KUROSAWA Akira (1910-1998)

Hakuchi (El idiota) (1951: 7.0)

Dostoievski en imágenes: pero El idiota cinematográfico es obra y firma de Akira Kurosawa. Las adaptaciones literarias de los grandes maestros del cinematográfico se convierten, ante todo, en cine, pese a que (por razones para mí incomprensibles) a tantos aficionados les divierta opinar que el libro es siempre mejor que la película.

¿Por qué esa clásica identificación del individuo idiota como alguien esencialmente bueno: generoso, altruista, empático, puro, sin malos humos? A mí tal comparación me sigue asustando. Sobre todo, siendo español: aquí el idiota, uno supone, será aquel que no se corrompa, que no compre favores, que se resista a la tentación del clientelismo y los amasijos de riqueza. Cómo no recordar a “idiotas” de cine: Peter Sellers en Bienvenido Mr. Chance, Tom Hanks en Forrest Gump o, más recientemente, Pat Shortt en Garage. ¿Era idiota Antonio Resines en La buena estrella? ¿Y James Stewart en El invisible Harvey? ¿Y tantos personajes de Herzog, que caminan por la delgada línea entre la inocencia y lo salvaje?

Los idiotas contemporáneos, a mi modo de ver, son los que realizan y producen películas como Saw: brutalizantes, frívolas, homenajes a la tortura. ¿Queremos adolescentes idiotas? Prohibir la exhibición de Saw VI en pantallas españolas (leo en El Mundo, noviembre de 2009) es una de las mejores noticias de los últimos tiempos. Por mucho que haya gente que se “se la baje” de Internet o que la compre en DVD en unos meses, al menos no serán tantos y el peligro de contagio estará atenuado. Sin embargo, otros idiotas (nada generosos ni altruistas ni buenos, etc.), qué curioso, deciden recurrir al término de “censura”: al recibir en España la calificación X, la Disney (¡Walt Disney!) ha decidido no estrenarla. ¿Es censura no estrenar esta película en concreto y no otras decenas de obras de arte que siguen siendo invisibles a nuestros ojos? Ya, ya: no somos idiotas. Son “maneras de ver” las cosas, como diría John Berger (“ways of seeing”). ¿Por qué no se repone en cines, en su lugar, El idiota de Kurosawa? ¿No es censura que se me niegue la opción de ver a Kurosawa en pantalla grande? ¿Cómo que no hay “demanda”? Lo irrebatible es que no hay oferta.

El idiota, en todo caso, no es una película magnífica, pese a la fuerza y el dinamismo que le imprime a cada plano el maestro japonés. Hakuchi es la obra virtuosa de un virtuoso del séptimo arte, experto en el candente encadenamiento de fotogramas dramáticos: nunca ociosos, siempre enérgicos. En El idiota hay un esfuerzo por crear simetría, una orquestación de la trama que en muchos casos abraza el preciosismo coral, la parábola demasiado explícita.

Pasiones y nieve, blanco y negro misterioso, atosigante, ufano; siempre pasa “algo” en cada plano firmado por Kurosawa, a quien su resurrección americana de los ochenta le volvería más colorista, exuberante, blando y obvio (no menos brillante).

La simetría también comparte cancha fílmica con los niveles de representación: ahí donde La regla del juego (de perfiles más clásicos) y Rashomon (obra maestra como pocas) pueden emparentarse, allí donde William Wyler se ve las caras con Brecht. Curiosa alternancia de estilos y referencias, en Kurosawa. Se suceden los escenarios más puramente teatrales a otros de pesadilla, paranoia, casi un Dr Jekyll & Mr. Hyde pasado por Dostoievski, Ulmer y Kurosawa. Un hombre atrapado, o dos hombres atrapados: uno idiota y el otro no. Uno bueno y el otro menos. Todo ello a través de una impresionante fotografía nevada y gracias a un creativo montaje en las escenas de exteriores (de influencia rusa).

La culpa, la tortura interior, el querer “obrar bien”, asuntos de Dostoievski (leo resumen en: http://es.wikipedia.org/wiki/El_idiota); en Kurosawa, adquiere su historia un componente machacón de melodrama de interiores (larguísimas conversaciones sobre intenciones y sentimientos) y, qué cosas, también del cine de terror: cuchillos, máscaras, ansiedad, demencia, obsesión. Planos cortantes, nevadas infernales, encuadres angulosos, rostros pálidos o inquietantes y ojos penetrantes y expresivos.

Podrían detectarse, incluso, elementos pasionales de Buñuel y de suspense de Hitchcock, a la vez que me parece vislumbrar (pero serán imaginaciones mías) componentes que, pongamos, un Torre Nilsson tomaría para sus dramas de los años setenta (Boquitas pintadas).

Extraña obra, El idiota de Kurosawa, entre el melodrama clásico norteamericano de rivalidades por un amor, intereses económicos y mujeres decentes y menos decentes (Wyler con influencia del cine negro) y un constante y dilatado aroma de amenaza (que recuerda al primer Polanski). Y, desgraciadamente, diría que de todo este maremágnum  no sale del todo bien parado el maestro japonés, ya que Hakuchi es solemne en exceso, teatral, sobreactuada e hiperbólica, además de extensa hasta la extenuación (dos horas y cuarenta y cinco minutos). Son rémoras de esta obra de exteriores tempestuosos y helados e interiores tempestuosos pero viscerales (o idiotas), nada relajados.