FORBES Bryan (1926-_)

Whistle Down the Wind (Cuando el viento silba) (1961: 9.0)

Ahora el artefacto se llamaría Tú a Dexter y yo a Californication. Pero cuando Hayley Mills era una encantadora adolescente, no era sí. A mis hermanas les encantaba The Parent Trap cuando éramos pequeñitos. A mí también me gustaba. La monopolizada televisión, entonces (TVE), era curiosamente mucho mejor que las decenas de canales actuales. ¿Y la libre competencia…? Anda ya, menos mitos.

¿Por qué no Cuando el viento silba? ¿Qué necesita para ser una película esencial en el cada vez más limitado universo de nuestra común cultura? ¿Publicidad? Va a ser eso.

No todos tienen la suerte del realizador James Cameron. El País Semanal (noviembre de 2009)  le dedica un reportaje y entrevista que para sí querrían nuestros Iciar Bollaín, Urbizu o Isaki Lacuesta o, sin salirnos de Europa, Laurent Cantet o Béla Tarr. Vaya, vaya. Justo el que no necesita publicidad es el que la obtiene: no gratis, es que encima le pagan a él. La periodista R. Ayuso no sólo anuncia o presenta la última película del creador de Terminator, sino que sin apenas disimulos la promociona, como si tuviera especial interés en que a Cameron le fuese bien en nuestra taquilla. ¿Por qué si no iba la firmante del reportaje a escribir que Cameron es un “visionario” que “promete revolucionar el cine con Avatar”; que se trata de un film “muy esperado”, que “su vuelta es sonada” y, sobre todo, que es “la gran esperanza blanca para vencer la pereza del espectador, cansado de ver lo mismo”?

Pero, ¿qué moto nos vende usted, Ayuso? ¿Está usted cansada de ver lo mismo? ¿Y por qué lo hace, entonces? ¿Está el espectador cansado debido a su natural pereza o es perezoso porque está cansado de ver lo mismo? E, insisto, ¿por qué ese espectador sigue “viendo lo mismo” ahora cuando hay más medios y formatos que nunca para ver, “todos los días”, algo diferente?

Por ejemplo, Cuando el viento silba. Cine británico de los primeros años sesenta. El del nuevo empuje, cuando aún estaba lejos el mundanal ruido: las fábricas se ven al fondo y no corrompen la estampa campestre y campesina (aunque no idílica). Forbes no se acoge a la psicodelia, el glamour, los malos rollos, el mundo de drogas y fotógrafos de moda, las modelos, sus ligones barbudos y los peinados llamativos. Esto es (aún) otra cosa.

Con un punto de jovial ingenuidad dickensiana que no oculta la dureza rural, previa al cachondeo de un Tom Jones: había que hacer reír como sea. Bryan Forbes, autor de la notable The L-Shaped Room (y un tipo que sigue vivo pero coleando más bien poco a finales de 2009) bebió de la tradición irrefrenable de las películas con niños: de Lean, Los juegos prohibidos de Clement, de Sica; recuerdo las españolas El cebo, Mi tío Jacinto) y recurrió al encanto innato de la citada Mills, Pollyana para los amigos cursis.

Parábola rural y cristiana, seguramente la mejor que he visto nunca; parábola humilde y sobre la justicia terrenal, que es la única que hay. La película anuncia (lo había leído y es indudable) planos de El espíritu de la colmena, lo cual es un mérito no menor de Forbes. Whistle Down the Wind está admirablemente fotografiada, escrita y sentida; es un film con aura especial, obra de magia blanca pero de negros aprendizajes (los malos pueden ser buenos), un canto de fe (no necesariamente religiosa pero sí comprometida); una obra británica que explora la inocencia de los niños a medio camino entre Los cinco (Blyton) y Viento en las velas, con un pie en formas más idealistas e higiénicas tipo Mary Poppins y otro pisando fuerte sobre la pasión frágil del “Free Cinema”.

La aventura de estos muchachos es menos inocente de lo que parece y sus alusiones existenciales y sociales son numerosas. Al Cristo de los niños, que no es Cristo (sino un criminal para las mayores), lo terminan arrestando y llevando, se supone, a la cárcel. ¿Crucifixión? No, pero sí hace el ademán, el actor Alan Bates, del crucificado, completando la hábil e irresistible maniobra parabólica.

Las nuevas libertades incluso metodológicas de los años sesenta se ven en el uso de la cámara, en cortes de montaje y, así, en una novedosa mirada que combina profundos planos generales con primerísimos planos de rostros. Hay imágenes que recuerdan cosas de Bergman o Kiarostami, Matar a un ruiseñor, Marcelino, pan y vino o, incluso, a Rossellini. Esa precisión humana, nítida, bella pero no recargada de la imagen.

Y me acuerdo, por defecto (por sus defectos), de En compañía de lobos, film británico de los ochenta en el que la aventura infantil alcanzaba unas cotas de amaneramiento y artificiosidad irritantes; desdiciendo, una vez más, la supuesta veracidad del “progreso cinematográfico”, esa boba divisa según la cual (y según abundantes aficionados paternalistas) aquella película de aquel lejano año (1947 o 1972 o 1989, tanto da) “aún se deja ver” o “todavía es actual” o “pese a lo antigua que es, no está tan mal”, siempre teniendo en cuenta “la cantidad de años y de avances” que se han sucedido…

Y es que otra lección cultural de la marchosa, urbana y cosmopolita “Swinging London” a la que aún no sabe abonarse Cuando el viento silba (lejos del canon moderno, enfático y sobrado que se impondría) es que había que estar a la última (“the latest craze”), para que los últimos fueran los primeros: toma cristianismo retorcido…

Digamos, finalmente, que se podría considerar Whistle Down the Wind como el reverso no tenebroso de El pueblo de los malditos (o incluso de ¿Quién puede matar a un niño?) y que hace uso de estrategias fílmicas que funcionan con alto grado de simbología combativa, como ese montaje paralelo entre el Cristo de la cuadra (con pistola) y los niños en sus juegos (provocados por el matón sin fe).

Así que, o he visto mal, o me atrevo a señalar que Cuando el viento silba es o debería ser un clásico del cine; uno que, por cierto, me ha costado 2,90 euros en Media Markt, para que luego se quejen los piratas informáticos de que todo el cine es carísimo… No lo es: pero la pereza y la falta de curiosidad les pueden animar a quedarse delante del ordenador y descargarse la última serie norteamericana, puro impacto. Esas que, como el arte ficticio del señor Cameron, no necesitan publicidad.