ALLEN Woody (1935-_)

The Curse of the Jade Scorpion (La maldición del escorpión de Jade) (2001: 9.5)

“Estado de gracia”

 Estoy contento, dentro del oasis insertado en la marca "felicidad". Y no sólo por haber visto una película de Woody Allen, sino por haber visto The Curse of the Jade Scorpion, su cita anual con los allenianos (nada alienados) del mundo y con aquellos que disfrutan riendo y con aquellos a quienes les gusta el Cine. Estoy contento, porque Woody Allen ha entrado, en mi opinión, en una senda de divertimento y grandeza extraordinarios, con las previas Acordes y desacuerdos y Granujas de medio pelo, a las que si sumo ésta me queda una trilogía (aunque no lo sea, pero lo es para mí) de alegrías, serenidad, absurdos y, sí, grandeza.

Prefiero estos filmes a sus películas previas, empezando por Desmontando a Harry, para mí una de las películas más flojas que ha hecho Allen en su carrera, demasiado pendiente de teorías, deudora de cierto rictus serio (pese a la rechifla) y pretensiones de poner en imágenes “cosas curiosas”. Pero desde Sweet and Lowdown (para mí, una de las mejores que haya realizado Allen jamás) y esa otra historia cálida y desinhibida que llamó Small Time Crooks, Woody Allen ha accedido al terreno de la espontaneidad y la risible pureza, de los diálogos fantasiosos (siempre ha sido un gran dialoguista, pero ahora se mira menos el ombligo) y la belleza del gesto expresivo: del que se emociona y emociona.

En esta película, la del año 2001, que he visto bien acompañado (lo cual también tendrá su efecto en mi felicidad momentánea), Woody Allen pone en escena uno de los repartos más sólidos, locuelos e hilarantes que recuerdo, con él mismo (evidentemente, aunque en Acordes estuvo Sean Penn y fue fantástico), con la genuina Helen Hunt (bella y fea, madre y amante: todo está en su mano), el inmenso Dan Aykroyd (una actor al que, ignoro por qué, no se le ha hecho demasiado caso), la deslumbrante Charlize Theron (heredera de las grandes rubias del cine negro y, también, por qué no decirlo, de la Priscilla Priestley de Agárralo como puedas) y un elenco de secundarios adecuado, magnífico. Momentos de secundarios: los diálogos, en especial en aquel entre dos de ellos (compañeros de Allen en la agencia, y uno de ellos el inolvidable Viccini en una de las mejores películas de aventuras: La princesa prometida), cuando dan con la clave del raro comportamiento de Woody y pronuncian la palabra mágica (“Constantinopla”) para que Woody entre en trance o hipnosis (uno de ellos viene a decir algo así como que le está cogiendo gusto a esto de controlar la mente de los demás).

Me entusiasma La maldición del escorpión de Jade porque sin forzar el ritmo ni las situaciones ni los diálogos (bueno, esto quizá sí ocurre en alguna réplica de Helen Hunt, pero lo achaco más bien a los delitos del doblaje: y entiendo la dificultad de doblar los filmes de Allen, aunque menos entiendo que no se pase una película suya con subtítulos), se nos revelan un cúmulo de situaciones variopintas, divertidísimas, al borde del ridículo, rozando el abismo que nos separa de películas más dispersas (que a mí me divierten también) como Top Secret o Aterriza como puedas. Woody Allen se encuentra en tan plena forma que gesticula menos y mira más (con una mirada inteligentísima, triste, pilla), y le da protagonismo a una Helen Hunt que, digámoslo ya, si no la nominan a un Oscar es que este trofeo ha perdido definitivamente la dignidad (hay nueva película anunciada del astuto director de Shakespeare enamorado y se llama La mandolina del capitán Corelli, qué horror; este tipo es un ambicioso que aspira a estatuillas a través del kitsch: su cine no puede ser jamás gran cine, y que críticos despreocupados obsequiaran el Shakespeare in Love de turno con cuatro o cinco estrellitas es más que alucinante: es alucinógeno).

Prefiero no escribir más al respecto, porque me suele costar mucho hacerlo sobre películas que son palabras mayores, pero diré: las películas de palabras mayores lo son no porque en ellas se digan “palabras mayores” o estén adornadas con una “gran fotografía” o porque su estructura sea “un perfecto mecanismo al servicio de los actores”, o porque sean “filmes necesarios en una época insulsa”. No. Son así porque están hechas con las prisas justas y las pausas adecuadas, en un clima de excitación, relajación y serenidad que casi asusta (y conmueve). El fino encuadre de Woody Allen en toda la película está tan lejano a la intrusión, al esteticismo, a la “enjundia” y al autoritarismo que no puedo sino quedarme de una pieza, sintiendo fluir imágenes y conversaciones, riéndome a gusto, sonriendo y echando de menos no volver a vivir la película de nuevo. Allen pasa por un estado de gracia insoldable, magnífico, incomparable (más de un 9, un 9,5 para este film, en este 19 de octubre de 2001). Que nos dure mucho este director (uno de los más grandes, quién lo duda) atípico, complejo y ameno, y que el daño ocasionado a su ciudad y su barrio no le afecten en demasía para seguir haciendo películas, una por año. Ya deseo que vuelva de nuevo con otra de sus comedias o tragicomedias, o lo que le venga en gana (sin volver a Septiembres).

Debo decir que, pese a haber tenido mis dudas en ocasiones, y aunque haya películas suyas (como algunas de los ochenta tipo Otra mujer, o de las últimas Deconstructing Harry, otras bergmanianas e inferiores a las divertidísimas de su primer época: Bananas, Coge el dinero y corre, etc.) que me parecen por debajo de su categoría, hoy no puedo sino unirme al extenso coro europeo (y americano, en menor medida) de allenianos rendidos. Sus delitos y faltas son las de todos. Vive mucho para contarlo, ciudadano Woody Allen.