CROMWELL John (1888-1979)

Dead Reckoning (Callejón sin salida) (1947: 7.5)

“Bogart es Bogart es Bogart”

 El género negro es, junto con el del oeste, se me ocurre, aquel que mayor número de películas inolvidables contiene entre sus difusas fronteras. Ambos, es curioso, géneros típicamente norteamericanos, como el musical, y ambos en su apogeo y desarrollados con un talento extraordinario y por artistas de postín en los cuarenta y los cincuenta, respectivamente.

Un 20 de septiembre de 2001 es un día válido, como cualquier otro, para disfrutar con Dead Reckoning (título más poético que su equivalente, entre comillas, hispano), este film que John Cromwell dirigió entre 1946 y 1947, años gloriosos para el cine, más que para cualquier otro arte o espectáculo en aquella época. Cromwell es uno de esos tipos malditos, sepultados por los años y por los nombres de más garbo que, vistas ahora sus películas (recuerdo vagamente Caged), uno se da cuenta de que eran muy buenos en el dominio de la técnica y que no necesitaban grandes medios ni recursos para contar una historia rápidamente y a su manera. Es uno de esos directores que Andrew Sarris despachó más bien lejos del tarro de las esencias, y cerca de los villanos del cine, aquellos englobados en sus “Lightly likeable”: más bien malos, podríamos traducir, y que al menos tenían, según Sarris, el mérito de no ser pretenciosos. Y esto último es algo importante, y totalmente cierto, y que hoy, teniendo en cuenta el cine que nos viene y que vemos en pantalla grande y en los telefilmes de sobremesa, valoro. Cromwell no es pretencioso, sólo hace una película con una estrella, Bogart, y con una bella mujer fatal, Lizabeth Scott. La planifica con rapidez y habilidad, y le queda un gran film de género negro con sus peculiaridades, como el plano final del paracaídas: que es, en verdad, extraño, impensable ahora, cuando parte del público se enfadaría, preguntándose: qué significa eso, o vaya final tan tonto.

La película está montada, en casi todo su metraje, sobre un “flashback”. Bogart le relata, casi en confesión, a un sacerdote que no lo parece, su historia y la de Johnny, su amigo, de quien intenta “salvar” su dignidad póstumamente. Ese Bogart en penumbra, prácticamente arrodillado ante el sacerdote paracaidista, ya es un síntoma de lo que viene después: una realidad oscura y desesperanzada.

“¿No te dije que todas las mujeres son iguales cuando se han lavado la cara?”. Así son muchas de las líneas de diálogo que Bogart recita (es un decir, Bogart está fantástico en su papel, aunque excesivo en su hacer bogartiano), que reflejan la profunda misoginia de este personaje, para el que todas las mujeres son una mujer, y de las que uno no se puede fiar. Estos diálogos, brillantes casi hasta la exasperación, se combinan con extraños encuadres que quizá son el signo de que el film se rodó con mucha rapidez, y en ocasiones, con poco cuidado, o quizá es que Cromwell coloca así la cámara, dándole un aspecto de improvisación y rareza a la puesta en escena. Las cabezas de las personajes a veces aparecen “cortadas” (¿será cosa del trasvase cine-tele?), el enfoque se nos revela oblicuo: desde luego, está lejos de ser un film “formalmente” convencional, y los entresijos de la trama desvelada están, así, heridos por un “ojo” que mira: no frontalmente o en mirada teatral, sino como quien pasa por ahí y no desea mostrar bellos encuadres sino situaciones fuera del control de los personajes del film.

La película es como una investigación detectivesca por parte de un tipo del ejército, tras la guerra del 45, y no por ello deja de ser género negro: pese a no haber detectives y pese a que la policía es más bien torpe y risible. Pero el “fin” de la película y de Bogart es limpiar el pasado y la memoria de un amigo, lo cual acerca esta obra a Hawks y la separa de intentos más cínicos de hacer cine negro con otros aspectos subrayados y otra “ideología” en mente. No obstante, hecho de menos un mayor grado de perfección, se explicitan elementos innecesarios, se repiten frases que no tenían que repetirse, con la intención, pienso, de que el público entendiera bien qué ocurría, y pese a todo la trama (como en muchos filmes de este género) se complica al final, y en un visionado pueden quedar cabos por atar; pero qué importa cuando uno se está divirtiendo. En cualquier caso, es cierto que, como la escena en la que el matón habla con el camarero del bar, preguntándole si le ha dado la carta a Bogart (la carta de su amigo Johnny), se dan planos y líneas que no se requerían y que dan un cierto aire kitsch y torpe al conjunto. También hay gestos enfatizados, y aunque le encuentro un “aroma” de gran película, creo que le falta “pegada” y le sobran no tanto ciertas partes (escenas, secuencias, etc.) como frases sueltas e imágenes un tanto reiteradas.

Bogart, en cualquier caso, y por eso me gusta sobre todo la película (imaginarla sin Bogart es pecado), está tan descreído como siempre, rectamente cínico y casi cruel, y, lo ya dicho, misógino. Aunque su “amor” por su amigo muerto es lo bastante fuerte como para hacerle arriesgarse, no es lo bastante fuerte como para eliminar la dulce y fiera tentación de Lizabeth Scott, una chica recortada, guapa y que lleva el destino desafortunado grabado en el rostro, y que es una Lauren Bacall menos fiable y más fuerte por conseguir su supervivencia.

Bogart, se me ocurre, es el tipo más duro de la historia del cine, lo cual viene a decir que es el tipo más duro de la historia, a secas. Hoy no hay nadie que le haga sombra a sus zapatos, pese a que Bruce Willis (a mí me gusta Bruce Willis) en algunos planos de La jungla de cristal y Robert De Niro con Scorsese se le parezcan un poquito, pero siguen a años luz. Bogart busca la verdad, en este film sin dueño (¿será más de Bogart o de Cromwell?), se enfrenta con un “malo” que en su mejor cara se acerca al malo James Mason en la encantadoramente indescriptible North by Northwest, y que hace uso de una ironía más allá del bien y del mal, pero es mentira: no está más allá del amor, y cae en él sin red. Es lo que tiene ser Bogart.

“Este es un mundo triste y ciego, Rick”, le dice la chica a Bogart. Y es verdad. No tanto antes, o no más que ahora, Rick, estamos en una etapa de zozobra mundial, y donde no vale estar contra unos para que a uno lo miren bien. Hoy, tan críticos que somos con las novelas y películas “maniqueas”, nunca hemos sido tan maniqueos en nuestra vida pública y privada. Qué cosas, qué alardes.

Bien, por tanto, esta película de Cromwell, a la que le veo demasiado las costuras (por eso le pongo sólo algo más de un 7), pero que disfruto plenamente y sin regodeos. Javier Rioyo, al que recupero en el debate de Garci post-film, me cuenta: “Bogart se está interpretando a sí mismo”. Y qué bien lo hace. Sólo Cary Grant ha podido realizar una hazaña semejante: hacer el papel de sí mismo sin caer en la parodia ridícula ni en la solemnidad más cargante. Por eso fueron Bogart y Grant, tan distintos y tan geniales. Quizá los dos más grandes (con el permiso de John Wayne, James Stewart, Spencer Tracy; es mi gusto).