HATHAWAY Henry (1898-1985)

Garden of Evil (El jardín del Diablo) (1954: 8.5)

Sentencia Gary Cooper: “si la Tierra estuviera hecha de oro, los hombres se matarían por un puñado de polvo”.

Imponente western en Cinemascope dirigido por el gran Henry Hathaway, a quien habrá que seguir descubriendo. No se me ocurre ni una sola película del Oeste de los años cincuenta que no sea, como mínimo, notable; malas no las hay. Había una fórmula y unos artesanos (algunos eran artistas pero no se lo creían) que la sabían llevar a buen puerto gracias al trabajo minucioso y entusiasta de equipos técnicos y artísticos de élite; aunque a algunos la palabra “élite” les pareciese insultante.

Qué maravilla de encuadres y de construcción fílmica: de puesta en escena aprovechando al máximo el espectacular paisaje y el espacio cinematográfico, los actores en situación, a los lados y en profundidad. Me acuerdo que, hace unos años, José Luis Borau se admiraba (no sé de qué película hablaba ni en qué foro) de que en tal obra no se movía la cámara en ningún momento, pero estaba siempre colocada en el sitio justo. Para obtener el mejor resultado. Qué poco se mueve la cámara en El jardín del Diablo y nunca se descalabra de su eje: alguna leve panorámica, algún ligero rectificado (para captar de la manera más destacada a los intérpretes). Fantástica fotografía en movimiento (el movimiento dentro del plano, no fuera).

Garden of Evil, como todo gran western, mira hacia atrás y hacia delante y sus ecos son golosos e infinitos: en unos años de inspiración de Anthony Mann o de Hawks, la película recoge sin duda ecos walshianos (Juntos hasta la muerte) y hustonianos (El tesoro de Sierra Madre) y, a su vez, parece un ensayo o boceto de las enormes Duelo en la alta sierra (Peckinpah) y Los profesionales (Brooks). Esos morales, insólitos y líricos finales.

Y qué magníficas frases. La última de Cooper y algún diálogo previo: ni una sola tontería. En el decenio de oro, no hacía falta hablar mucho para decir mucho. No todo el mundo ha sido Woody Allen, y menos mal (pese a lo grande que es Woody). Supongo que en el mérito de los brillantes y sutiles diálogos algo habrá que agradecerle al guionista Frank Fenton (autor o coautor de los guiones de Retorno al pasado y Escrito bajo el sol, casi nada). Brindo por usted, señor Fenton.

El jardín del diablo es otra fantástica prueba de que el género del Oeste puede combinar lo sensorial, la acción y el pensamiento. Uno se lo pasa bomba con este film pero, al mismo tiempo, no evita examinar conceptos de lealtad y deber, amistad, amor y traición. Aquellos tipos se la jugaban por un naipe o una mujer. Acaso por mero orgullo. Y, por supuesto, por el vil metal. Pero algunos tenían principios, fíjense qué cosas. Admirables Gary Cooper y Richard Widmark. Carismática Susan Hayward, que vuelve locos a casi todos los hombres con su conducta arrogante y firme. Ellos, por su parte y, pese a los sospechas, ya que nadie se fía de nadie (ésta es otra del Oeste del subgénero de la sospecha), consiguen convertir la aventura en el centro de la película: los peores mueren antes y los mejores algo más tarde. Cooper y Hayward sobrevivirán, que por algo son nuestros héroes. Principio cinematográfico que no se quiebra: no, Hathaway no habría realizado Pequeño gran hombre, qué le vamos a hacer.

Elegante film, desde luego, en el que los indios, una amenaza desde el minuto uno (aunque no aparezcan hasta una hora después), son la representación del Mal. Sin matices ni explicación. Crueles, sádicos, pero entrevistos de lejos: Krasner y Stahl (encargados de la fotografía) no les dejan ni aproximarse a la cámara. No hay primeros planos de los apaches pero sabemos lo terribles que pueden ser en esta aventura mexicana sobre la (tan chapliniana) fiebre del oro y, también, sobre eso tan difícil de saber conservar la calma. Pues el que pierde los nervios suele ser asesinado antes. Hathaway, hombre prudente, vivió muchos años y, por eso, con paciencia, esfuerzo y distinción, nos dejó un puñado de buenas películas.