DAVES Delmer (1904-1977)

The Red House (La casa roja) (1947: 9.0)

“Donde el sendero nos lleve”

 Delmer Daves tuvo que ser un tipo curioso; curioso en los dos sentidos. Peculiar, pues hacía películas muy personales (ver El árbol del ahorcado, uno de los westerns o semi-westerns más extraños de la historia; y además fue guionista con McCarey, por ejemplo), de una obsesión latente y unos personajes nada estables. Curioso porque indagaba en la compleja personalidad humana, lo hacía sin grandes academicismos (ni formales ni de psicología), sin llamar mucho la atención. Quizá por esto último se le cita bastante poco, o se le coloca en el sub-grupo de los buenos “artesanos” hollywoodienses de los cuarenta y cincuenta (las dos mejores décadas de cine mundial con una distancia abrupta con cualquier otro decenio), y se pasa página. Pues no hay que pasarla.

The Red House, de 1947 (año de gloria para el cine USA), es una película extraña e intrigante, que desasosiega y confunde como pocas. Confunde porque no sabemos hacia dónde nos lleva un Delmer Daves inducido por sus personajes; nos desasosiega por la conjunción del bosque, la oscuridad y la adolescencia. Es extraña e intrigante porque nos gustaría saber al principio qué secreto guardan los Morgan, qué le ha pasado al señor Morgan, interpretado como un sobresalto por Edward G. Robinson. Un actor, por cierto, que ha llenado más la pantalla que ningún otro, sólo James Cagney o Bogart pueden, en este sentido, hacerle sombra.

La película (excelente, de 9) en un principio se asemeja a un melodrama con adolescentes, unos más lujuriosos que otros, otros más recatados o más fiables. Delmer Daves enarbola la bandera del misterio muy rápidamente, casi no nos damos cuenta, y en el momento en que conocemos a Robinson y a su hermana (la actriz Judith Anderson, con cara de amenazante ama de llaves de Hitchcock, que ha sacrificado su vida en beneficio de su obsesivo hermano: es un alma caritativa) nos percatamos de que hay más cera de la que arde. Y de repente, el espectador no sabe a qué atenerse, ya no está seguro si la película se parece más a Verano del 42, a Matar a un ruiseñor o Psicosis, y creo que esta indefinición y ambigüedad temática es de lo más atractivo de este film fantástico que es también de fantasía.

La música de Miklos Rozsa no hace sino ahuyentar nuestras expectativas de entendimiento, pues es tan imprecisa como sugerente, tan poco enfática como determinante. Es como un himno al misterio durante todo el metraje, sin destacarse ese misterio, curiosamente, en los momentos en que hay mayor suspense, o se huele el horror.

El mérito de Delmer Daves, incido en lo mismo, es no cargar al film de significado desde los primeros fotogramas. No sabemos de qué va la historia, no se nos revela demasiado, sólo se sospecha que hay “gato encerrado” y que de alguna forma descubriremos más cosas, pero para eso debemos estar atentos y no perdernos en disquisiciones innecesarias. Los misteriosos Morgan suponen un hallazgo, y como los Monster (pero sin su carga irónica), nos dan pavor y temblores, y desconocemos el paradero de la llave que puede abrir su enigma.

Las películas con bosque siempre me han encantado, por lo que tienen de choque entre la civilización y lo salvaje, entre lo conocido y lo desconocido, lo que está aquí y lo que está más allá (de la escalera, por ejemplo), entre lo (sí, lo diré) consciente y lo inconsciente.

El imprevisible Delmer Daves crea un relato de terror, y los sucesos quedan encerrados en su cámara/ojo, que pone coto a sus personajes para crear un clima de angustia, de pesadilla, de preguntas sin contestar; es decir, enigmas. Tanto si están dentro de la casa como fuera, en el bosque, los protagonistas de esta historia singular y a ratos truculenta se sienten desamparados, sin respuestas, con secretos, con dudas que nadie aclara. Y se revela como clave en el ejemplar funcionamiento del film ese fondo insondable e impreciso del que no vamos sabiendo más hasta cerca del final de la película. Y es justo ahí, en sus últimos momentos, cuando la historia pierde un poco de fuelle, cuando Robinson relata parte de su pasado y el tejido narrativo de la película corre el peligro de quedar expuesto a fastidiosos lemas de teoría literaria de origen lacaniano, etc. (en especial, por culpa de aquellos que dicen dinamitar Psicosis y Marnie con simplezas freudianas, y achacan a la “ingenuidad” de los guionistas la que ellos denominan “supuesta” complejidad de tan maravillosos filmes: maravillosos no por lo que tengan de poso psicológico, sino por la personalidad taladradora y exuberante que les confiere Hitchcock). Una película, de la misma forma que está (o debe estar) por encima de sus intenciones, también debe estar por encima de las explicaciones restrictivas que desean que la historia “pase por la piedra” de los estudios fílmicos académicos (y poco soportables y más bien coléricos, por cierto).

Delmer Daves filma una película que es un interrogante, y cuando éste es más o menos desecho sentimos una pérdida que es subsanada por la fuerza inherente de la obra en su conjunto: sus imágenes poderosas. Una intensidad y belleza que nos retrotrae a momentos de Matar a un ruiseñor, y a Hansel y Gretel, y tantas historias de casas abandonadas, míticas y peligrosas que abundan en los bosques literarios y cinematográficos, y que nos hacen soñar y sufrir: pasarlo en grande. Y esta etapa tan importante, que puede ser dañina, convencional o enriquecedora, como es la infancia y luego la adolescencia, es aquí capaz de fomentar una respuesta liberadora sobre el ser humano. Veamos, si no, la relación del chico joven que trabaja para los Morgan con su madre viuda, a la que aconseja que se case de nuevo y no deje que se le marchiten las flores del pelo; sin duda una lección para todos. Es ésta un relación cómplice e inusual en la película, entre dos personajes alejados de conflictos con su pasado que se tratan de igual a igual y sin resquemores.

La adolescencia, esa época interesante, pero sobrevalorada, en la vida del individuo, queda finamente retratada por Daves con el concurso de cuatro personajes, dos chicas y dos chicos, de diverso calado y condición, que nos ofrecen otros tantos tipos o prototipos de juventud con fines, aspiraciones y dudas distintas en ese momento vital. “Hemos nacido indefensos”, dice el inquietante Edward G. Robinson, y habla de los humanos, claro, y cómo y cuánto nos influyen las cosas que nos ocurren; y a veces esos sucesos levantan empalizadas en nuestra mente, o nos fuerzan a olvidar o a recordar, o a optar por la violencia o la sumisión.

“He encontrado un antiguo sendero. ¿A dónde nos llevará?” (“¿a dónde el camino irá?”, se preguntaba Antonio Machado). En esta película los personajes no hacen camino al andar; los caminos ya están hechos por otros, lo cual le da un toque de amenaza inminente y de misterio a cuanto ocurre. Esta cita tomada de la joven chica enamorada, mientras su amado y la chica “mala” se besan, es clave en esta película y en Delmer Daves. ¿A dónde nos lleva Daves por tan tortuoso sendero? Lo peor es que queremos y no queremos saber, y en eso consiste la llave maestra de La casa roja. Un film sobre furtivos y sobre seres que viven atrapados, algunos de ellos, y otros que no saben a qué atenerse, ni qué desean en la vida, quizá porque los personajes se desconocen entre sí, y no saben cómo son “de verdad” los otros. Y el film de miedo se convierte en un melodrama de obsesiones donde la importancia del pasado y las relaciones humanas es inevitable.

Una historia de amores reprimidos, de complejo de culpa, de sacrificio y ambiciones, que cuenta con un final aterrador aunque esperable. Y arde la casa, un tema muy davesiano (ver El árbol del ahorcado y al intrigante Cooper), y los personajes quedan libres de culpa y de pasado, y se les permite, por tanto, vivir su vida, que es siempre el futuro. Y Daves, un director siempre inesperado y personal, triunfa sobre las circunstancias y nos deja una obra extraordinaria, casi memorable. Al menos, yo he disfrutado como un niño... No evito el escalofrío.