ÖSTLUND Ruben (1974-_)

Gitarrmongot (The Guitar Mongoloid) (2004: 1.0)

En vez de conformarse, como hacen tantos, con colgar su tontería audiovisual en YouTube, resulta que al sueco Ruben Östlund se le ocurrió la brillante idea de fabricar un largometraje… ¡Y se lo produjeron! Pobres suecos: acaso hartos de que se les sitúe en la órbita gigantesca (e indiscutible) de Ingmar Bergman, algunos de ellos quieren pasar por gente desenfadada, súper-guay y con mucho humor… Ay, Östlund, hijo mío, con lo fácil que habría sido reírte con tus colegas sin salir de casa…

Pero el malentendido se acrecienta cuando en el admirable festival de cine de Gijón picaron como pardillos y la exhiben en su sección “Postburlesque”, definiéndola además (en el programa de mano) como “humor posmoderno”, y nada menos que “erigiéndose como una de las más saludables marcianadas que ha dado el cine europeo en sus últimos años de historia”.

¡Vaya ínfulas, chavales! Ante muestras de ceguera o banalidad tan atroces, casi dan ganas de pedir dimisiones…

The Guitar Mongoloid es una idiotez sin apoteosis ni rebeldía ni subversión de ningún tipo. Se trata de cine ignorante y reaccionario para la generación MTV. Sólo es defendible si se tienen menos de tres neuronas o se admira a Kepa Sojo.

El estado de bienestar sueco pisoteado por niños pijos en estado de embriaguez. Se rebelan, estos imbéciles, contra… la nada. O quizá, hemos de suponer, contra su propia tontería: pero para luchar contra la estupidez les iría mejor si leyeran un poquito más y pasasen menos tiempo en los “chats” o haciendo el memo con sus cámaras digitales.

Mejor ni comentar: esto es ya posmodernismo anacrónico. En Inglaterra, en los años noventa, Trigger Happy TV ensayó con mucha más mordiente e impacto sociológico todo lo que podía realizarse a partir de “practical jokes” en la calle.

Así que a cuento de qué viene esta gamberrada sin destinatario, de una irrelevancia vergonzante, propia de preadolescentes descerebrados…

Östlund, el director mongoloide, es un pobre tipo pero le echa morro: esta película nunca debería haberse rodado pero, en fin, ya que en Suecia apuestan por esta clase de bobada (dentro del ya fatigoso “falso documental” o “mockumentary”), la cuestión es que no hay por qué darles bola y comprarles sus payasadas consentidas… ¡Les estamos dando alas a los bobos!

Contumaz idiotez, ya digo, de suecos aburridos y sin ninguna luz encendida que se dedican a enseñar canciones estúpidas y malsonantes a sus hijos, a romper botellas de cristal en la cabeza de los amigos o a lanzar bicicletas desde un puente. ¿Estrategia para futuros festivales…? Hacerse, obviamente, los suecos, o volver a Gritos y susurros.