SIRK Douglas (1897-1987)

Magnificent Obsession (Obsesión) (1954: 7.5)

“Para llorar (y para reír) sirkianamente”

 Película de 1954, cuando Douglas Sirk, según las crónicas, aún no había alcanzado su madurez artística (pese a ser un cincuentón), Magnificent Obsession traza un viaje que bordea, vista hoy, la parodia, pero que no llega a caer en ella, excepto en algunos momentos de la primera parte del film. Como ha escrito Pere Gimferrer en Cine y literatura (aunque sobre Imitación a la vida), Obsesión perdura como proyecto estético, independientemente del material escrito (libro o guión) del que parte.

Quizá no sea parodia el término más correcto para describir la impresión que produce esta sublimación del folletín y esta estilización del telefilm de mediodía a su máxima potencia expresiva y colorista. Se podría hablar, más bien, de elevación, pues es un riesgo utilizar un modelo de drama sentimental de desgracias múltiples y presentar unos personajes entregados a sus causas respectivas despreciando el qué dirán, rechazando las etiquetas y buscando dar sentido a sus vidas. Hablamos de Rock Hudson y de Jane Wyman, en un primerísimo plano, y de Agnes Morehead (¿cómo no recordarla, más adelante, en la divertidísima serie Embrujada?), Barbara Rush y el gran Otto Krueger, en segundo término. Un plantel temerario, pues la diferencia de edad entre los enamorados es evidente, y el papel de Agnes Morehead entronca con los personajes femeninos pasivos y caritativos, y Barbara Rush es una hijastra perfecta, bella y comprensiva, y Otto Krueger está excelente en su papel de Dios, que a mí me recuerda al del ángel que desciende a salvar a James Stewart en la inimitable Qué bello es vivir. O como diría Ángel Fernández Santos, El Cine.

Douglas Sirk, de quien he visto filmes posteriores y más famosos (y quizá mejores, también) como Escrito sobre el viento e Imitación a la vida, hace en esta película una pirueta de muchos quilates, pues desafía el melodrama y el kitsch para crear un producto netamente sirkiano. Es decir, una película de excesos y defectos, con los personajes llevados en volandas en pos de un sueño y una obsesión. Rock Hudson, en un papel de rico vividor y borracho, se prenda de la Wyman, a cuyo marido ha “ayudado” a matar, al necesitar ambos y al mismo tiempo un pulmón artificial tras un accidente marítimo. Inducido por Otto Krueger a hacer buenas acciones, con el fin de alcanzar sus deseos, se ve impelido a ayudar a su amada, que se ha quedado ciega (también por su culpa, en cierta forma, tras un accidente de coche), con grandes sumas de dinero. El asunto es que la persona ayudada no puede saber quién es su benefactor, porque sino el efecto y la virtud se desvanecen.

Sirk ensaya una mirada, en esta película, con planos que a veces no captan todo lo que ocurre. Abusa de los decorados de colores, los paisajes bellísimos, pero no le importa. Enfatiza las situaciones más melodramáticas con una música que promueve las emociones, para que el espectador no atento se introduzca de nuevo en la historia. Crea una historia de amor que, pese a inspirarse en la caridad cristiana, y aunque en principio no parece sino producto de una compasión y un complejo de culpa, finalmente es creíble y entendible. Y es formidable, pues Sirk ha sido el más perfecto guardián de los dramas de familias y entre familias, con personajes que beben mucho, que no saben a dónde van ni qué quieren. Hasta que alguien se lo recuerda: el personaje de Otto Krueger, por ejemplo (en la escena de la operación quirúrgica a Jane Wyman, su personaje, al que vemos observando la intervención tras un cristal ovalado y elevado, es Dios, que observa e interviene cuando hace falta aportando las fuerzas que Hudson necesita para perder el miedo al fracaso).

No hay duda de que Almodóvar tiene que ver con este cine, un cine que puede llegar a exasperar, pienso, si no se entra en su juego, o que puede dar la sensación de no tomarse en serio a sí mismo. Y esa es mi sospecha, en esta película, durante su primera mitad, sobre todo. Me río mucho en su primera hora, eso es cierto, me río por líneas de diálogo imprevistas, por situaciones que suenan a ya vividas y revividas, y que no son sino imitación de imitaciones. Pero hay algo más, y por eso el film cobra fuerzas y recobra un impulso que tiene Sirk en sus películas, un impulso que le acerca a Hitchcock en cierta manera de planificar para acercarse a los personajes, y una fuerza que recuerda a McCarey, con la cámara recogiendo sin ostentación y relajadamente a los protagonistas para que ellos se sientan cómodos, y lo transmitan. Pero son sólo aspectos de contraste, no son comparables sus obras respectivas: con Hitchcock y con McCarey (ambos con mundos más fecundos, superiores, pienso), languidece Sirk.

En la película, y esto es lo más bonito (y no es peyorativo en absoluto, créanme), el amor triunfa sobre las circunstancias, o si se quiere, son las circunstancias las que dan lugar al amor. Ella, como en Tú y yo, no desea comunicar a su enamorado su defecto (la falta de visión, en este film; la pierna rota en la obra maestra de McCarey), para que éste, precisamente, no se sienta movido ni empujado a actuar de una determinada manera. No se quiere forzar al individuo a hacer lo que quizá no quiera hacer. Es el individuo el que tiene que elegir por sí mismo, con su manera de actuar y sus pensamientos y emociones. Presionar a la persona es inmoral, parecen decirnos ambas películas. Pero Sirk prefiere jugar con nosotros y no soporta la soledad de sus personajes (mientras que McCarey es más sencillo y elegante, y jamás desearía forzar un estado de cosas), de manera que Hudson se hace pasar por un tipo que no es, se crea un personaje para enamorar a la mujer que él quiere.

En Obsesión, Wyman escapa de lo que ella cree es la excesiva capacidad para la compasión que muestra Hudson; o quizá es que no desea para él una vida atada a una invidente, que constantemente necesita asistencia. O puede que, en realidad (y esta teoría se adapta a la fenomenología, por así decirlo, sirkiana), ella quiera que, hasta cierto punto, él pague por lo que le ha hecho (influyó en la muerte de su esposo, tuvo responsabilidad en su invalidez, ocultó su personalidad haciéndose pasar por quien no era). Y para ello, qué mejor (qué peor, por tanto) que mantenerlo alejado, cuando ya le sabe enamorado (o dependiente, u obsesionado) de ella. Y sólo al final, tras unos cuantos años en los que él rehace su vida y se convierte en prestigioso doctor, y ella está muy gravemente enferma, ambos vuelven a vivir, él la salva, ella consigue ver de nuevo. Y podrán ser felices hasta la muerte.

Un 7,5, en el día de septiembre número 27, para esta película, que parece más ingenua, juguetona y hasta irónica, por un lado, que otras de Sirk, pero que también podría ser más sincera, más verdadera y menos aparatosa. No está claro. Lo que sí me expongo a decir es que es un placer ver películas así, aturdidos ante tantos culebrones sudamericanos y telefilmes norteamericanos chapuceros. Nos falta Sirk, sí. Pero tantos otros; miremos atrás sin ira.