GUERÍN José Luis (1960-_)

En construcción (En construcción) (2001: 9.5)

“Ahora tú”

 Mucho no voy a escribir sobre esta deslumbrante obra del, para mí, desconocido, José Luis Guerín, del que no he visto sus previas películas Los motivos de Berta, Innisfree y Tren de sombras. En construcción entraría dentro de un cine que se debería llamar “realismo sorprendente”, porque si bien su material es la realidad misma sin mayores edulcoraciones ni manipulaciones, es indudable que esa realidad es observada y creada por una cámara, un ojo, que necesita deslumbrarse con momentos de belleza, de significado, de sorpresa. Esa cámara no rebusca, que es lo que se hace con medias tintas o aviesas intenciones, sino que se limita a mirar y no, por tanto, a rebuscar en los confines del sinsentido (nada que ver con el Dogma, pues estos escandinavos rebuscan basándose, claro, en un dogma regulatorio sobre lo que hay y no hay que hacer; estos dogmáticos que, pese a ofrecer filmes interesantes en su indagación por los intríngulis humanos, me resultan excesivamente inquisitorios y presuntuosos, porque aspiran a convencernos con tesis ambiciosas).

En estos menesteres Guerín no esta lejos de Kiarostami, aunque éste es más juguetón, pudoroso y sombrío y tiene un sentido minimalista de repeticiones (el ser humano en continua rutina y descubrimiento: la rutina como descubrimiento) y su base temática es más una anécdota concreta (y metafísica) que un devenir sosegado de la vida. Está Guerín, quizá, más próximo a Erice, al Erice de El sol del membrillo, pero es menos cerebral, más entusiasta y cercano a sus personas (personajes), más en una línea social enmarcable en un momento y lugar específicos. En este sentido, un marxista, supongo, podría afirmar que a En construcción le falta poder emancipatorio, o que no pone en duda los conflictos de clase, etc. Sin embargo, pienso todo lo contrario. Lo que pasa es que En construcción no nos ofrece las claves masticadas (es decir, manipuladas mediante una puesta en escena impertinente o un montaje de choque o similar). Somos nosotros, como predicaba el gran Bazin, quienes de dentro de esa realidad debemos, si nos apetece, extraer su significado, o imaginar o deducir qué hay detrás, qué motivaciones se esconden o qué hay de verdad y mentira en las palabras de las personas que intervienen. Personas que, cómo expresarme, son todos excelentes actores porque hacen de sí mismos y no se esfuerzan en ser nada. No utilizo ejemplos desconocidos: lo mismo hacían John Wayne, Cary Grant o (extráñense si quieren, pero así lo pienso) nuestra Bollaín.

(También he pensado en Tavernier, por su mirada frontal al mundo que nos rodea, y su intento por, observando y escuchando, entender y clarificar el porqué de las cosas; pero Tavernier siempre se transforma en un héroe o anti-héroe que se enfrenta al poder, toma partido, es más literario: ver, por ejemplo, su fabulosa Hoy empieza todo)

El inmueble en el que se intercalan las curiosas y risueñas existencias (pero tristes a su manera, pues nos muestran precisamente la realidad de algunas vidas) de la prostituta, el vagabundo vividor, el novio de la prostituta, los trabajadores de la obra y demás gentes constituye un maravilloso exponente de lo que significa sacarle partido a cualquier lugar y en cualquier momento. Hay un requisito: esperar, rodar muchos metros, montar luego tomando lo que interesa, esa belleza o ese sutil desgarro, esa ironía sabia que destilan los comentarios y situaciones que, con gran sencillez, pero a años luz de la simpleza, nos relata José Luis Guerín. Da gusto observar esos rostros, por lo general no muy bien tratados por la vida, en un barrio pobre de Barcelona, el Chino, que no ofrece demasiadas oportunidades a sus moradores. El retrato de las vicisitudes de estos hombres y mujeres que “actúan”, dentro de sus posibilidades, gracias a los incentivos de su director, demuestra cómo se puede tirar del hilo de un comentario irrelevante en apariencia, cómo se puede aprovechar la realidad “de fuera” para crear otra dentro, puramente cinematográfica: basada en un montaje suave y nunca cargante, que jamás desafía los límites de la paciencia, en un film excelentemente “cortado” y dividido, sin concesiones a la lagrimita ni a la risotada, como en un vaivén ferroviario en el que uno se acostumbra a los absurdos y verdades de cada día sin impaciencia ni grandes espasmos, menos aún con indiferencia.

Una obra para aprender a mirar a nuestros semejantes y para entender que escuchar puede sacarnos de las dudas y conflictos que nos desordenan. No necesitamos acudir a un psicoanalista ni resguardarnos en las amistades peligrosas, esos amigos “de tomo y lomo” que abusan de la amistad para convertirla en un “gran hermano” imitativo de la vida. Y escuchando y mirando, y guareciéndonos, sin pestañear pero sin dormirnos, en esa senda contagiosa y vigorosa que Guerín nos tiende, con amabilidad pero sin obligarnos a seguirle, nos encontramos con un mundo propio que es a la vez el nuestro, el del día a día, pero profundamente personal. Porque Guerín escoge lo que para él palpita en cada persona, lo que las define en su devenir, y las presenta sin rodeos, sin dilaciones, para que las comprendamos o nos riamos (es una películas muy graciosa, con “salidas de tono” y sentencias que entroncan con el surrealismo español y el disparate más buñueliano que berlanguiano) o incluso las juzguemos, ya que él no lo hace. Nos da libertad, y ese es el gran acierto (¿un 9,5 o un 10? “That’s the question”).

Una película libre de prejuicios, realista, sí, documental, sí, pero estilizada, con un recorrido final por una calle, con “la pareja” protagonista, deudora de Renoir, deudora de Godard y sus travellings morales. La chica está llevando al chico sobre su espalda; cuando se cansa, le pide a su novio que sea él quien la lleve, y así lo hace: “Ahora te toca a ti”. Guerín corta ahí su film. Primero tú, luego yo. No es solidaridad, es una mirada de esperanza para el futuro, un reconocimiento de lo que hay alrededor, si sólo azuzamos la vista. 23 de noviembre, Madrid, qué gozada mirar y ser mirado, escuchar y ser escuchado. Pues esta película, al permitirnos acceder a vidas privadas en sus relaciones habituales, te habla, me habla. Nos hará bien.