MANKIEWICZ Joseph Lewis (1909-1993)

Suddenly, Last Summer (De repente, el último verano) (1959: 7.0)

“Lo frío de lo caliente”

 De repente, un extraño. Me he topado con otra de mis grabaciones más recientes y he decidido emprender mi tarde de viernes con una película de Joseph L. Mankiewicz basada en una obra teatral y tétrica de Tennessee Williams. Y sigue siendo 19 de octubre de 2001, por lo que el día, se diga lo que se diga, es completo en cuanto a cine y escritura. Que son también vida.

La película tiene cosas de Hitchcock, como su música, a ratos muy de Bernard Herrmann, como la escalera en espiral del manicomio, como la monja siniestra que controla a la bella (y no loca) Elizabeth Taylor. La película, en sus flashbacks finales y caníbales, cuando los chicos morenos y sucios persiguen al mitificado personaje sin cara, también me recuerda (qué rareza) el film de Narciso Ibáñez Serrador ¿Quién puede matar a un niño?, en el que una pareja se ve acorralada en una isla por un grupo de demoníacos niños, no caníbales pero sí crueles y sádicos.

La película, es evidente, tiene mucho de Williams, de sus dramones del sur con grandes pasiones, represiones y conflictos familiares y morales, pero es mucho más mórbida: lobotomía, canibalismo, homosexualidad cuando ésta aún era un delito (aunque, por suerte, la gente era más respetuosa con el prójimo y no aburrían a la opinión pública con salidas “progresistas” del armario, pues por muy valiente que sea tal actitud, mejor aún es no darle excesivo bombo y sí un aura de normalidad conquistada). Y no sólo eso: la película posee un tono de cine de terror más que de cine negro, pues aunque se abre como una investigación sobre el caso de una chica loca, las apariciones de la selva, de la planta carnívora, del pabellón de los locos que agarran del tobillo a la Taylor y del pabellón femenino donde una demente fea y tenebrosa se agita sobre su mecedora, van aportando fragilidad a la condición humana, maldad a los personajes y misterio y negrura a toda la trama.

Tras todo lo dicho, que hace de esta película una obra estimable y sinuosa, he de decantarme y admitir que no me ha encantado ni me ha impresionado (como no me han entusiasmado las tres o cuatro películas de Mankiewicz que he visto, ni las tres obras de Williams que he leído, ni ninguna otra adaptación al cine de una obra de Williams, empezando por Kazan y su Tranvía llamado deseo, siguiendo por Richard Brooks en La gata sobre el tejado de zinc y Dulce pájaro de juventud). Me ha, eso sí, interesado, con sus diálogos, muy de teatro, perfectamente articulados, con las interpretaciones necesariamente buenas de Elizabeth Taylor (la mejor del plantel), Katherine Hepburn y Montgomery Clift (qué rostro ausente y frágil el suyo, qué andares y gestos tan, cómo decirlo, “desentrenados”).

Es difícil, al menos en mi caso, que me llegue a emocionar una película de Mankiewicz (pese a que me quedan unas cuantas suyas por ver), pues su mimo por el encuadre correcto y su atención a la interpretación son tan exhaustivos que casi no dejan resquicios por donde meter la nariz y sentir algo de aire que queme el rostro. Su distancia y su frialdad son características (pero yo las prefiero en El mundo de George Apley, donde creo que el autor está más cómodo, con actores menos “actores” y con temática y literatura más del gusto del director, pienso). Le ayudan a no perder de vista el objetivo de la película: mostrar los traumas, las pasiones, los bajos fondos del alma humana, la locura del loco y del cuerdo. Pero, por otro lado, le imposibilitan (menos, quizá, con Liz Taylor) para meterse dentro e implicarse con algún personaje loco o cuerdo o salirse del guión establecido por Williams y Gore Vidal. Los planos, largos y exactos, funcionales y elegantes, pretenden seguir con cautela y precisión de cirujano las conversaciones y problemáticas (la vida, la muerte, el arte, la poesía, las pasiones, la salud y su curación, la locura) de los protagonistas, pero no hay, cómo decirlo, continuidad entre la puesta en escena y el “alma” de la película. Lo que sí hay es continuidad entre la puesta en escena y los asuntos que trata el film. Esto, creo, es producto del origen netamente teatral del texto, lo cual le otorga a la obra de cine ventajas indudables y desventajas subjetivas (las mías, en este caso, que prefiero algo más de calidez y enigma y libertad en las películas), pero nunca desaciertos.

Mankiewicz no se permite debilidades en sus obras, ni momentos más dubitativos. Él sabe lo que quiere y nos lo ofrece aprovechando al máximo el cúmulo de elementos favorables (actores, escenario, fotografía) con los que cuenta. Y el resultado es, claro, un film magnífico desde la objetividad, pero que para mí no llega al 8. Un 7, y me quedo tranquilo conmigo mismo y con Sarris (entiendo que escriba que el cine de Mankiewicz es de inteligencia sin inspiración, no creo que sea un frase que simplemente suene a compleja; pero más bien, este director sí tiene inspiración, pero es más una virtud teatral y de dirección de actores, no es inspiración cinematográfica de las de Murnau, Renoir, Buñuel...)