SICA Vittorio de (1902-1974)

Umberto D. (Umberto D.) (1952: 8.0)

“La realidad del humanismo, creo...”

 2 de noviembre, tras el día de los difuntos, y decido echar mano de mi extensa videoteca para ver mi tercera, creo, película de Vitorio de Sica, con guión de su amigo Zavattini. El ladrón de bicicletas y Milagro en Milán me parecieron, dentro de una tónica similar, radicalmente opuestas, pues la primera esboza el neorrealismo y se parapeta en sus interioridades, humanidad y miserias para no salir de ahí, mientras que en Milagro en Milán (la que prefiero) se da vía de escape a las angustias por medio del milagro o la ciencia ficción. Además, posee un humor (que retoma, con menos acierto y mayor aparatosidad, años después, José Luis Cuerda en Amanece, que no es poco) tan absurdo como abrumador en su realismo.

Umberto D, en este sentido, se inscribe en la tradición de El ladrón de bicicletas (y de El limpiabotas), aunque aspirando menos a una culpabilidad social y a un tratado de pobrezas y desgracias y más a un cuadro documental de las limitaciones y prudencias humanas. El hombre es débil, para De Sica, y las circunstancias no son las mejores, desde luego, para los más desfavorecidos (el ingrediente económico está siempre presente). Por ello, o bien existe una solidaridad o, más bien, una comprensión del otro, o el ser humano estará solo. Hay algo de existencial en De Sica y en Umberto D, ese elemento del hombre arrojado al mundo, en su desgracia y aspaviento, que luego no encuentra el tono o la manera para despojarse de ese mundo que aborrece (o que le entristece), ya que en último término existe un cordón umbilical que lo une a alguien o a algo, aunque sea poca cosa. En este film, la existencia de un perro cariñoso y fiel es el vínculo entre el protagonista y sus pocas ganas de vivir, no está solo.

De Sica no es Rossellini. No lo es porque el mimo en el encuadre del segundo y su perfección y mirada más frontal se torna en el primero en una mayor dejadez (con multitud de planos, a veces desenfocados o que parecen sin rumbo), un elevado interés en el marchamo de su historia y una mirada más fraternal, más cristiana y más directa. Umberto D es más rosselliniana que El ladrón de bicicletas, pues la atención en la desgracia del personaje principal está cargada de una mayor dignidad y realismo. Realismo, porque De Sica no tensa la cuerda de la fatalidad, y Umberto no es un angelito ni un tonto ni un completo ingenuo, sino un hombre desgraciado, con graves problemas para subsistir, que se encuentra muy solo y que encuentra en su orgullo el único modo posible para continuar viviendo y para seguir siendo un hombre y no un mero escollo (un mendigo) para el regocijo o la generosidad de los viandantes. Umberto es incluso huraño, y un gran individualista, como todos los demás secundarios que aparecen (excepto la guapa criadita). De Sica quizá alcanza aquí su máxima expresión, pues el elemento más social deja sitio para observar las debilidades y omisiones y puntos flacos de todas las personas. La clave documental y la inclusión de escenas que no hacen avanzar la historia sino que son estampas vivas de luchas, tristezas y breves alegrías (realidades) no hacen sino acrecentar el interés de esta película y su sentido más universal que exclusivista.

Mi pequeño conflicto con De Sica es que no llega a emocionarme profundamente, pues una ya aludida indecisión, o falta de firmeza y rigor, con los elementos que maneja (guión, música, encuadres, movimientos) me imposibilita llegar del todo al núcleo del film. Planificación oblicua, de espaldas a los personajes (y picados y planos que parecen soviéticos), o con Umberto en una esquina del encuadre, cortes de imagen repentinos, énfasis de cámara para mostrarnos al perro (razón por la que Umberto no se suicida), para acercarnos el pavimento (al que Umberto casi se arroja), para dejarnos ver las reacciones de la criadita o de la dueña (cortando, así, la continuidad) son componentes que no me ayudan a integrarme del todo con Umberto D y con De Sica. Porque parece que, dentro de su neorrealismo y documental, está forzando un tanto las cosas, y no en un sentido de estilización sino de intromisión o desidia. Quizá esto le falte a De Sica para ser un Rossellini o un Renoir (palabras mayores), que dentro de su “captar el instante” o la vida no olvidaban que la realidad, en el cine, es “realidad cinematográfica” y exige una vibrante depuración. A la realidad de De Sica le falta, por así decirlo, un tono de masaje, que le otorgaría una mayor ligereza y libertad, más pasión y más ambigüedad a la imagen.

No obstante, no he de abundar en estas cuestiones, ya que son resbaladizas y no siempre es fácil explicar por qué algo “falla”, o que nos impide acceder al placer más elevado o a la caricia más enternecedora. En todo caso, le daré un 8 a esta película de 1952 (año glorioso para el cine, como todos los cincuenta, con los grandes a pleno rendimiento), un notable alto.

El señor Umberto D me recuerda a mi abuelo, que no pasó por tales estragos en su vejez, desde luego, pero que conservaba esa mirada orgullosa, individualista, a veces un punto paternalista o distante, incluso algo misógina y misántropa. Pero extremadamente respetuosa y noble, de persona que no engaña ni se aprovecha, de ser que emana buenas vibraciones pese a las dificultades que le sobrevengan, de persona de honor que no se arrastra por los suelos y evita, ante todo, molestar al prójimo. Mi abuelo, que murió hace un año y medio, que siempre anduvo recto, que nunca hablaba en las comidas, que jamás se quejaba, también habría vuelto del revés su mano para disimular (como hace Umberto cuando tiene tentaciones de mendigar, y sólo cuando se ve asediado por un hombre, que le va a dar unas monedas, se arrepiente), pues el hambre no lleva al hombre a ser mendigo o pícaro, no necesariamente.

La soledad, la verdadera amistad. El humanismo, sí. ¿Es extraño, no, hablar a estas alturas de humanismo? Pues no parece mala idea, y quizá merezca la pena, y películas como ésta a uno le hacen pensar que a lo mejor el cine sí podría ser útil (no tanto necesario), y películas como Umberto D podrían pasarse en las escuelas, institutos y (sobre todo) en las universidades. Pues ya que todos somos humanos, qué mejor que destacar lo que tenemos en común, la humanidad, con sus infinitos defectos y sus vagas virtudes, y vernos en el espejo, o ver cómo podríamos ser o hemos sido o seremos. Y luego pensar, escribir, leer, escuchar, debatir, discutir. Y sacaremos algo en limpio. Creo.