LUHRMANN Baz (1962-_)

Moulin Rouge! (Moulin Rouge) (2001: 2.0)

“El Hamor berdadero”

 Veo en Dirigido por que Moulin Rouge no recibe buenas calificaciones y debo reconocer que me alegro, e incluso que me alivio. Sí, éste es el verbo.

Siento alivio porque no estoy nada convencido de que la modernidad del cine cabalgue sobre los lomos de Baz Luhrmann en éste su debut (creo) tras la cámara (es un decir: tras la cámara pudo estar cualquiera: los efectos se añaden a posteriori). Ahora bien, también debo admitir que ante películas como Moulin Rouge me encuentro perdido y extasiado. Pero extasiado no en el “buen” sentido, pues es un éxtasis producto de la fatiga, del entumecimiento y de una carga que molesta y que es difícil de transportar y de digerir. Digerir: no es cine para digerir, claro, sino para indigestar o, como mucho, para cegar con su sabor impactante que desaparece al segundo. Por tanto, no niego mis limitaciones ante un objeto fílmico (éste sí) como Moulin Rouge, tan “repleto de” y “tan falto de” tantas cosas (¿sintagmas fílmicos, significantes...?).

Tras los cinco primeros minutos pensé que estaba viendo el último anuncio navideño de Freixenet, en su nueva campaña captadora de clientes. Al final se ha confirmado: es un anuncio de Freixenet de casi dos horas de duración. Se ha confirmado: la gente que vemos Moulin Rouge no somos aficionados al cine sino “clientes”: se nos trata como a tales. Tres minutos se puede aguantar de cualquier mostrencada o salto mortal, vale, pero 110 minutos se hacen un pelín pesados, como mínimo.

Tenía un vago aire de cuento de hadas o de Navidad (de Tim Burton, por ejemplo, y también, por qué no, me recordaba un tanto a Jeunet, tan reciente), pero percibí muy rápidamente un aire viciado que me vencía: las imágenes circulaban a mil por segundo, no me dejaban tiempo ni para ver ni para distraerme, despistarme. Y qué curioso: me despistaba igualmente, y creo que la razón estriba justo en esa necesidad del realizador de no aguantar un plano una milésima de segundo, con un afán de emular o de tomar prestada la metodología del vídeo-clip de Madonna o Prince. Un afán por perpetuar en pantalla la tópica tonalidad refrescante y a la vez rebelde digna de un anuncio de bebidas o colonias, que no permiten respirar al ansiado consumidor (clientes y consumidores: eso somos para Luhrmann), que no le dejan acercarse al mando a distancia para consolarse con el zapping. Pues bien, yo habría hecho zapping, de poder; o más bien, habría apagado el aparato. Era tal el marasmo de imágenes y movimientos de cámara, de musical desorbitado que daba vueltas y más vueltas, que difícilmente podía mantener mis ojos, con tranquilidad y sin velos, en la pantalla (bueno, estaba en la fila 4, que tampoco ayuda).

Supongo que ante este caudal de información, o más bien de sugerencia o torbellino alucinatorio, unos espectadores se unirán al coro fantasioso y otros se sentirán repelidos por tal tropel enfermizo de fotogramas intercambiables. Soy de los segundos. Sinceramente, me daba igual apartar mi mirada unos segundos y volver a mirar después: no me perdía gran cosa, estoy seguro. O más bien, me perdía lo mismo que ganaba al mirar de nuevo, no sé si me explico.

Sin duda, esta película está gustando más al público que a la crítica (lo cual no es necesariamente desacertado ni provechoso). El gran público ve más la televisión que películas en el cine, y la televisión tiene abundante publicidad, y la publicidad (y las teleseries) tiene más que ver con Moulin Rouge que el cine. Tiene más que ver con esas ansias de velocidad y novedades constantes de una sociedad, lo diré, seducida por el capitalismo más obsceno y apabullante, postrada ante las luces de neón virtuales y el e-mail de sobremesa, reducida al caudillismo de la moda de cada día, de los mitos de cada semana. Una sociedad donde las bazas del Amor al Consumo y el Consumo del Amor son pieza fundamental y coartada de mil tropelías bañadas en aureola democrática y liberadora: siete de cada diez votamos cada cuatro años, puedo opinar de lo que quiera porque “es mi opinión”, “mi trabajo es lo más importante” (sobre todo, cuando no trabajo), no sirvo para nada y por eso sirvo para todo, etc. Lemas de la sociedad de Internet (que pocas veces se usa verticalmente sino sólo horizontal, no para profundizar o interesarse sino para dispersarse y tener “contactos”). La sociedad del Amarillismo. La Sociedad de la Nadería (el grandioso fútbol tiene su propia cohorte de aprendices y cotillas interesados en las juergas de los jugadores y el corte de pelo de Beckham, incapaces de distinguir entre Guardiola y Helguera). La Sociedad de la Inercia galopante y del Individualismo no entendido (un individualista extremo jamás caería en la tentación del ridículo para sí mismo o la crueldad para los demás).

La Sociedad, sí, que somos todos, por supuesto, pero unos más que otros, claro: las Multinacionales, que controlan el cotarro a través de los Medios y la Publicidad y llegan así a los corazones descorazonados de tanta gente; la Prensa de hoy, penosa y postrada en su gran mayoría; los intelectuales oficiales, sentenciosos, solemnes, revanchistas y dominadores del lugar común (oí en un informativo: Juan Goytisolo acaba de presentar un libro en el que ha demostrado, con gran valentía y hondura, que los grandes perdedores en los conflictos internacionales no son, como yo pensaba, los Cantores de Híspalis ni la Dama de Elche, nada más lejos de la realidad, sino... ¡las víctimas civiles! ¡Qué grande es ser grande!); y tantos y tantos palurdos, desaprensivos y otros sólo pobres ignorantes ricos que se han convencido de que la Fama se consigue de cualquier forma, pero eso sí: “siendo legales”, o “tíos de puta madre”.

Baz Lurhmann quiere impresionar a la audiencia y sin duda es un dechado de virtudes estetizantes. Para Lurhmann el montaje lo es todo y eso es su película: un fabuloso montaje pirotécnico alrededor del Moulin Rouge (qué más da el Moulin Rouge que los cabarets de Chicago o el fantasma de la ópera) y una astuta apuesta por el Amor, palabra que se repite no menos de cien veces durante la película. Astutamente (de nuevo), Lurhmann y sus asesores juegan la baza fácil, y ponen al discreto Ewan McGregor como escritor supuestamente bohemio que busca el Amor Verdadero (éste, sí, buscado con humor, aventura y sentimiento en la maravillosa La princesa prometida, del desatendido Rob Reiner).

Éste es el argumento, y éste es también el montaje, pues para tema tan universal y duradero se crea a su alrededor un compendio de bacanales coloristas y musicales que exceden, con mucho, mi capacidad de asombro y mis arrebatos de admiración. ¿Cómo voy a admirarme si no he podido contemplar nada por más de tres segundos? ¿Estaba ese Algo antes ahí, mientras miraba la pantalla? No he tenido tiempo de sorprenderme.

Como digo, lo del escritor bohemio, lo del Amor, lo del “malo malísimo” y tonto y feo, y lo del personaje de Nicole Kidman (que se contorsiona y realiza más muecas que nunca) son apuestas de director mucho más convencionales de lo que el terciopelo estelar anuncia. Son anzuelos para engatusar nada respetables; para mí, innobles y oportunistas (oportunista es todo aquello que va a favor de obra: sinónimo de conservador en su sentido artístico; tal y como se maneja la palabra hoy, supongo que será sinónimo de progresista, basta con dar la vuelta al sentido común para dar, pum, con la realidad).

¿Cómo puede ser el Amor tan importante, según se dice y se repite y se clama en la película, según repite el pesado personaje de McGregor y según se convence finalmente el de la cortesana Kidman? ¿Cómo puede serlo si “no hay” amor en la película? Y si lo hay, ¿dónde está? Yo no lo he sentido, no lo he olido ni tocado; no lo he percibido. Las escenas (es un decir), o son exageradas o aviesas, o tan gestuales y juguetonas que me hacen imposible el ejercicio de la adivinanza. Pienso, por ejemplo, en una película de la que he hablado, esa para mí humilde maravilla llamada Minnie and Moskowitz de un Autor llamado Cassavetes. Ahí sí siento la presencia del amor, y no sólo porque la película tenga el amor como tema o referente o motor. Lo siento porque está en la puesta en escena, en la emotiva historia, en los cortes de imagen y en las caricias que Cassavetes proclama sobre su Gena Rowlands. ¿Pero qué es amor en Moulin Rouge o para Luhrmann? Honestamente, no lo sé; si ha pasado, ha sido tan veloz que no me he dado cuenta.

Pues si he de emocionarme o si mis lágrimas han de brotar ante la declaración “cliché” ñoña y desangelada del escritor McGregor por la cortesana Kidman... entonces dejaré de ser yo como persona y me convertiré en nadie. Si no me creo un ápice de lo que veo y oigo, entonces ¿por qué habría de emocionarme? Para ello, necesitaría ver personas y no “moving” títeres, me gustaría disfrutar de una planificación un poco más natural (en la estirpe, sólo exijo la estirpe, de Renoir) o una pizca más estilizada (a lo Welles, salvando infinitas distancias). Pero este torbellino espectacular y dominante me imposibilita imaginar o percibir nada que no sea artificio o, como rezaba algún personaje vulgar y fascinante de Luis Landero, “tontuna”.

No soy tonto, sé que en el cine, como arte, se juega con el artificio, pero soy también consciente de la astuta gama de señuelos de impacto empleada, con el Amor como coartada y el Amor finalmente imposible, para más inri. Y son demasiadas distancias delante de mí como para sentir algo por unos personajes que no son personas y que no me pueden importar más que lo que me importa una mosca que revoletea a mi alrededor, importunándome. Sí, cualquier película es mejor que una mosca, más estética y locuaz y bella, pero igual de molesta y de inútil. Por otro lado, a una mosca se la revienta de un manotazo...

En el fondo, Moulin Rouge no está lejos de la alevosa caricatura que es Shakespeare enamorado, sólo que se apuesta por una “forma” más ambiciosa y menos convencional que roza el disparate y, en mi opinión, el ridículo, pero que sale indemne para muchos espectadores. Espectadores que, lo sé por sus caras, sé que se han divertido y hasta llorado; espectadores que no dudarían entre este musical y Cantando bajo la lluvia para decantarse por el de Lurhmann, “porque es de ahora”.

(También de Ahora y, breve matiz, de Siempre es el pobre Víctor Erice, a quien le deniegan un puñado de meses y de millones en un país como el nuestro en el que a) andamos muy parcos de Genios, y si hay un genio del cine en nuestro país, ese quizá sea Erice, y b) presumimos del “buen momento del cine español”, cuando vivimos uno traumático y desquiciante, no más digno que Ozores y compañía, pese al espejismo a mediados de los noventa. Esto es así)

Ahora bien, y en otro orden de cosas, sin duda se trata de una película muy en una línea de ahora, tocando fibras sensibles mediante una anestesia total que funde el negocio, el hedonismo “chorra” y el kitsch en un cóctel de indudable mérito que enarbola la bandera de la libertad, el amor y la ñoñería. Y a la vez, se disfraza con trapos de película con intenciones de abarcar a cierta crítica poco resuelta a escoger entre el cine que siempre perdurará (de ahora o de antes) y el que nace muerto (por demasiado intenso o tramposo) y se olvida al día siguiente.

Mañana Moulin Rouge será para mí poco más que un funeral de luces y movimiento, nada habrá de quedarme en la memoria, y ya es triste tras casi dos horas de linchamiento. Pero, como empecé esta crónica, repito: admito mis limitaciones, así que no osaré poner en duda los hallazgos, avances cinematográficos o méritos de esta cinta, si es que alguien me los explica y llego a entenderlos. Porque, siendo sinceros, incluso con hallazgos (que pudieran relacionarse con la hábil mezcolanza de circo, “love story”, vídeo musical, movimiento perpetuo, canciones famosas y toques tópicamente humorísticos), este film tiene algo de irritante y vacuo. Por eso, hoy 18 de noviembre de 2001 envío al limbo de mis intereses este Moulin Rouge tan zaherido por las inclemencias de la representación, que es representación de representación (de ahí la distancia, de ahí que la historia de amor no pueda llegarme jamás, pues es reflejo de una sombra de un reflejo de una historia de amor). Le doy un 2: nota muy alta para este film pero que por respeto a mis antedichas limitaciones no es de 1 o 0.

A ver si acierto pronto, pues atravieso una breve mala racha. Aunque me lo estoy buscando, lo sé, pues no quiero cerrarme puertas que pudieran abrirme mundos fabulosos y emocionantes. No es el caso, o más bien es el opuesto, de Moulin Rouge, que ni me abre un mundo ni me lo puede cerrar (aunque esa es su sugerencia con los planos de entrada y salida del huracán fallero y hollywoodiense). Es toda ella un homenaje al borraquismo injustificado, digno de un tipo que quiere ser genio “hacia fuera”, que es justo lo contrario de ser genio. Como mucho, bufón, pero eso sí, con vitola (pos)moderna y barroca. Y, que nadie lo olvide, con visión de la jugada.

Si lo prefieren, olvídense de lo interior, me explicaré de manera más tajante y humilde: no es mi cine, mi dulce cine.