SICA Vittorio de (1902-1974)

Matrimonio all’ italiana (Matrimonio a la italiana) (1963: 6.5)

Sophia Loren y Marcello Mastroianni…

Palabras mágicas: ¿quién da más? ¿Se puede dar más? ¿Es la mejor pareja posible, en cine? Y lo es, quizás. Pero, ¿quién les mece su cuna?

De Sica se escapa (por piernas y aviones) de ladrones, limpiabotas y milagros cristianos en busca del éxito de la comedia irresistible… que a mí se me resiste, Vittorio, y conste que yo soy de los tuyos.

Los tópicos de la Italia eterna (la puta que se santigua, el macho que puede con todas, la mamá terrible, la picaresca perpetua) le sirven a de Sica para encontrar unos motivos más comerciales que artísticos, a los que añade unos toques sabrosos de modernidad estilística: años de Godard, de Malle y Truffaut; y de Sica no quería ser menos (qué error), y pretendió que su trama sentimental y sociológica tuviera una apariencia más ligera y graciosa, más Pop y más chula (de ahí los flashbacks y elipsis, insertos y juegos con cámara, música y montaje). Nunca de Sica se acercó tanto, en apariencia, a Jules et Jim, Al final de la escapada o, incluso, a la cursi y fallida Zazie en el metro. A pesar de que no fuese su guerra (ni la entendiera), de Sica se esmeró. Pero su simpática película, vista hoy, flojea  más de lo debido:

Aunque le salió comercial y atractiva, vive Dios, y, en fin, contiene elementos de la comedia clásica norteamericana, aquella de enredos matrimoniales (McCarey, Hawks, Cukor) que, según Stanley Cavell (en El cine, ¿puede hacernos mejores?, versión española de A. Falcón), alcanzó su mensaje más explícito en La costilla de Adán, por la que aprendemos “qué es aquello que en términos generales la mujer le reprocha al hombre: la simple maldad derivada del hecho de que es hombre”. Algo aplicable, en mi estúpido parecer, a Matrimonio a la italiana (aun teniendo en cuenta que el libro de Cavell me resultó, en las cincuenta o sesenta páginas que leí, decepcionante, autocomplaciente y filosóficamente narcisista). Loren quiere a Mastroianni aunque sepa que no le conviene. O porque sabe que no le conviene, justamente: esa atracción por los hombres malos.

A los varios componentes temáticos de las citadas comedias de enredo (Cary Grant fue su monarca), hay que añadir la vertiente quizá más discutible y hasta penosa, que es la distorsión de la herencia neorrealista, incluso en su lado más rosa y amable (por no hablar del gigante Rossellini), aquellas estupendas películas de Castellani o hasta de De Santis y Duvivier (con Don Camilo). El cine popular se trivializa, se aleja del pueblo sin perder público, ganando adeptos (o clientes) para la modernidad a partir de motivos picantes y así como liberales. Pues de Sica desarrolla un tipo de comedia italiana que Monicelli, Risi o Comencini celebrarían en decenas de títulos desiguales, gracias a la tendencia pícara, los ecos de sociedad y el empleo de mujeres despampanantes cada vez con menos ropa; poniendo los cimientos incluso para las historias que, digamos, un Tinto Brass rodaría después ya centrado sin disimulos en los muslos, culos y senos femeninos (en un clima de puterío sentimental) en gozosas obras como Los burdeles de Paprika.

El cóctel de Loren y Mastroianni, eso sí, provoca agridulces y brillantes chispas, rechazando la idea de la felicidad calmada, sin ambiciones, reposada. Aquí todo es mal humor y gritos e intereses. De Sica va cumpliendo años y ambiciones y (pese a unos horribles planos, en exceso evidentes, en los que muestra a unos encantadores nenes, a la sazón hijos en el film de Loren) se desentiende de milagros imposibles, magia blanca, limpiabotas sucios y aburridos ladrones de guante negro. La sofisticación como no-virtud: el ladrón de guante blanco será más distinguido y “cool” y, encima, no le olerán los sobacos.