DONEN Stanley (1924-_) / KELLY Gene (1912-1996)

Singin' in the Rain (Cantando bajo la lluvia) (1952: 10.0)

“Qué Maravillas”

 Singin’ in the Rain es, seguramente, la película de las películas. Sus planos y escenas valen como resumen de lo que es el espectáculo del cine, y también son resumen de lo que es la alegría, la ilusión y la justicia. Stanley Donen, fabuloso director de Charada (sobre todo de Charada), de Siete novias para siete hermanos, de Un día en Nueva York (y de otras inferiores, para mí, como Dos en la carretera, Arabesco o Lío en río), se une con el genio Gene Kelly (como en On the Town) para dar al mundo la obra musical que es quizá el manifiesto de lo que fue el cine clásico, de lo que fue el musical, de lo que fue el cine mudo, de lo que es el cine frágil, de sentimientos, canciones y vitalidad. Es un cine muy de Stanley Donen, cuya Charada es una de las películas de aventuras, amor y comedia más logradas y emocionantes que he visitado.

Cantando bajo la lluvia es la historia del cine, con el inicio del sonoro y los problemas que acarrea. Es la lucha por ser actor y ser estrella, y los inconvenientes e incomodidades que supone. Pero lo que de verdad es Cantando baja la lluvia es un himno entusiasta de gratitud al cine, al cine de final feliz y beso apasionado, de las personas que miran hacia delante, del cine gracioso hecho con gracia. Es un 10, gracias.

Donen tiene al ser humano como la medida de su cine. Siempre retrata al individuo con humor, sarcasmo y mimo, sea de más cerca o más lejos, está en el centro de su universo cinematográfico, su mirada. La cámara busca a la persona y la encuentra sonriente, haciendo muecas, cantando o enfadada (pero si está muy enfadada, en Donen, es que es un personaje ridículo o falso). En Cantando bajo la lluvia, los sublimes Gene Kelly, Donald O’Connor y Debbie Reynolds me lo hacen pasar en grande, y me río a carcajadas con todas sus piruetas y gracias, muchas de ellas derivadas de la problemática asunción del sonido y la voz como componentes esenciales en el espectáculo del cine. Me río y me emociono, se me saltan las lágrimas cuando Gene Kelly canta y baila bajo la lluvia, cuando él y Debbie Reynolds cantan en el escenario (con sus vientos y luces y decorado), cuando los tres deciden convertir en The Dancing Cavalier el anterior film no cantado.

Donen, para mí, es el director elegante y fiel, el que no engaña jamás ni entra en interioridades díscolas o disconformes. El tipo que se mantiene a un lado pero permanece atento, y se ríe y canturrea mientras los actores hacen su trabajo. Donen es el tipo que se deja de sermones, que no le interesa la trama más que para crear un clima de circo y diversión, que huye de los quehaceres filosóficos y rebuscados como si tuvieran una enfermedad contagiosa. Por eso, Donen y Cantando bajo la lluvia resultan cercanos, vitales y certeros, nada complacientes pero sí sagaces y tiernos.

Donen no coloca su cámara frente a un espejo o tras ventanucos oblicuos que nos obliguen a rastrear mensajes extraordinarios. Donen busca a sus personajes, que no cesan de moverse y de embarcarse en nuevos retos y aventuras (en esto casi parecen walshianos, pero son menos temibles y anhelan una mayor estabilidad). Mas no lo hacen por ser demasiado arriesgados, soberbios o inconscientes, sino porque desean encontrar respuestas a las preguntas que la vida les plantea, y lo hacen confiados pero humildes, intentando ser ellos mismos con o sin máscara, cumpliendo sus sueños y adaptándose a las circunstancias, a riesgo de quebrantar sus identidades, poco nítidas ni formadas. No son utópicos ni coléricos.

Yo confiaría en estos hombres y mujeres, confiaría siempre y con plena intensidad, y más en una noche como ésta, viernes 26 de octubre de 2001, en que me veo una vez más en la disyuntiva de optar entre el reconocimiento cabal de mis limitaciones (falta de concreción) y la plena conciencia de mi incierta comprensión de las acciones y palabras que efectúan los demás mortales.

Y, como he visto Cantando bajo la lluvia, y estoy emocionado y despierto, me decantaré por ambas opciones, para así aspirar a estar contento mañana, y dispuesto a cantar bajo la lluvia o a mirar a los ojos y decir, por qué no, “te quiero”, o quizá: “por qué no me ayudas” o “ya ves, así están las cosas” (qué iluso). No será mañana ese mañana, lo sé, pero será (qué iluso). Y estaré allí y yo seré el protagonista de mi historia. Qué perfección si Donen me rodara, me dirigiera (“Dirígeme”, yo le diría, como se dice en Coproducción, la entretenida novela de Carlos Aguilar). Porque la cosa acabaría bien, estaríamos ilusionados y felices, y el beso daría paso a la poesía y luego al placer de lo real. Qué maravilla, claro.