ANTONIONI Michelangelo (1912-2007)

Zabriskie Point (Zabriskie Point) (1970: 8.5)

Esplendor en el plano: en Zabriskie Point. En la imagen: todopoderosa, bella, cargada de significantes que no siempre significan… Pero sugieren. Antonioni pone en fuga a sus dos héroes, él y ella (Mark Frechette y Daria Halprin), los arroja de la ciudad rebelde y movida y los posa en un lugar inhóspito y pacífico, Zabriskie Point, una breve utopía espacio-temporal de paz y silencio, al amparo de la naturaleza y la abstracción, lejos de la tecnología, las cosas concretas y la cultura (y que influiría a Wenders, sin duda, pero también me acordé de Bagdad Café y de varias otras).

Zabriskie Point es lo más godardiano de Antonioni. El italiano se fue a los Estados Unidos y allí se dejó llevar por su pasión por diseñar espacios incongruentes para sus personajes, que a ratos son decoración de un paisaje de letreros, revueltas y publicidad. Los estudiantes (negros y blancos) discutían sobre como rebelarse mejor: y sabemos que no conseguían ponerse de acuerdo en lo básico. Antonioni recoge, al principio, sus diálogos y dialéctica, sus matices no siempre relevantes, su ansia por enfrentarse a la autoridad sin averiguar muy bien por qué razones (los negros lo tenían más claro).

Luego surge la pistola, que hace su trabajo. Y, de inmediato, la chica. Ya está el cóctel godardiano: una atractiva y joven mujer. Una pistola. Una “road movie” con avioneta incluida. Nuestros héroes huirán de colectivos y sociedad, que los apresan y confunden, se escaparán de rebeliones inviables, empleos corrompidos y estudios universitarios poco apetecibles y se refugiarán en sí mismos y en el Espacio: jugando, tocándose, revolcándose; besos y caricias, desnudos sobre la tierra naranja de Zabriskie Point. Esa era la liberación primordial para Antonioni: el amor (aunque luego se frustre), querer y ser querido. El mundo era demasiado complejo para ser transformado pero las personas, una a una, si podían contar con sus momentos de placer y liberación íntima.

Antonioni y sus variados guionistas, tratando de dotar de calibre mítico (Shepard, supongo) a la anécdota de la tocata y fuga de esta Lolita. Y lo logra, vaya que sí: gracias a una fotografía estupenda, encadenada al montaje, construido de un modo zigzagueante, atractivo, musical, hippie y rítmico. Para que Zabriskie Point adquiriera un aire de testamento y de poema anti-académico, de tributo estético (fotografía desenfocada, anti-clasicismo, montaje “a saltos”, esplendor de la Forma) a los ingenuos caídos del 68. Un aire de espléndido y lírico manifiesto de guapa ideología libertaria, frustrante e imposible pero que nos quiten lo bailado, lo vivido. El “all you need is love” de los Beatles acompañado de una sensación de desapego respecto de la realidad circundante: por el apogeo de la propaganda de productos y establecimientos y el apogeo de la policía, los negocios contaminantes y el desacuerdo generalizado entre aquellos jóvenes dispuestos a “hacer algo” contra los jefes del mundo… Es decir, de los Estados Unidos de América, tierra del “business” y promotora de la dicotomía (hoy indiscutible) del “loser/ winner”.

Antonioni encuentra la salida a estos embrollos materiales en la belleza espasmódica, poética y brutal de la imagen en movimiento: en texturas y “tempos”, concatenaciones y asociaciones de imágenes. La explosión imaginaria del final es emblema de esa misma estética de fotogramas hermosos y no tanto clarividentes como metafóricos. Zabriskie Point podría ser La chinoise de Antonioni, pues hasta se toca el espinoso tema del terrorismo más o menos justificado, pero donde en Godard hay dialéctica, alegría y provocación, en Antonioni lo que impera es, por así decirse con sus propios títulos, un “eclipse de la aventura”, una incluso decepcionante extirpación de las raíces más sociales de las revueltas y reivindicaciones, una decepción espléndidamente (como se ha dicho más arriba) fotografiada, cortada y pegada. Un Hermano Sol, hermana Luna más intelectual, diseñada para lucimiento del guapillo rebelde sin causa y la guapilla pija con ganas de vivir otras experiencias. Y eso es Zabriskie Point, ante todo y como cantó Enrique Iglesias con solemnidad: una experiencia religiosa.

Apéndice: en su libro de 1993 Contra la paz, contra la democracia, Agustín García Calvo apuntaba cómo el papel del Capital y del Estado era administrar la muerte, es decir: “convertir totalmente nuestra vida, la de cada uno y la de la gente, en tiempo”. Podría señalarse que Zabriskie Point, inspirada ligeramente en un cierto afán anarquista, rastrearía justamente formas de detener el tiempo cinematográfico, para frenar el control sobre las ansiedades futuras de los protagonistas y sus “historias”. De ahí que por momentos Antonioni cree realidades paralelas, soñadas, imaginadas o vividas en otra dimensión, construyendo las circunstancias adecuadas para el breve abrazo entre los personajes, que intentarían en el nivel estético y hasta utópico de los fotogramas antonionianos escapar del Tiempo y del Progreso y del Mañana. “Romper el futuro”, en palabras de García Calvo.