ARANDA Vicente (1926-_)

Juana la Loca (Juana la Loca) (2001: 6.5)

“La mirada del uno”

 Había leído un artículo de Rosa Montero, “Ni loca ni hermoso”, antes de ver la película de Vicente Aranda (director que no me ha entusiasmado hasta la fecha), y lo cierto es que la película parece seguir, en buena medida, las páginas de Montero, destacando, más que la supuesta locura de Juana (o más bien, desmintiéndola), su pasión (amor y obsesión) por su marido Felipe, su libertad, felicidad y gozo individual. La película se adereza con una destacada ambientación y un primor en los trajes y escenas de corte (se asegura un puñado de premios Goya), y trata los numerosos raptos pasionales de Juana, engañada de continuo por Felipe, ultrajada por la desconfianza de sus padres y herida en su amor propio de mujer leal y enamorada. Aranda, que se recrea en el perfil más emotivo e indómito de Juana, consigue transmitir el sufrimiento y frustración de la heredera al trono de España (pero España entonces no era España...), y lo hace de un modo didáctico.

Es ésta una película, pese a cierta torridez, para todos los públicos, por el motivo que acabo de mencionar: el didactismo de Aranda. No me refiero al seguimiento de pautas históricas (ignoro, realmente, hasta qué punto lo que se relata fue “cierto”, no importa) o a un afán moralizante (no tan lejano, no obstante). Hablo de un sentido funcional, inteligente y comercial del cine, de contar una historia centrándose en los aspectos más interesantes para el director (la pasión, el sexo, la rabia de Juana), dejando muy claro qué es lo se está contando y para qué. Por ejemplo, desde el principio del film (antes de lo recomendado cinematográfica y, creo, históricamente hablando) se destaca la locura de la hija de los Reyes Católicos, y para ello se pone varias veces la palabra “locura” en boca de Felipe y de algún cortesano. No se nos deja deducir o sospechar, a nosotros, a los espectadores.

Los diálogos, de esta forma, son cómplices de la trama y de su pedagogía, explicando al público lo que pudiera no haber quedado suficientemente cristalino. A veces parece que algunos de los personajes no se hablan entre ellos, sino que hablan a la cámara. El momento de tristeza y rabia infinita de Juana, que se ve incapaz de desterrar sus celos, por culpa de las mujeres que rodean a su mujeriego esposo, y que se ve de pronto huérfana de madre, cuando sale al claustro a elevar una plegaria o un éxtasis a voz en grito: “¡Mi marido me engaña!, ¡mi madre ha muerto!” es, pese a lo emotivo en un primer balance, excesivo y redundante. Por su didactismo: Aranda quiere que no tengamos dudas de que esta mujer tan machacada por los celos fundados y por su afán de amar y ser amada siente “tanto” o más los engaños de Felipe que la muerte de Isabel la Católica. Así hay más ejemplos, que no es que me parezcan desastrosos ni demagógicos, sino simplemente sobrantes o “anti-cinematográficos”. En esto, Juana la loca bordea el peligroso distintivo de “adaptación” de calidad “con fines específicos”.

Y lo bordea pero no llegar a caer en ese pozo, propiamente, porque la película no se basa en una novela, cuento o drama, y porque no es plomiza ni resultona ni solemne, a pesar de que a veces roza estos precipicios. Sin embargo, sí tiene lastres, en mi opinión, que comparte con otras películas de corte histórico, como son las concesiones al espectador y el exceso de dependencia de un guión bien construido.

Las concesiones están relacionadas con lo que he llamado didactismo, y también, creo, con ese “toque Aranda” que no llega a ser en otras películas que he visto (Tiempo de silencio, El Lute, Libertarias, etc.) un verdadero anagrama de estilo o personalidad, sino más bien una reincidencia en exagerar un tanto el contenido “a la tremenda” o hacer hincapié en la liberalidad o sensualismo de algunas de las “chicas Aranda” (Victoria Abril, por ejemplo). Ese toque Aranda aparece en Juana la Loca, más atemperado y suavizado, en las demasiadas (ya nos hemos dado cuenta) muestras del impulso sexual de Juana, con un elemento un tanto irreal en ocasiones (buena parte del público, a la cuarta apertura de piernas de la chica, se reía cuando no debería reírse). También, en la elección del actor que encarna a Felipe el Hermoso, el hermoso (desmintiendo a Rosa Montero) y culturista Daniele Liotti, cuyo excesivo pose de “tío macizo” resulta desproporcionado teniendo en cuenta el carácter y época histórica del film.

Lo del exceso de dependencia del guión es lo que la coloca cerca de otras películas literarias, más interesadas en las conversaciones que en los rostros, en la funcionalidad que en la manga ancha, en ciertos parlamentos bonitos que en la caída libre. A este respecto, he imaginado qué habría podido hacer Pasolini con este material, o más bien con esta historia: la habría herido de vida con su poesía inmóvil, sus planos largos misteriosos, su ritmo arrítmico e hipnótico. Sería, en fin, la diferencia entre un autor con mayúsculas y un realizador de una película aceptable o buena. El primer plano de El evangelio según San Mateo podría transfigurarse, en Juana la Loca, en uno similar, frontal y de cuerpo entero, de Juana embarazada con el ardor guerrero reflejado en su bello rostro.

He dicho bello rostro: el de Pilar López de Ayala, fabulosa Juana en un papel que le dará, seguro (lo digo hoy, 14 de noviembre de 2001, un día después de ver la película), el Goya a la mejor actriz. Esta mujer, surgida de los retretes (es mi opinión) de la televisión, de esa serie fofa, evasiva y pija llamada Al salir de clase (sin estilo ni discreción ni grandeza: sólo camisetas de marca y problemillas generacionales de los chicos guays), se muestra como una actriz de envergadura, que sólo resulta “demasiado actriz” cuando, creo, Aranda la fuerza para que la audiencia conozca los designios, temores y dolor que ella vive (de nuevo, el didactismo, las concesiones). Habrá que verla más adelante, pero su cara es capaz de transmitir el torbellino, la sensatez y, sí, la locura con pocos segundos de diferencia; y es muy guapa, de una belleza asentada, salvaje y sencilla.

Mi momento favorito de esta aconsejable y aseada Juana la Loca de Vicente Aranda pertenece al inicio de la película, cuando Isabel despide a su hija y le habla de los deberes, de sus deberes como “hija de”. Cómo, siendo quien es, no será libre “del todo” para elegir, pues sus labores de grandeza la reclaman y la limitan. Esa suave y sutil conversación sobre el amor que surge y el alquilado, con una sobria Isabel la Católica y una nada dócil pero precavida y respetuosa Juana, es un pequeño universo que no dispone de sabia continuidad en el resto del film. Es, además, una indicada advertencia sobre el papel de segundona que la mujer, pese a su mayor o menor rol histórico y social, ha sufrido siempre, en la riqueza y la pobreza, la salud y la enfermedad. La dependencia del hombre (más aún que del poder o la responsabilidad) es transmitida por Aranda con toda entereza y sin apoyos externos que la corroboren.

Es una escena que tiene mucho que ver, vaya lo que se me ocurre, con la historia de España, y no sólo la antigua sino la más reciente. Las dos mujeres despidiéndose sin grandes alardes ni renuncias, sabiendo que a veces poco se puede hacer porque las cartas están marcadas, y no por ellas, es un instante de felicidad cinematográfica, felicidad más adelante un poco aplastada por las legítimas ambiciones de Aranda: conseguir un éxito en taquilla (un millón y medio de espectadores, o así), una aceptable recepción crítica (críticos que siempre podrán centrarse en la Historia, en las prestaciones de los actores y actrices, en los decorados, etc.), una nominación, a quién le amarga un dulce, a los Oscars (Gubern ha escrito que no será así porque Juana es demasiado libertina para la mentalidad hollywoodiense, casi una ninfómana para su época o para la nuestra), y un seguro puñado de premios Goya para el 2001. Está en su derecho, y en este caso no me parece mal teniendo en cuenta que la película tiene su gancho, consigue transmitir lo que buscaba y nada chirría demasiado. Casi un 7, y mejor que Aranda se olvide de “miradas del otro” y de “libertarias”. En el terreno de la calidad, quizá más despersonalizada aparentemente pero con mayor relajación y esmero, mejor quedarse con Juana la Loca.