AMENÁBAR Alejandro (1972-_)

The Others (Los otros) (2001: 6.0)

“Mejor pero peor”

 Hablaré hoy, 7 de octubre de 2001, de la tercera película de Alejandro Amenábar, llamada The Others, que vi hace unos días en un cine céntrico de Madrid. Debo decir, en primer lugar, que cuando vemos una película todos estamos influidos no sólo por lo que es la película en sí sino también por condicionamientos y estímulos personales, y por las circunstancias ambientales. Durante la proyección de Los otros sonaron no menos de tres teléfonos móviles, seguidos de las risas de gente aburrida, desinteresada o con ganas de cachondeo, y se dijeron palabras en voz alta invitando al criminal a acallar su instrumento, a abandonar la sala o a otras actividades menos selectas. Por otro lado, el frío originado por el aire acondicionado me heló el cuerpo durante la hora y media; sufrí de lo lindo, temí por mi salud, pero al final he podido sobrevivir sin mayores contratiempos.

Por tanto, no sé qué habría sido de Los otros si la hubiese visto otro día o en otra sala de cine, quizá mi opinión sería distinta, más positiva o negativa (sospecho que, dadas las inclemencias del clima y de la crueldad humana en la sala, mi impresión sobre el film habría sido más optimista cualquier otro día).

Sigo pensando que Tesis es la mejor película de Amenábar, el film que más me gusta: el más personal, el más arriesgado, el que toca la ficción y la realidad con los dedos de la mano y me aterroriza como pocas películas me han aterrorizado. Y es cierto, tuve miedo viendo Tesis, con su carga real reflejada en un sinuoso ritmo que me hacía flotar entre el infierno de lo que es horrible y verdadero. Es un cuento de suspense que rehúye los grandes efectos “desde fuera” y es manejado por un talento incipiente que se ha confirmado después. Sí, no se duda del talento de Amenábar, de su gran labor como técnico y como músico, como creador de situaciones inesperadas y tensiones más o menos duraderas, y de respingos bien pensados para, justo, impactar al espectador. Pero en mi opinión, Amenábar se ha quedado estancado en su vena de autor: no sé dónde está él en su (a ratos) fascinante Abre los ojos y, ahora, en Los otros. No sé qué pretende comunicarme o sugerirme (y no hablo de sus intenciones, hablo de lo que está “en el texto”), y realmente nada me conmueve ni me asombra “del todo”. Amenábar parece estar renunciando a ser Amenábar; al menos, a aquel Amenábar anunciado en su valiente obra primera.

Que Tesis es una obra imperfecta y con cierto trucaje es un hecho cierto del que se ha escrito y documentado de forma suficiente, pero habría que incidir más y mejor en el hecho de que Tesis se seguirá viendo con interés y curiosidad dentro de muchos años, no así sus dos siguientes, pienso. La secuencia final de Tesis, en la que Ana Torrent y Fele Martínez caminan por el pasillo del hospital, y ellos y el espectador vamos viendo el estado de alienación de los viejecitos, todos ellos observando las noticias morbosas que ofrecía uno de los tan habituales (ahora ya menos habituales, se han ido sustituyendo por noticias del corazón, de mocos y ortopedias) espacios televisivos dedicados a las noticias de impacto y sangre, es una de las más estremecedoras que recuerdo. Mediante estos planos, Amenábar nos está hablando: hasta qué punto no hay culpabilidad compartida en las acciones sádicas que un supuesto ciudadano normal perpetra en su afición a las “snuff movies”; la culpabilidad del que, en realidad, disfruta con todo eso, y la responsabilidad de quien programa todo eso, quien lo controla desde las altas instancias, quien, sin principios de ningún tipo, hace lo posible por conseguir la ansiada audiencia. Todo es, en efecto, una cadena, y el plano último del ascensor cerrándose y cerrando la película sobre las caras inexpresivas (o desesperadas) de Fele Martínez y Ana Torrent es un manifiesto estético y político y hace al espectador pensar. No hablo de mensaje, hablo de gran cine. Ese recorrido por la cárcel de la salud, en el que vemos cómo quienes son los cuidadores se encargan de mantener despierto y “dormido” al personal, es gráfico de la actitud de ética cinematográfica de un autor, Amenábar, que luego ha cedido a los impulsos de la bella artificiosidad y la “hitchcockiana” de calidad.

A Los otros le daré un 6, y casi me parece mucho, es cierto. La película funciona, pese a las risas de parte del público. Amenábar maneja con gran precisión la casa encantada y sus fantasmas, a la contenida Nicole Kidman, a sus sirvientes y niños. Los otros logra crear una atmósfera de tensión, y es hábil instaurando elementos que facilitan (como el extraño mal que aqueja a los niños) la consecución de escenas donde se encauza el miedo. Todo está muy pensado, y eso se nota viendo este film de precioso acabado y sutil manejo de la cámara. Casi demasiado pensado. Amenábar no se deja llevar, no adivinamos el precipicio en los confines de Los otros, y el chascarrillo final a imitación (se diga lo que se diga) de El sexto sentido es más paródico que impresionante.

Me ha gustado bastante, no me he aburrido y, pese al frío y las musiquitas de los móviles, he podido pasar un rato bien agradable. Pero yo espero más de Amenábar, al menos “más” en “otro sentido” (un séptimo sentido, llamémosle). Creo que este brillante director necesitará desprenderse de su rictus de brillantez y deberá olvidarse de las vueltas de tuerca que, indefectiblemente (en sus tres filmes), encadena para otorgar un mayor calado “indefinido” y “ambiguo” a historias que no precisan de tales mañas externas. Amenábar tendrá que dirigir una historia haciéndola suya, de sí y para sí, olvidándose de que es Amenábar para, sólo así, serlo de forma crucial y definitiva. Y sólo en partes de Tesis yo he observado “lo amenabariano” de Amenábar, a no ser que se piense que su cine es el cine de los líos y los equívocos y las atmósferas y el “ahora más difícil todavía”. El final de Los otros me parece expresivo del problema de este director que, pienso, siendo un gran director, se sobrevalora a sí mismo, y no hace bien. Quiere anudar su historia, hacerla más “extraña” e inverosímil para que el espectador contemple con otra luz toda la trama anterior, y reflexione sobre lo que ha visto. Pero el espectador, no nos engañemos, no reflexiona, sólo asiste extasiado o fastidiado a esa muestra de trapecismo con red, para decirse después: “¡Fíjate tú qué cosas!”, “así que era...”. Y a mí esto no vale del todo.

En suma, bien pero no tan bien. Excelente factura (mejor que en sus dos obras previas), pero le falta “punch”. Es muy posible que Amenábar se convierta en un perfecto profesional de Hollywood, y que sea uno de los grandes directores de filmes bien de acción o misterio o intrigas, pero será mejor que evite la brillantez. No se puede “querer” ser brillante. Eso tiene que salir de uno. No puede obligarse a salir. No sé si me explico, pero en cualquier caso finalizaré estas líneas admitiendo que me gustan las películas de Amenábar (sobre todo Tesis). Y expreso mi deseo de que no deje tanto espacio de pudor técnico con lo que cuenta y nos permita verle a él a través de su cine, o mejor, que su cine sea parte de él más que pirotecnias preciosas. Y que relea a Henry James, ya que estamos con fantasmas. Y que se dé cuenta de que a su película le falta la elegancia siniestra y el enigma del autor de The Turn of the Screw. Mejor ponerse metas altas que ganar unos cuantos Oscars, por valiosos que estos resulten.

Y Amenábar ganará Oscars. Se verá en su momento. Pero tal hazaña no le hará mejor. Esto, por obvio que resulte, aún no se comprende desde ciertos foros embobados con la parafernalia hollywoodiense pero que, al mismo tiempo, se declaran (por la moda y tal) fervientes enemigos del imperialismo yanqui. Siempre al fuego que más alumbra.