GERMI Pietro (1914-1974)

Un maledetto imbroglio (Un maldito embrollo) (1959: 9.0)

“¿La espalda del mundo?”

 El cine italiano suele diferenciarse con facilidad del norteamericano o británico, por poner dos casos, porque los actores suelen gesticular y buscar las gracias, porque abundan los pillos y los grandes hombres, porque aparecen bellísimas mujeres que ni en papeles poco nobles logran ocultar sus encantos, y por una tendencia a mostrar la calle y sus embrollos “corales”. Germi hace un tipo de cine italiano “menos italiano” que otros y, en su momento, supongo que considerado también menos personal y menos importante. Román Gubern despacha en una línea esta inmensa película, a la que, no obstante, califica de film ejemplar, al igual que destaca poco antes el vigor de la comedia en Divorcio a la italiana. Poco se habla de Germi, y coincidir en el tiempo con directores como Visconti, De Sica, Rossellini o Antonioni no fue de gran ayuda.

Germi es también el actor de esta película de intriga policíaca un tanto liosa que me recuerda, en este sentido, a El sueño eterno: una película no necesita “comprenderse” del todo para disfrutarse; la propia lógica interna de planos, escenas y secuencias es suficiente, o mucho mejor, para divertirnos, hacernos palidecer y hasta pensar con estas películas. El género de policías y detectives, o género negro, es muy dado a tramas un tanto deslabazadas donde existen numerosos meandros que no siempre son fáciles de seguir, sobre todo en una sola visión (como es mi caso con casi todas las películas; y es que aunque haya visto filmes como ¡Qué verde era mi valle!, Cantando bajo la lluvia, Pat Garret and Billy the Kid o ¡Qué bello es vivir! seis o siete veces, suelo tener una sensación negativa si rehúyo ver una nueva obra para revisar otra antigua; no que no me apetezca, pero al fin y al cabo, “ya me la conozco”, y prefiero descubrir nuevas joyas, o desastres).

Esta película (de 1959, año de Con la muerte en las talones, esa maravilla hitchcockiana, entre otras maravillas de ese año clave) goza del pulso firme de Pietro Germi, capaz de seguir a sus personajes con gran ritmo y colocación de cámara, intentando retratar a los individuos en sus entornos particulares: al inspector Germi en su humilde y desoladora habitación, al pícaro médico en su falsa sala de consulta, etc. Pero Germi le infunde una melancólica poesía, con la música preciosa bien sola o con letra (Amore mío), con esos planos del callejón que da entrada al “microcosmos” donde se desarrolla buena parte de las peripecias criminales (el robo y el asesinato), con la cámara moviéndose despacio por entre los escalones y las paredes del edificio donde vive la asesinada y demás inquilinos.

Hay, sin duda, un fondo pesimista en esta película, o más bien desencantado, sobre todo en el personaje de Germi, pero también en el bellísimo rostro de Claudia Cardinale, en el de su novio, apresado al final de la historia. Y está el sabor de una implacable injusticia, pues el que paga los platos rotos es un pobre chico, mientras los demás implicados, poseedores de trapos sucios en abundancia, quedan en libertad. Germi parece resignarse ante esta situación de premura social, en la que los ricos y, sobre todo, los pillos y los sin escrúpulos tienen mayores posibilidades de salirse con la suya que los humildes, los confundidos, los errados, los vacilantes. El inspector que él encarna (con un cierto parecido a escritores de fuerte personalidad, bigote recio e inexpresivo rostro como Faulkner y Hammett) cumple con su obligación y ni tan siquiera tiene tiempo de quedar con su ¿novia? Paola, a la que no hace sino dar largas, que conducen sin duda a la separación.

Este inspector, que porta en ocasiones unas férreas gafas oscuras que quizá intenten establecer un biombo separador entre la putrefacta (e injusta) realidad y el sujeto que mira (Germi, y quizá nosotros), pese a su cara de tipo duro tiene una gran humanidad (es más blando de lo que parece, desde luego). Una humanidad que es quizá la que le impide relacionarse bien con otros fuera de su trabajo, o “perder” su tiempo en asuntos que le son menos imperativos que aquellos en los que se ocupa profesionalmente. Hay un rastro de compasión y de realismo en su manera de actuar, él sabe que no puede cambiar el mundo (ni quizá quiera, tampoco), pero puede intentar que algunas cosas vayan mejor (o al menos, más como él entiende que deberían ser las cosas, como se demuestra en su consejo a la Cardinale pidiéndole que no ande con tipos como su novio, o como vemos en su comprensión escéptica y casi “rendida” de la “basura” que anida en cada uno de los personajes implicados en el embrollo).

El conocimiento de que uno de los tipos relacionados en el asesinato, el marido de la muerta, es un fascista consumado, nos recuerda el pasado y aún presente de la Italia de los años cincuenta, que no sólo convive con la pobreza y miseria, sino con restos del naufragio fascista, que aún prende en las mentes de personajillos de diverso pelaje, quizá nostálgicos o convencidos.

Me he acordado de esa fabulosa película de Fernán Gómez llamada El extraño viaje, con su juego de apariencias y realidades, y su fondo social e histórico de la España angustiada y negra de la posguerra. Lo que en Fernán Gómez es más esperpéntico y siniestro, en Germi es más elegante y desesperanzado, pero no hablamos de mundos demasiado lejanos, ni en el tiempo ni en la estilística o ideología.

En suma, una brillantísima película (un 9, hoy 16 de septiembre de 2001), con una canción maravillosa, con un Germi actor que me cautiva con sus miradas inextricables, cercano a detectives y policías de la tradición norteamericana, de algún film de Fritz Lang, y al que vemos muchas veces de espaldas o de perfil, nunca en primer plano de frente. Y me he acordado de ciertos planos del Godard de los primeros sesenta (Vivir su vida), en blanco y negro, dándonos el revés de sus personajes, quizá porque están solos, o quieren estarlo, o son conscientes de la limitada capacidad “dialogante” de un mundo cargado de odios, y más aún (más sutilmente, esto es) de escozores, imprevistos e injusticias siempre latentes. Injusticias a las que Germi actor y director no da la espalda, precisamente, pero poco más puede (y tampoco debe) hacer un cineasta, un gran cineasta como es este italiano sobrio, duro y expeditivo.