RESNAIS Alain (1922-2014)

L'année dernière à Marienbad (El año pasado en Marienbad) (1961: 5.5)

Antes de leer la “Breve guía para pasear por Marienbad”, de Carlos Losilla, había anotado en un post-it amarillo, entre otras palabras: Vértigo, Tú y yo. Otorga placer y alegra el ego (y asusta, por cierto) coincidir con los grandes críticos. Losilla menciona ambas películas en su librito sobre la película de Alain Resnais.

Tras una estupenda contextualización cinematográfica, Losilla escribe, además, justamente sobre el placer: “El placer que el espectador experimentaba antes en el terreno sensorial ahora debe trasladarlo al intelectual: eso es lo que el cine ‘moderno’ ha decretado”. Pero los decretos tienden a ponernos firmes, tristes y aburrirnos: vista hoy (y, pobre de mí, desde mis infinitas taras fílmicas), a mí me resulta obvia en exceso: evidente en sus objetivos de transmutar el relato clásico, no tanto romperlo como demorarlo infinitamente, convirtiendo la aserción en una eterna conjetura, un laberinto de frases obsesivas (sin pasión) y de pasillos, ropajes, alfombras, fuentes y demás cacharrería de calidad. Este Resnais me parece tan cristalino (en sus propósitos) como la intentona deconstructiva del novelista español Isaac Rosa, en El vano ayer, al someter a comentario todas las posibles opciones del escritor-narrador a la hora de elegir narrativa e ideológicamente (por supuesto) por dónde va deslizarse la historia y, así, la Historia.

Casi todo lo que nos cuenta Losilla, en el citado libreto, es relevante y útil para “comprender”: claro que esta comprensión no incide, necesariamente, en el gozo, aunque ayude sin duda a calmar un poco la frustración del espectador a priori interesado. Sobre el inicio de la película, escribe Losilla este contundente párrafo (mis “negritas”):

 

Este inicio constantemente pospuesto, esta manera de hacer que la película parezca empezar pero a la vez no lo haga nunca, como si fuera extremadamente difícil contarla, como si ya no hubiera herramientas para ello, ha dejado en el camino, pues, un reguero de cadáveres pertenecientes al ámbito del cine “clásico”: la figura del narrador omnisciente, la continuidad espacio-temporal, el mecanismo del plano-contraplano, la lógica del travelling… Todos ellos han visto subvertidas las funciones que se les habían atribuido, se han encontrado desposeídos de su capacidad para crear un mundo coherente, un universo reglado que ayude a comprender la realidad, hasta el punto de que es esa misma realidad la que se pone en duda, no la realidad per se sino la realidad del relato “clásico”.

 

Pero mantener la existencia de un “progreso artístico”, es decir, de formas que superan otras previas (esos cadáveres) es bastante inútil. Los cadáveres se levantan siempre, en el arte (no en la realidad), y se reirán de los teóricos que habían decretado su defunción. En cuanto a los componentes desposeídos de la capacidad para crear un relato, señalemos que no han decidido, “ellos mismos”, suicidarse: lo ha decretado, de nuevo, Resnais (o, a veces, los propios teóricos sedientos de sangre estética). No era una “necesidad histórica”, un destino de la narración cinematográfica sino una decisión bastante consciente, dentro de un movimiento más amplio (del que da cuenta Losilla). A este respecto, y me disculpo por las libertades que torpemente me tomo, apuntar que la maravillosa glosa citada por Sánchez Ferlosio (en “Carácter y destino”, apéndice de God & Gun), obra de un amigo suyo, según la cual: “El argumento se quedó parado y sobrevino la felicidad”, no nos explica por qué en El año pasado en Marienbad (aun siendo esto subjetivo, hasta cierto punto) lo que sobreviene, tras la congelación del argumento (como el nadador de Bill Viola), no es la felicidad (¡no, por Dios!) sino el sublime tedio. Y el post-it.

A propósito, pues, de L’année dernière à Marienbad:

Alucinatorio Inland Empire, la película a la que más se me parece:

interiores muertos, exteriores detenidos y ornamentales;

Hasta momentos que gustarán a un Jess Franco (maniatado);

un forzadísimo Gaspar Noé (ese inicio rotatorio).

El discreto encanto, ah, sin encanto jovial de la aristocracia; El salmódico baile de los vampiros; El gatopardo sin justificación sentimental.

                        Obra estática, pictórica, paranoica (un Seurat sin puntos), milimétrica, La regla del juego despojadas de ilusión (se queda en regla); obra obsesivamente distinguida y de clase alta; sin relajación, reverso de An Affair To Remember (Vous et, peut-étre, moi); así como La cena de los idiotas sin, propiamente, cena ni idiotas (o lo son todos). Cansino Casino sin bromas ni explosiones; La hora del lobo sin las orejas de lobo. Resnais no es santo de mi devoción. Por ahí empezáramos.

Una pareja, un Robbe-Grillet, una insistencia en el pasado real o no, un enigma sin solución (aunque opino que El año pasado pasado en Marienbad es, más bien, una estética solución sin enigma), una decadencia precisa y colosal.

                        Réquiem por estos zombies (otra de mis palabras del post-it amarillo que menciona Losilla: será que voy por el buen camino) resnaisianos, congelados, inmovilistas, ¿influirían en el terror de Romero? Tanta geometría para qué, y esa perfección museística para qué: Vértigo, ay, sin vértigo. Resnais no es de este mundo: nos sabemos su canción.

Ensimismada cortesía reiterativa, museo de cera, cultura que se mira a sí misma. Tantas estatuas y fuentes y jardines, tanto amor con letanía, recitado como la poesía innecesaria, tanta solemnidad experimental. Asombrosa anestesia total. Formol (no Ola), reflexión sobre no sé qué (mejor leer a Losilla). Espejo que refleja espejos y memoria desmemoriada y autocomplaciente, y alfombras y pelucas y esculturas y cortinas.

Mis tremendas limitaciones: soy equidistante entre el arte de Resnais ( y Robbe-Grillet) en su Marienbad y el del propagandista Sholojov de Lucharon por la patria, novela de la que cito un párrafo acaso resnaisiano, de su introducción (escrita por no sé quién: en “edaf de bolsillo”, en todo caso):

 

Porque Mijail Aleksandrovich Sholojov, en vez de subrayar con pobre pulso realidades muy queridas, consigue que lo por él descrito alcance ese valor novelístico, ese vigor objetivo, ese interés exceptuante que la novela cuando se logra consigue, antes y después de las definiciones calificadoras.

 

Interés calificador y definiciones exceptuantes. Toma castaña.