambio de plano la cámara se limita a registrar lo que ocurre delante de ella, que es lo que nosotros vemos. Para este registro, la cámara oscila a derecha e izquierda, o realiza suaves movimientos hacia arriba o hacia abajo, sutiles panorámicas, leves rectificados. Nunca se fuerza nuestra visión, jamás se invade el “territorio” privado de los personajes (ni el nuestro), a los que siempre vemos en su entorno o con otros personajes; nunca solos. Nadie esta solo: bien las cosas o las personas nos rodean, y eso queda captado en El río como en ninguna otra película.

Los planos generales que enfocan a los personajes charlando o caminando siempre nos permiten contemplar al menos un resquicio de cielo. Nunca mucho, pero suficiente, para que la imagen tenga “salida”, un punto de fuga, para que la película respire y se haga nítida y relajada. Y este elemento sin duda condiciona la inusitada fluidez de este film sin trama pero rebosante de intriga. ¿Y de dónde proviene la intriga? Principalmente, de que no sabemos hacia dónde vamos, y realmente tampoco con quién ni para qué. No hay que resolver un misterio, pues misterioso es todo lo que vemos de puro “normal” o posible. Unas chicas jóvenes crecen y se enamoran del mismo hombre, un padre inglés trabaja con los indios en un fábrica de yute, otro tipo filosofa y quiere lo mejor para su hija mestiza (india y occidental), un hombre que ha estado en la guerra mundial llega, y su desesperación y tristeza no nos confunden: sabemos que no estará bien en ningún sitio, que su cojera y memoria le mantendrán distante y a veces enfadado, sabemos que no sabrá adaptarse a un realidad que le resulta ajena.

El documental se mezcla con la ficción de una manera tan plena y desbordante que no nos damos cuenta de qué nos importa más. La integración de ambos elementos confirma esa gran verdad: todo aquello que es filmado puede ser una película con independencia de lo que se vea. Lo que cuenta es la mano que mece esa cuna, el director, que en este caso resulta que es Jean Renoir, uno de los mayores genios que en el celuloide han sido. Como en esa obra emocionante y preciosa de Flaherty y Murnau llamada Tabú, en El río vemos las peripecias vitales de unos, por un lado, y las labores rutinarias de los indios de La India, por otro. Ambas esferas están manipuladas para convertirse en film, pero la manipulación es tan sutil y hermosa que no se da uno cuenta, y cuando lo hace, sólo puede admirar a Renoir. Digamos que la parte documental recoge el contexto particular de la zona, el paso del tiempo y el color de las tierras y del río; y la historia de las chicas occidentales y la semi-india que viven en suelo indio nos adentra en casos particulares que ni niegan ni ensombrecen las vidas “anónimas” de las personas que trabajan y habitan las orillas del río.

En esta película el respeto a la tradición es un asunto del significante y del significado, de lo denotado y connotado. El film entronca con la tradición de contar las películas de modo claro y conciso, sin barroquismos ni énfasis, adelantando futuros acontecimientos y explicitando la gran virtud de querer a sus personajes. Y el film nos muestra las fiestas, tradiciones, quehaceres diarios en un lugar de La India: sin subrayados ni gesticulaciones. Sólo poniendo la cámara delante a una distancia apropiada para que se vea lo que pasa, pero cortando y “pegando” con inteligencia para no hacer largo ningún plano ni desequilibrar las secuencias. Es la película que combina, como hace Godard, las teorías del montaje y de la puesta en escena de la manera más alucinante y acertada que uno recuerda. Los planos de mayor duración nunca son largos porque vemos fluir el río, y el río siempre es distinto, nunca se puede uno bañar dos veces, y la cámara se mueve con parsimonia a derecha e izquierda y la intriga se crea casi por “ausencia”. ¿Qué es esto, a dónde nos lleva? ¿Pero a dónde nos lleva el río, la vida?

“La creación es imposible sin la destrucción”. Es una frase, filosófica, si se quiere, pero seguramente cierta y que atañe a esta película singular. Un niño muere y otro nace. Uno espera que la destrucción del World Trade Center implique una construcción. No sólo del edificio que lo sustituya, sino la construcción más amplia y no meramente material de una actitud y un talante que vuelvan imposible la aparición de hechos de esta magnitud, con tantos miles de muertos. Aunque sabemos que todos los días personas son asesinadas en tantos puntos del planeta, víctimas, casi siempre, de algún tipo de fanatismo. Y esta palabra, fanatismo, es justo la antítesis de El río. Si explicamos la película con una leve definición, ésta será la “ausencia de fanatismo”. La película es sobre la tolerancia, el respeto, la muerte y la vida, los secretos, la aventura y sus riesgos, la desesperanza y la inmediata esperanza. ¿Se transformarían, es un decir, los talibanes tras ver El río? Pero el cine es inútil, claro.

La película dignifica la vida. ¿Por qué? Porque nos la muestra sin recelos ni aspavientos, pero sin ocultaciones tampoco. La película es “realista”: vemos la pobreza de La India, vemos los problemas del crecimiento, los riesgos de andar con serpientes y sus consecuencias, las rivalidades en el amor, las secuelas de la guerra y el dolor, el llanto y la pena por el niño muerto. Lo vemos “todo” y somos nosotros quienes debemos interpretar lo que hemos visto, por algo Bazin hablaba de la ambigüedad de la realidad, y cómo ésta no debía ser manipulada. Renoir sí la manipula, es cierto, pero sólo para que el espectador decida, deduzca o imagine qué es lo que falta o qué importancia tiene: esto convierte El río en un film “realista” e imaginario, muy “normal” y muy extraño, un film sobre personajes sobre los que “no sabemos mucho” pero a los que entendemos. Quizá porque los que puedan acusar a Renoir, en este film, de falta de “profundidad” lo único que vienen a decir es que Renoir no tenía pretensiones ni ánimos de revancha o de persuasión. La profundidad no se arregla con discursos ni primerísimos planos de un ser moribundo, ni con la mitificación del dolor ni con la penetración en la “vertiente psicológica” o inconsciente del individuo. Todo esto llevaría a la verdadera manipulación o a la frialdad, a la escatología o a la exageración, a perder la perspectiva y a aplastar la posibilidad de soñar e imaginar, tarea que nos impone El río.

Es una película “positiva” sin ser nada “optimista”. La desgracia, la desventura y la desigualdad están enEl río, no ocultas sino “allí”, presentes para aquel que quiera mirar; ocultas, eso sí, a los que sólo ven con telescopio o necesitan que todo se verbalice para que sea cierto, o haya sucedido. Por eso, cuando se dice esta frase: “cuando termina una guerra el hombre de ayer es sólo un hombre al que le falta una pierna”, nos damos cuenta de que es tan terrible y tan “realista”. A años luz de la evasión y el escapismo político, a años luz de la conjura de los necios y de Oliver Stone. Y es sobre el azar y el futuro, que cuando se hacen presenten pueden convertir nuestros planes en desastres o nuestras esperanzas en ilusiones imposibles. Los diálogos majestuosos de El río plantean dudas y ofrecen respuestas interpretables por cada individuo. Por eso se trata de una obra tan libre de ataduras, ni tierna ni ecuménica ni portadora de tintes sociológicos (por suerte), que se seguirá viendo dentro de un siglo (si es que hay humanidad para entonces, que espero que sí), y que más gente irá disfrutando y “olvidándose” durante hora y media para admirar y ser después mejores. Los diálogos plantean la duda de la elección, es al final la persona la que decide, dentro de las circunstancias que nos influyen o nos cercenan, qué camino o río tomar.

Una escena en la que, quizá, se ejemplifica el “significado” (o uno de los significados) de esta película es aquella en la que la adolescente enamorada (que narra el film) se acerca al hombre excombatiente y cojo y, antes de dirigirse a él (sin duda, por timidez), se coloca a su lado y “mira” hacia donde él está mirando. Nos colocamos en el lugar de las personas que nos importan para ver como ellas ven, y así tratar de comprender por qué obran como obran, o dicen lo que dicen. Ese “ponerse en el lugar del otro”, o al menos en las inmediaciones, es la prueba de fuego y la lección magistral de esta película universal, india, norteamericana, británica y abarcadora, un film que toca con sus dedos todos lo dilemas y temas posibles sin por ellos “apresarlos” o asirlos con rudeza o aspereza. Simplemente los toca para que seamos los espectadores quienes completemos el movimiento, si así nos parece y nos damos cuenta (y de aquí que los menos espabilados, o los que “se agobian” por no saber en qué gastar su mucho dinero crean ver falta de profundidad e incluso superficialidad o irrelevancia en una maravilla como El río).

El viejo asunto del contenido y la forma queda aparcado en esta película, pues son lo mismo hasta tal punto que nos “perdemos” y nos encontramos cada cinco minutos. La simpleza y la complejidad nos confunden y nos disuaden, y cómo saber a qué atenernos. Hablar de ética y estética en El río es hablar de Renoir, de su arte, donde no hay diferencias posibles a no ser que se denominen, como hacen los listillos o los aburridos, “lo bonito” y “el mensaje”, confundidos siempre y sin darse cuenta de que la dicotomía existe en ellos, no en la obra de arte.

El río prueba, una vez más, el enigma que se adueña de la existencia de todos los individuos. Por algo un film en el que no parece pasar nada importante (ese “suceso narratológico” inventado por los “científicos” de la lengua para justificar sus esfuerzos) es tan extraño. Si uno se fija (y yo no suelo fijarme), la gente, incluso en la realidad extra-cinematográfica, dice cosas tremendamente extrañas o absurdas que suelen pasar desapercibidas, y se realizan acciones o actividades inexplicables que, sin embargo, mucha gente se apresura a “comprender”. Sin embargo, hechos más rutinarios, pero cargados del halo enigmático y vital que envuelve al ser humano, son más difícilmente “disculpados” por los dogmáticos, los politizados y aquellos que piden carnaza o que se apuntan a la moda, o se guían por sus prejuicios y no tienen mayor interés en el cine que en la antropología, los Beatles o las ciencias del mar. Y así les va, y así les vemos.

En esta película no se juzga pero se acata, no se obliga sino que se consiente. Esta película tiene su propia historia dentro de la historia, que a su vez es documento y peripecia. Pero el cuento que presenciamos, el inventado por la chica protagonista, no se incluye para probar nada ni a “cuento” de nada en especial. Es sólo que la chica, en ese momento, decide inventarse un relato y relatarlo, y Renoir quiere recogerlo porque es muy bello y es sobre los sueños que se apoderan y vencen a la realidad, o es que la realidad se “adapta” al sueño para congraciar al individuo con su destino; se funden lo real y lo deseado.

A mí la película (un 10, por si no había quedado claro) me recuerda, en éste mi tercer visionado, planos de Pasolini e incluso de Kiarostami, que ni sabemos tampoco a dónde va ni qué esconde. El parecido con Pasolini (éste amaba La India, lean El olor de La India) viene de los planos generales y “de perfil”, en los que no nos enfrentamos a las cosas o personas sino que las vemos en “su devenir”, sin que ellas nos vean, por tanto, ni podamos intervenir. Y eso que Pasolini también fue, en este sentido, un gran manipulador, como lo prueba la primera imagen de su fantástico Evangelio según San Mateo, con una María frontal y embarazada, tan enigmática y bella.

La película abruma por su sabiduría. “No sabía que crecer duele”, masculla una de las chicas. Y es cierto que duele, pero “así es la vida”, de aquí viene el carácter del film como espejo, en este sentido, o como ventana más bien. No es que sea conformista, es que hay cosas que simplemente suceden, y hay que adaptase, “transformarse” a ellas (como la energía), pues el hombre es un ser en constante aunque lenta evolución. Hay una idea de “lógica” que parece sobrevolar esta obra, pues siempre hay motivos que originan los hechos, siempre hay seres que “obligan” a otros seres, o que influyen en ellos (los enfadan o enamoran). “El río fluye y el mundo gira”, se dice. “Ya, ¿y qué?”, dirá el cínico de turno. “Pues nada, hijo”, le responderé, y añadiré: “Y es que no hay mucho más, en el arte”. ¿Y en la vida?”, me replicará. “En la vida, no sé”, le diré. Y añadiré: “¿Pero qué es el río, El río? ¿Quién imita a quién? ¿O quién “debería” imitar a quién?”

Algún día futuro, pero cercano, se pasará por televisión una película de 2001, y al recordar las fechas importantes de ese año tendremos, por fuerza, que detenernos en el 11-S, cuando los EEUU se vieron sacudidos, y también el mundo, por la fuerza de la sinrazón, del fanatismo y de la miseria (humana y de la otra). No sé si “consentirá” mucho Bush o si decidirá atacar algún país, pero debería pensárselo y tratar de relacionar unos hechos con otros. A mí El río me deja un regusto de calma pero también de desasosiego, de saber que los desastres y barbaridades pueden llevarse de una manera u otra, o evitarse si es posible. Los jóvenes suicidas de Palestina o Afganistán no son propiamente conscientes de sus actos, y no sabe uno hasta qué punto la responsabilidad es de ellos o de quienes los envían para dar su vida por la patria, por Alá. Porque no llegan a ser individuos libres, no se les puede medir con la misma vara que a otros, y si queremos presumir de civilizados tenemos que dejar constancia fehaciente de que, de hecho, lo somos. El río, si es que es algo, es una película civilizada, un “trabajo” tan bien hecho que asusta por sus inmensas puertas abiertas. Un film sin ideología (me niego a aceptar que toda película tenga una; hay excepciones: la tendrán Raza y Tierra y libertad, pero no de igual manera El río ni Entre los olivos). A ver si podemos tomarnos las cosas reales, como este desastre nada natural de las Torres Gemelas en Nueva York, también sin ideología pero con mucha filosofía. Y pensar antes de actuar, y actuar creyendo en lo que se hace pero no “creyendo sin concesiones o condiciones”.

Y, por cierto, ¿qué pensará de todo esto, de El río y del hundimiento de Nueva York, Woody Allen, que dedicó su Manhattan, entre otras grandes obras, a su amada ciudad? No sé. Pero lo cierto es que, viendo El río, y con los hechos que hoy nos asustan y entumecen, me reafirmo en que mientras haya vida habrá esperanza. Y así termino, tópicamente.