McCAREY Leo (1898-1969)

An Affair to Remember (Tú y yo) (1957: 9.0)

“Crear recuerdos”

 Sólo unas líneas (no me atrevo a más, es suficiente así, no tengo por qué extenderme cuando todo está en Miguel Marías y su fabuloso libro, cuyo capítulo dedicado a esta obra leeré ahora, y seguiré aprendiendo) para mostrar mi admiración por esta cinta delicada, dura y sentimental de Leo McCarey, el director más elegante, con una elegancia fina y embellecedora, sutil y humana. Humana porque a McCarey le interesan las personas, los adultos, los ancianos y los niños, y a todos trata como tales. No oculta sus errores ni sus debilidades, menos aún sus desfallecimientos ni sus “chantajes”. El espectador debe juzgar por sí mismo. McCarey, de una manera inigualable, coloca la cámara siempre a la medida de sus personajes, con sus sueños y realidades. La cámara oscila bien poco, rara vez rectifica, y cuando lo hace, no nos percatamos. Los planos siempre centran a las personas, a las que en un delicioso y útil Scope contemplamos “a lo ancho” en sus más humildes o lujosos entornos.

Para McCarey el ser humano merece un respeto por el mero hecho de serlo, y por eso su mirada jamás desborda la intimidad de Cary Grant y Deborah Kerr; que sean ellos quienes se expliquen si es que lo desean. En An Affair to Remember los protagonistas se conocen, se enamoran, y pese a la dificultad que entraña su relación, prometen volver a encontrarse, para buscar la felicidad. El azar también juega, no obstante, y no siempre de forma favorable a nuestros o sus intereses, y sólo esa mala suerte parece lastrar la peripecia juntos de Grant y Kerr, Kerr y Grant, que nunca han estado mejor (en fin, Grant ha estado “tan bien” cuatro o cinco veces, pero no mejor). La irrupción de la simpática y entrañable abuelita de Grant es la epifanía que convence y subvierte a ambos (y a McCarey): hay que arriesgar en esta vida, tirarse al precipicio, y quién sabe, quizá salgan las cosas. Asunto que no sabemos al final de la película, pues un film por necesidad siempre tiene que acabarse, y desconocemos el futuro, y no es fácil que a estos personajes les vaya bien siempre.

En la vida hay que actuar y ser para tener cosas que llevarse a la memoria cuando no sirvamos ya para mucho, seamos viejos y casi no pintemos nada en este mundo. Por eso, crearse recuerdos es intentar vivir en consonancia con lo que uno va pensando, aunque las dificultades no son pocas, ni los achaques ni las zancadillas del destino.

McCarey es el director de los actores, el más cálido y fiel a ellos, el que mejor los retrata y los dispone en su contexto, el de ellos y el de él. No es que los fuerce ni si fuerce a sí mismo para que la cámara los siga y los idealice o los estorbe. Es la cámara la que se pone a su servicio (de las damas y caballeros), siempre admirable y sutil, aunque no sólo. Y digo que “no sólo” porque el plano en el barco en el que se besan por primera vez, en las escaleras, y sólo los vemos de medio cuerpo hacia abajo, es tan intervencionista por parte de McCarey como maravilloso. Y por eso se le agradece a este director extrañamente olvidado (no es tan extraño, pues hemos vivido y vivimos en una época de prejuicio tontorrón y exhibicionismo poco audaz, y las cegueras estéticas e ideológicas crean en muchos individuos aparatos “aparatosos” que les impiden ver sin recelos, sin ansiedades, sin reservas) que nos incorpore a su historia como si fuésemos uno de los suyos, que nos invite a pasar pero no a quedarnos dentro o para siempre, y que seamos cómplices despiertos pero no molestos de esta historia de amor casi imposible que quizá es posible con dedicación y un poco de esfuerzo.

Somos aceptados, los espectadores, dentro del barco de McCarey, y nos dejamos llevar, como mecidos por el ritmo de las olas. Aceptados, pero con condiciones: no mostremos excesivo aplomo, ni esfuerzos intolerables, impasibles o misericordiosos. Aceptados por ser personas, pero también, o no hay trato, por actuar de manera simpática y humana, como son y actúan los personajes de McCarey. Humanos, pero no “demasiado humanos”. Eso no le gusta a McCarey (ni a mí, por cierto). Gracias por esta inimitable e intemporal obra (casi) maestra.