CUKOR George (1899-1983)

Heller in Pink Tights (El pistolero de Cheyenne) (1960: 7.5)

¿El distinguido Cukor y el indomable western?

¿Mezclar La Strada con La diligencia y John Wayne?

¿Filmar una especie de tragicómico Viaje a ninguna parte contando con Sophia Loren y Anthony Quinn, gente nada corriente, sin granos ni diarrea?

Pues sí. Cukor se las apaña (y se las apaña bien, como siempre) para enhebrar un elegante vehículo de lucimiento para Loren, en este inusual western que combina las lentejuelas con los disparos, los indios con la farsa humorística, fuera y dentro del escenario. Un poco clásico western del clásico Cukor no podía ser como uno de Mann o de Walsh (menos aún como uno de Peckinpah o de Eastwood), obviamente: éste es menos macho, menos profesional, más pícaro, más empático, menos agresivo, más incluso “camp” y, en todo caso, pictóricamente simétrico en sus esbeltos y coloristas encuadres.

Una efectiva elegancia compositiva que guarece y da esplendor a unos personajes que, como tantas veces en Cukor (recuerdo sobre todo Doble vida), llevan una excitante doble vida, la real y la representada, en muchas ocasiones fusionadas en una sola existencia ambigua, vitalista pero agridulce. ¿Es mejor ser bueno o parecerlo? (cuestión de  otros clásicos: Wilder o Mankiewicz, por ejemplo).

Bonitos ropajes y carruajes, y los indios como nunca los habíamos visto: aunque sigan siendo los malos, su primera aparición es extrañamente tranquila, pausada, como si no quisieran nada en particular o ya se vieran en un producto revisionista de los setenta: no, Cukor no podía ser partícipe del clima (contra) cultural de Pequeño gran hombre o Soldado azul. Cukor seguía siendo un clásico, convencional en lo temático y estético en las texturas. Incluso en un título tan poco cukoriano como El pistolero de Cheyenne (el original Heller in Pink Tights lo es un poco más).

La película, sin ser una joya, va a más, al trote de la maravillosa Sophia Loren y sus hombres Quinn (Tom Healy) y Steve Forrest (Mabry), que se la disputan (ese busto y caderas insignes, lozanos, ese bellezón de culo tan premoderno). La chica explosiva (como tantas italianas en tantos westerns) y sin escrúpulos se quitará la máscara, se estabilizará al lado del hombre al que ama, el hombre bueno; o acaso en la última curva se ponga (la Loren) la máscara conservadora que nos prepara para el dulce final cukoriano; no olvidemos, en cambio, que en varios filmes de Cukor (más que en otros) nos da la impresión de que la vida seguirá (“to be continued”) una vez que el telón se ha bajado y que, mira tú por dónde, ya nadie nos mira y podemos optar por el lado más Hyde de nuestros sentimientos.