AZEVEDO GOMES Rita (1952-_)

Frágil como o mundo (Frágil como el mundo) (2001: 7.0)

Me deja impresionado Frágil como el mundo. Me deja, justamente, frágil como el mundo. Pero no me conmociona, no me “toca”: no sé amarla y siento que se merecería un amante arrebatado y fiel. Pero la admiro. Y mucho. Muchísimo. Pero ahí fallo yo.

En ella veo, adivino, opciones del cine primitivo, el cine grande y básico y sin pulir que vuelve a escena gracias a esta cineasta portuguesa. Descubrir el mundo como si Cristóbal Colón no hubiese existido. Murnau, Flaherty, Tabú, Amanecer. Las vislumbro: también eran frágiles (pero resistentes) como el mundo. Y un cine esencial, puro: sin aristas ni malos olores ni preponderancia de la “historia”.

Amplio y atrevido, sin miedo al ridículo. Ajeno a los suplementos de “tendencias” que anegan las publicaciones. Haciendo oídos sordos a las modas y estilos (estilizaciones) de su época. Por ejemplo, aquellas corrientes catalogadas por Jordi Costa (El País, noviembre de 2009) para referirse al primer decenio del siglo XXI.

El artículo se llama “Los años nada”. Es curioso, porque en cine ha habido un “boom” de proporciones considerables. Exagerando, hemos pasado de Bravehart, Acción mutante, Pulp Fiction y La haine a Armonías de Werckmeister, Gran Torino, Reyes y reina y Juventud en marcha. Ya: acabo de jugar sucio pero me apetecía.

Las características de la década que expone Costa no explican Frágil como el mundo, que es una película con identidad y sentido que no guarda relación alguna con YouTube, MySpace o Coca Cola. No es narcisista y sí, en cambio, se adivina cierta idea del “artista encerrado en su burbuja particular”, que es justamente lo que, según Costa, no describiría al artista del siglo XXI. No puede conectarse con las series televisivas norteamericanas que han arrasado en los últimos años y, al contrario de lo que señala Costa en su epígrafe “Sin criterio” (vía Kiko Amat, sobre la escena musical), se incardina a unos nuevos cines y propuestas surgidos hacia el año 2000 que, a mi modesto entender, superan con mucho el cine de la década de los noventa: demasiado pendiente (vaya por Dios) de la apariencia, la “coolness”, el ensimismamiento treintañero y los diseños de interiores. Por último y, aceptando que es cierto que la película de Azevedo Gomes carece de alegría y, hasta cierto punto, de nociones de patriarcado (rasgos del decenio, según el artículo), sí señalo, en cambio, que derrocha madurez por todos sus poros. Pero una madurez ni consentida ni cobarde.

Costa finaliza su interesante artículo afirmando: “el futuro es saber compaginar sin problemas el maquillaje cegador y el ordeñado de vacas”. Parece que habla sobre Yo soy la Juani. Cuidado con las predicciones: nunca son gratuitas ni estáticas ni ingenuas. Podrían convertirse en “tendencia” (moda, Internet, negocio, cosmética, todo un batiburrillo). Horrible palabra que, estoy de acuerdo, define nuestra época, pero a la que se resisten numerosos cineastas de este siglo. Cine político “políticamente”.

Frágil como el mundo es profunda y artística, en un sentido eterno y carnal. Es un lanzarse a una piscina sin saber si hay agua (los espectadores). Un riesgo total. Una marcianaza neo-primitiva, como hemos dicho, romántica y sin miedo a serlo. Los dos adolescentes y su amor temerario, en el bosque. Toques fantásticos, de “fairy tale”: mirar el mundo por primera vez, aunque sea mentira. Volver a terrenos clásicos de aprendizaje como de Matar a un ruiseñor, El cebo o Cuando el viento silba. O a Erice, El espíritu de la colmena y El sur (incluso gotas de Cocteau, que es lo que menos me gusta). A San Juan de la Cruz. A Vermeer. A Dreyer. Romeo y Julieta. Acaso la Inquietud de Oliveira.

Encomiable y literaria Azevedo Gomes (amorosa como el Rohmer de El romance de Astrea y Celadón pero sin chispa, naturalidad y humor), en esta obra insólita que desprecia el champú y los chats, los móviles y el calimocho, el tráfico y el fútbol. Cine de elaboración inspirada o inspiración elaborada. Admirablemente rodado, fotografiado, montado, en blanco y negro y color, con excelsa música, Frágil como el mundo (gracias, Filmoteca) me despista, me despierta, me sorprende, pero no me conmueve y, por momentos, me irrita un poquito (pero es por mi culpa). Me dejó, ayer cuando la vi, sin palabras que llevarme a la boca. Y hoy tampoco estoy en mi día más lúcido y percibo que las palabras que aquí tecleo son mejorables. Lo dejo: no estoy a la altura de esta película atemporal del siglo XXI. Una película escasamente “traviesa” que, ciertamente, y frente a la “nada”, sí es “algo”, o es mucho.