HAWKS Howard (1896-1977)

Red River (Río Rojo) (1948: 9.5)

“Sobre el western y el entusiasmo”

 Aunque escriba hoy, 11 de diciembre de 2001 (se cumplen tres meses del terrible desastre y miles de años de calamidades continuas; unas tienen más prensa que otras), vi Río Rojo, por segunda vez, hace cinco días. Por eso, porque no acostumbro a tardar más de un día en escribir sobre el trozo de cine que he visto, me resulta extraño teclear ahora y temo caer en tercas vaguedades. No obstante, quizá así gane en serenidad y consistencia, pero sólo quizá. Y para empezar de forma ligera, sencilla y tópica diré que Hawks es uno de los más grandes. Para empezar diré que Río Rojo es una de sus más grandes. Y por tanto concluiré que Red River es una de las más grandes del Cine, tan grande como un hermoso río de Ford, Rio Grande.

No me resisto, aunque suene reiterativo y cabezón: sólo en el cine norteamericano, en 1948, año de Red River, Mister Ford hizo Fort Apache, Mister Huston realizó la tenebrosa Cayo Largo, el perseguido Mister Polonsky optó por la terrible Force of Evil, un tipo inglés emigrado decidió hacer La soga (ah, era Mister Hitch), a otro emigrado alemán, Mister Lang, se le ocurrió que, por qué no, haría The Secret Beyond the Door, y el modernísimo Andre de Toth recurrió a Pitfall para salir de un olvido que casi llega hasta nuestros días. No digo más, ¿hace falta añadir algo o, como Michael J. Fox en la estupenda película de Zemeckis, vamos al pasado, para disfrutar de la oscuridad de las salas de aquel año? Sin que Franco levante la cabeza, claro.

Realizado dos años después de la alucinada y alucinante El sueño eterno, Red River es, cuando se ve, el mejor western de la historia. No digo que lo sea, y más bien ahora, si pienso sobre el western, se me ocurren algunos otros que prefiero: de Anthony Mann, de John Ford, de Sam Peckinpah, incluso el Sin perdón de Mister Eastwood. Pero Río Rojo tiene la propiedad de convencerme, mientras estoy imbuido por su potencia puramente hawksiana, de que es, en efecto, el film del oeste que mejor recoge una serie de constantes de este género: la colonización de tierras, la lucha fraticida por defenderlas, la rudeza y autoritarismo de algunos de los protagonistas, las peleas con los indios, la mujer bondadosa que espera, la mujer libre que resiste; la vida que se va aprendiendo golpe a golpe, disparo a disparo, fracaso tras fracaso, y que demuestra que el éxito, en un contexto tan duro y cruel, sólo es preludio del desastre o la frustración.

John Wayne hace una vez más de John Wayne, y uno tiene la impresión, mientras ve Red River, Río Bravo o Centauros del desierto, de que no ha habido nadie como Wayne. Porque John Wayne siempre ha hecho de él mismo, pero por eso ha sido insuperable, y si cambias a Wayne, en uno de sus papeles, por otro tipo duro, te das cuenta que ese otro ya no puede estar en esa película; pues si es un film de Wayne, esto es de cajón, no puede hacer de Wayne otro que no sea Wayne. No es un lío, es pura lógica, que diría Johan Cruyff. Pero no intenten aplicarla siempre y a cualquiera. ¿Por qué? Porque Wayne no es uno cualquiera, y por mucho que sus ideas fuera de pantalla (y algunas en pantalla, desde luego) fuesen más bien reaccionarias y sombrías, su rostro, sus andares, su mirada, su sombrero, su pistola... son todos elementos insustituibles en la historia del cine. Uno no se puede cargar a John Wayne así como así, con impunidad y sin brío: ni fuera ni dentro del encuadre. John Wayne es, en este sentido, el mejor actor de cine, con Bogart y Grant (y Cooper y Stewart). Son norteamericanos, sí, ¿debo pedir disculpas? Lo cierto es que es el cine que más he visto, y el cine más conocido en todos los lugares, y los actores y actrices que con mayor destreza realizan las acciones de cada día: caminar, besar, comer, trabajar, beber, fumar. Se pueden argumentar muchas cosas al respecto, de acuerdo, pero no lo haré ahora. Sólo diré que es innegable que estos actores tienen caras vibrantes, estremecedoras, bondadosas, tremendas, profundas, sufridas...

El Wayne de Río Rojo es padrastro, digamos, de Montgomery Clift, un actor tan desvalido, admirable y puro (entiéndanlo bien) que siento que me gustaría ser como él (algo imposible), porque acierta donde otros yerran y viceversa. No hablo del actor, si no más bien de sus personajes. ¿Lo adivinan? Clift también suele ser Clift, se borda a sí mismo. Por eso estos actores son tan buenos, y sus papeles tan complejos.

Wayne, Clift, además del amigo perenne Walter Brennan, de Joanne Dru, Harry Carey Jr. y John Ireland, entre otros, pues cómo decirlo, crean una de las tensiones y diversiones más eficaces, por un lado, y emocionantes, por otro, que recuerdo en el cine. Y la música, fabulosa música, es de D. Tiomkin, y el guión es del habitual Borden Chase. Y, claro, un conjunto así sólo puede salir afinado, porque, por si se olvidan, lo recordaré: el director de orquesta se llama Hawks. El nombre encima del título, “please”.

Río Rojo es, de esta forma, una de las películas más crueles de Hawks y del western, en la que Tom Dunson (Wayne), obsesivo y autoritario hombre creado a sí mismo, ve cómo tiene que transportar todo su ganado, conseguido tras largos años de trabajo y esfuerzos, a Kansas, para encontrar nuevos pastos, horizontes más lejanos. Por el camino, John Wayne se convierte en un gran dictador y, finalmente, su hijo adoptivo, Clift, se rebelará junto con sus hombres, para conducir el ganado ellos mismos a otro lugar, siguiendo los síntomas de un mayor sentido común y tolerancia. El desgarro sobrio de John Wayne se reblandecerá cuando conozca a Joanne Dru, que se ha enamorado de Clift, y al final Dunson le dirá a su hijastro Clift que se ha ganado su derecho a tener los animales marcados con su signo (y el de ella).

Y esto es el Oeste, y esto lo que, pese a que nos pueda desagradar Tom Dunson (pero nunca del todo, adivinamos un fondo de decencia en Wayne, sabemos que tiene sus razones, conocemos que su único pecado es la incapacidad para ponerse en el lugar del otro, somos conscientes de lo que es su vida y sus renuncias), hace grande al film y a Wayne, a Hawks y al western. Cómo las cosas hay que ganárselas y merecerlas (un componente de decencia indudable), al menos en una época en la que estos ideales estaban, dentro de otras crueldades e injusticias, a la orden del día. Y hoy produce sonrojo, malestar y ganas de hacer un disparate observar cómo tipos y tipas que hasta se definen idealistas son incapaces de una mínima dignidad, una mísera destreza o una pequeña dosis de esfuerzo individual o para el bien común.

(Las quejas y consignas estudiantiles y profesoriles contra la LOU (por torpe e injusta que sea, que lo es, esta ley de universidades), lejos de significar un paso adelante y una nueva confianza en el ser humano y sus acciones, no acrecienta sino la impresión de que el rebaño unido jamás será vencido, de que se protesta mientras no nos toquen nuestros garbanzos (bueno, más bien nuestro “tele-pizza”), de que olvidamos muy pronto nuestros defectos y labores brutales. Nos negamos a recordar (símbolo de miedo o falta de honestidad) cómo hemos llegado a nuestros lugares, y nos centramos en lo que “los demás”, o el “sistema” o la “sociedad” hacen para perjudicarnos a nosotros. En una universidad como la española, en la que la mayoría de departamentos viven en un estado de corrupción generalizada; en la que las plazas de profesores se las suelen disputar los amiguetes de los jefes; en la que la calidad de la enseñanza no existe casi como tal ni se ambiciona; en la que el pasotismo profesoril (hay excepciones, sí) es acusado; en la que un alto porcentaje del personal docente e indecente tiende a pasar sus horas entre calamares y vinos en la cafetería; en la que es imposible (no es retórica: es imposible, a no ser que uno se acueste con quien debe, o unte mantequilla al más apropiado) acceder a una plaza en una universidad “que no sea la tuya”; en la que la Tuna, dudosa y retrógrada institución, sigue campando por sus anchas; en la que el funcionariado de secretarías y conserjerías está formado (en su mayor parte, repito) por bufones, inútiles y vegetales; en la que a muchos becarios, además de darles un dinero ínfimo, se les explota con clases que nadie quiere dar y tareas impropias como cargar cajas o colocar estanterías; en la que el cociente intelectual no es más alto que en una pescadería o en una granja (con mis respetos para pescaderos y granjeros, pero ellos entienden); en la que los estudios literarios (desprecian a Harold Bloom por “intolerante”, “reaccionario”, “formalista”) se han sumido en el desconcierto más absoluto para alcanzar el grado perfecto de idiocia confundiendo la calidad (tan relativa, desde luego, pero por eso mismo discutible con argumentos, con armazón intelectual y cultural) con el respeto a las “culturas” nacionales y a lo políticamente correcto; en la que casi todo da igual a no ser que se toque ciertos temas irrelevantes (los departamentos parecen casas de “Gran hermano” o islas de “Supervivientes”); que organiza congresos literalmente cómicos y absurdos donde todos bostezan, cinco se enfadan, cuatro ligan y el resto se dedica a ponerse de lechazo hasta el cogote, y en los que a nadie le importa nada de lo que se diga (porque las llamadas ponencias son por definición insulsas, aburridas y estúpidas)... en una universidad así, digo, lo irrelevante es quién elige al rector, o cuántos representantes de alumnos hay, o si se hace reválida o no, o si se pierde o se gana autonomía (¿más autonomía? Terminarán trabajando en facultades familias enteras y sus colegas, amantes y primos). Lo Importante, por favor, son Otras Cosas, ¿no? Y además de con el dinero, estas cosas tienen que ver con otro talante, otra actitud, otra disposición, otra (sí, no se asusten) Dignidad Humana y Profesional. Rasgos que tienen más que ver con el Entusiasmo y la Vocación que con el feísmo costumbrista y ramplón. Más con la Profesionalidad que con la picaresca)

Casi no he hablado de Río Rojo (¿un 10?), pero me gustaría que la situación actual de la universidad se mirara por un instante, y dentro de lo que cabe, con una lupa que Hawks nunca utilizaría: la gente no se mira a la cara, y el que mira desprecia; los hombres ni son galanes ni son tímidos o valientes sino más bien rufianes, aprovechadillos y bobalicones; las mujeres no suelen ser ni bondadosas ni imprevisibles ni pasionales sino más bien “seudo-algo”, imitativas e histéricas; el “ritmo” no es ni pausado ni eficaz sino abochornante y digno de una feria y un “correveidile”; la emoción se convierte en cotilleo y “mala follá”; la grandeza es aquí equivalente al “colegueo” con los alumnos, al “pasa la bola y que no vuelva”, al “corre que te pillo”. En fin, la universidad española no es cosa de Hawks. No es un western ni clásico ni rompedor, sino más bien chapucero: digno de los “chorizo-westerns”. No es cosa de Hawks, claro, sino más bien, que sé yo, de cualquier incordión estadounidense con sus películas de “pim-pam-pum” o “maricón el último”, un American Pie en versión española de “veinte años después”. Cosa digna de Mariano Ozores y “vente a Alemania, Pepe”, se quiera o no admitir. Pero no, eso es lo malo: aquí en la “uni” muchos quieren pasar por Bergmans y Eisensteins (y los otros ni los conocen, porque “no son de mi campo”), y el hecho de que tal cosa “cuele” sólo muestra el nivel de cordura, imaginación e inteligencia que nos rodea. Aquel lema de “la imaginación al poder” se torna aquí en “el oportunismo al poder” o “la estulticia al poder”, etc.

En fin, que lo escrito, escrito está. Sobre el viento y bajo el sol. Pero no: en la universidad lo escrito se lo lleva una brisa hortera, avinagrada, gris, aburrida, paleta y maloliente, porque da igual lo que se escriba, da igual lo que se lea, da igual cómo sople el viento. La uni está dirigida y manejada por los hermanos Clanton: ¿recuerdan el OK Corral, la pasión de los fuertes, la hermosa Clementine?, ¿recuerdan al valiente y honrado revolucionario Wyatt Earp? Pues olvídenlo: ya no ganan los buenos. En los “duelos” universitarios a nadie se le ocurre contar diez pasos antes de volverse y disparar. Se dispara, como los cobardes y taimados, sin dar opciones al oponente. El Corral, ahora, es un nido de víboras. Qué asquito.