RODRÍGUEZ Raúl (1959-_)

Adiós, hasta luego: el cementerio viejo (Adiós, hasta luego: el cementerio viejo) (1996: 9.0)

“Sólo diré hasta luego”

 La última imagen de Adiós, hasta luego es uno de mis planos favoritos; está ya incorporado, con otros de El río de Renoir, de Tabú de Murnau, de En construcción de Guerín, de Qué verde era mi valle de Ford, de Bande à part, de Godard (y otros cuantos, claro), a mi particular imaginería de bellezas del cine. Digo cine, pese a que la obra de Raúl Rodríguez esté rodada en vídeo, pero eso no es más que el formato: para mí eso es Cine, gran cine que trasciende y que choca contra convenciones mentales, gran cine que debiera ser obligatorio en las escuelas e institutos (no me olvido de la universidad: quien más necesita asistencia).

Raúl Rodríguez, que firma también como Raúl Lahera, nos está dando un curso de realización audiovisual, ¡aquí en León! Raúl Rodríguez, para alivio de los diez privilegiados que asistimos a sus (¿cómo llamarlas?) sesiones, reuniones, ¿clases?, opta por ser él mismo, por hablar de sí mismo (con un punto necesario de misterio y “boutades”), haciendo uso de oportunas citas que jamás son enrevesadas, burlonas o pretenciosas. No habla de metodologías, ni de marco teórico o contextual, ni de objetivos, ni de fines específicos. ¡Menos mal! Tampoco nos aburre, y esto ha sido una sorpresa, con tecnicismos abrumadores, ni le confiere al instrumento (la cámara, focos, etc.) más importancia de la que tiene. Porque tales herramientas son, eso: herramientas. No más. Es el individuo el que las “manipula”, o más bien las utiliza, para expresarse, para mostrar, para reflejarse y reflejar. Eso se ve en los trabajos de Raúl Rodríguez, en su publicidad y sus cortos, también en sus programas televisivos de “testimonio”.

Para este director, la persona es lo primero; pero no la persona aislada y flotando, sino el hombre o mujer emplazada en un tiempo y sobre todo en un espacio, la persona con ganas de ser escuchada y de contar. Con Raúl Rodríguez sale lo mejor de cada individuo. ¿Truco? Bueno, más bien Raúl espera a que suceda algo, y a veces ese algo es inesperado, genuino, maquiavélico. Pero no siempre. Y es que, aunque no se llegue al milagro, sí se avanza (nunca se obtiene del todo) hacia la verdad de las cosas y de las personas. En una unión digna y estética (pero la estética se apoya en la ética), el pasado es parte del presente, y el presente del futuro. Hay una búsqueda de Raúl tras lo que somos, y esta ontología del Ser sólo se encuentra en las raíces (en la tierra, en las casas, en los campos, en los caminos), sobre todo en las raíces rurales, de donde procedemos, por abuelos y abuelas, buena parte de los ciudadanos españoles. Hay en Raúl una evidente decepción por ciertas cosas del presente, esas cosas que tienen que ver con la ultramodernidad. Pero es una decepción optimista y justificada, nada quejumbrosa ni resentida.

Raúl Rodríguez no es un tipo colérico ni un maniático ni un nostálgico empedernido. Es más bien un tipo que desea encontrar un equilibrio (que no existe, hoy, en nuestra sociedad, en nuestro mundo, en Occidente) entre lo que hubo y se ha perdido y lo que nace cada día, que no tiene por qué ser necesariamente bueno o malo, pero que hay que examinar con perspectiva. Raúl es un intermediario, un tipo que escucha y que entiende, un señor que se parece a Garfunkel (el del dúo con Simon) y que con gorra achatada sobre su pelo me recuerda un tanto al actual lehendakari, Ibarretxe (con un rostro más amable que éste; y más noble). Es un señor despierto, crítico y transigente, de los que saluda a todo el mundo, de los que jamás cierra una puerta (y si lo hace, deja entreabierta una ventana). Un tipo que habla con palabras sencillas que a veces resultan solemnes, a los no iniciados en el arte de la palabra antigua y precisa, por su elegancia y cariño. Raúl Rodríguez, en fin, es un hombre que habla con admiración de lo que admira, sin mentir ni enfatizar, un hombre que se emociona con las emociones individuales, que busca volver a la naturaleza para reencontrarse con un cierto nivel de humanidad que grandes capas de la población está perdiendo, estamos perdiendo u olvidando.

Si titulo estas líneas Adiós, hasta luego es porque me parece su trabajo más representativo, resumen y punto de encuentro de otros como Los hombres, las mujeres y los niños. El último plano de Adiós, hasta luego es muy especial; nunca lo había visto, ni siquiera parecido, en ninguna película o programa. Vemos en plano general a una mujer (creo que se trata de la esposa o compañera de Raúl), sentada y ofreciéndonos su perfil sobre un prado verde, y esta mujer sostiene un libro. Como en un cuento de hadas, esta mujer lee. La historia o documento sobre el pueblo que está cambiando el emplazamiento de su cementerio termina de la manera más sorprendente posible: ella lee con claridad y en voz alta los nombres de los que han llevado a cabo este mediometraje (director, casting, etc.), y de inmediato añade el nombre de aquellos del pueblo que han muerto durante la gestación del proyecto audiovisual (y durante el traslado de huesos y polvo de un cementerio a otro). Se unen los vivos y los muertos, los “creadores” (siendo todos ellos, en realidad, creadores) con los “creados” (creados en tanto que personajes de una ficción: pues toda historia, más o menos verdadera, una vez filmada es ya ficción, y lo que sucede y ha sucedido no es recuperable ni representable de nuevo en esa misma manera ni circunstancias).

Y entonces ocurre el segundo milagro. Pasa alguien, un vecino, fuera de “campo”, caminando, y saluda a la mujer (la narradora), que es la voz que pone punto final y punto y seguido a la historia de este pueblo y sus gentes. No tengamos miedo a decirlo: se destaca la “artificiosidad” del documento, y eso no le resta, sino que en mi opinión le añade, validez al conjunto. Teniendo en cuenta a los muertos (cómo olvidarnos, cómo obviarlos), recordando de dónde venimos, luchando gracias a la memoria y las imágenes contra el Olvido... tampoco se puede, precisamente, renunciar a los Vivos, aquellos que ahí siguen, dentro y fuera de campo, y que saludan al pasar, mientras caminan hacia sus quehaceres. Y ese momento en que la narradora, que es una narradora “dentro de la historia” (un personaje), saluda a otra persona (otro personaje, que no vemos) es una invitación a ver, a mirar, a entender, a reconciliarnos. A distinguir entre realidad y ficción, pero al mismo tiempo a admitir sus equívocos, vínculos e interferencias. Es un instante estético maravilloso, un momento entre fordiano, por su respeto y emotividad, renoiriano, en su clasicismo y vitalidad, y godardiano, en su subversión y posmodernidad (el que narra se hace carne y habita entre nosotros, se pone en contacto con los “de fuera” de la narración, que al mismo tiempo están dentro).

(En una entrevista publicada en El País, Víctor Erice afirma: “El cine ha dejado de ser una arte popular”. Cómo no entender a lo que se refiere este minoritario director. Y creo que Raúl está en esa línea luchadora, lúcida y auténtica. Y leyendo su guión El valle, hoy 14 de diciembre de 2001, uno se da cuenta de que él está en ese proyecto por entero, sin trampa ni cartón, y si las imágenes se acercan a lo que apuntan las páginas de su guión, será sin duda una película que no se olvidará fácilmente; y que, en su ideología, actitud y tono, será popular tanto si la ven mil como un millón de personas)

Me acabo de dar cuenta de que este libro, si es que esto es un libro, está acabado. No significa que no seguiré escribiendo, de cine u otras cosas. Sólo quiero decir lo que he dicho: que este libro finaliza aquí. Adiós y hasta luego.