DAVIES Terence (1945-_)

Distant Voices, Still Lives (Voces distantes ) (1988: 3.0)

En días como hoy, dan verdaderas ganas de mandar la historia entera del cine británico a hacer puñetas...

Aunque, en fin, no nos pongamos radicales ni incurramos en generalizaciones no tanto injustas como directamente majaderas... Pero, insisto, hay un “algo” para mí cada día más  frustrante en mucho cine británico (e irlandés).

Forzosamente subvencionado por el British Film Institute, gracias al cual subsiste el insoportable Peter Greenaway, Terence Davis dirigió entre 1985 y 1987 su díptico Voces distantes y Naturalezas muertas, que hacen honor a sus títulos.

Cine distante, anacrónico desde que nació, muerto en la plena extensión de su palabra. Cine estático, pasivo, pictórico, fotogénico, tan personal que a uno le apetecería que el señor Davies no tuviera tanto ego y considerase que sus recuerdos de niñez no son tan importantes, interesantes o apetecibles. No ya para el llamado “gran público”, sino también para aquellos que nos denominamos cinéfilos, que no tenemos por qué ser tontos ni tragarnos cualquier pastilla para la tos.

No señor, y en poco me influyen los variados premios que Voces distantes recibió, en  los festivales de Valladolid, Cannes o Locarno, y poco me ablanda ver esta película (casi insufrible) colocada muy alto en las inagotables listas del mejor cine británico de la historia, la histeria (en la última que vi, el “spot” Trainspotting estaba en el puesto número 2!). Es normal que los críticos artísticos se dejen llevar por las apariencias: Distant Voices, Still Lives intenta ser diferente y siempre cabrá hablar de la “brillante” utilización de las canciones populares y de pub, de las retransmisiones radiofónicas en el Liverpool de la irrelevante niñez del señor Davies. Pero la incapacidad suprema para encadenar imágenes con un ritmo ni tan siquiera cercano a la música omnipresente es tan llamativa como desalentadora. Generalizaré de nuevo: la, en conjunto, falta de habilidad y talento en el cine británico, sobre todo el contemporáneo, en la labor de narrar en imágenes con solidez, fluidez y distinción, con naturalidad, grandeza de miras y elocuencia es en verdad chocante, en especial si comparamos esa ausencia de matices y de grandes cineastas con la, por otro lado, inmensa cantidad de fenomenales intérpretes y grupos musicales de todos los estilos y colores... Pero en fin, también sobre el arte español he oído apuntar varias veces que tendemos a ser muy visuales y dinámicos (Velázquez, Goya, Picasso, Buñuel, Almodóvar...) pero que carecemos de grandes luces para la literatura o el razonamiento. Así que es evidente que las generalizaciones son peligrosas, pero yo he arriesgado la mía, y no me echaré atrás, pese a Hitchcock, los Boulting o Carol Reed, a pesar de Mackendrick y Mike Leigh, por ejemplo (por salvar, hoy no me apetece salvar ni a James Bond ni La vida de Brian...).

Este cine se basa en una férrea y muy elaborada coreografía y en una cansina simetría compositiva, en el lado más explícitamente artístico, para hacer de contrapunto a las canciones alegres, añorantes y pícaras que cantan los actores y, más aún, las actrices en sus casas y en el pub. Este cine está fundamentado en la pesadez estética, sin aspirar a capturar pedazos y momentos de elocuencia, belleza o significado patetismo, sino conformándose con contemplar las interpretaciones entusiastas, muy intensas y bulliciosas de los actores y actrices británicos, tan profesionalmente académicos a la hora de poner sus voces y cuerpos al servicio del arte distante, estático, meditabundo y moribundo del artista llamado Terence Davies.

Leo en varias reseñas, incluyendo entre los “Extras” del DVD, que Davies muestra “las sufridas vidas y los pequeños placeres de la clase obrera inglesa”. Pero no es eso lo que yo he visto. ¿Qué sufrimiento? Un padre violento, hombres por lo general rudos y antipáticos, mujeres más bien feúchas pero aun así animosas para las canciones. Veo algunas tareas domésticas, alguna señora frotando el suelo, al padre violento mostrándose como lo que es, de palabra y obra. ¿Qué dureza es esa? No más que la mayoría de existencias vividas hasta la fecha en el mundo occidental. Mi padre o mi madre, en sus pueblos de la montaña leonesa,  tuvieron, estoy seguro, infancias infinitamente más agotadoras y difíciles que las de los personajes que nos muestra Davies en su morosa y retórica película. Que la película sea un homenaje del director a su familia y su gente, a su pasado o infancia, a su Liverpool natal o a las melodías que solía escuchar cuando era pequeño, a mí me trae sin cuidado. Eso es teoría: yo “nada de eso” veo con mis propios ojos. Me molesta que en sólo 80 minutos de “estampas” o calas fotográficas (y no otra cosa es Voces distantes) se llegue a tales extremos de quietud, repetición, descrédito y melancolía pagada de sí misma.

Cierto que los últimos años ochenta, además de ser épocas doradas para Spielberg y Chuck Norris, para Michael Jackson y Madonna, para Schwarzenegger y Stallone, también hicieron su hueco disidente para Herzog o Wong Kar-Wai, para Oliveira o Rohmer, para Kieslowski o Haneke, para Rivette y David Lynch... En ese contexto, y siendo muy tolerantes, podríamos situar al señor Davies, claro que muy por debajo de todos los citados, justo en el punto donde, como le pasa a Greenaway, el cine no llega a ser “cinemático”: le falta un hervor de fuerza, de dinamismo, de inteligencia, de humildad, de ideas, de emociones reales, de capacidad narrativa; y se queda en producto audiovisual destinado a determinados y erráticos  círculos críticos de festivales; señores críticos, por cierto, no precisamente aficionados al cine con mayúsculas, el que se desarrolla con Chaplin, Griffith, Vigo o Hitchcock, sino el que proviene de adustas tradiciones teatrales y se anuda, para “actualizarse”, a las contemporáneas tendencias del llamado vídeo-arte, en las que en tantas ocasiones la imagen es una mera excusa para el onanismo, la subvención, la publicidad encubierta, la pintura en pantalla, el vídeo-clip, la originalidad sin grandeza, la clonación de clonaciones y la más flagrante impotencia.