ARGENTO Dario (1940-_)

L'uccello dalle piume di cristallo (El pájaro de las plumas de cristal) (1969: 8.0)

En otro artículo de los suyos (singulares, provocadores, des-ocultadores), el gran Félix de Azúa escribe sobre las naturalezas muertas del pintor español del siglo XVIII Luis Meléndez (en El País, noviembre de 2009). Por ejemplo, esto leo:

 

…esos objetos no están en ningún lugar, carecen de espacio común, no viven bajo la misma luz, no comparten la atmósfera ambarina, el aire óptico que unifica el espacio en Rembrandt, en Velázquez, en Vermeer. Son productos de la obsesión y de la avidez, de una terquedad fría y casi maniática. ¿Realismo? En absoluto. En el mejor de los casos, alucinación.

 

No parece un completo disparate aplicarle estas palabras a Dario Argento, tras haber presenciado, con deleite inusitado, El pájaro de las plumas de cristal. Esta película sobre un psicópata asesino de mujeres (subgénero que en los años noventa se pondría las botas) es producto de la avidez de un director que, desdeñoso del neorrealismo, el existencialismo y demás –ismos, optaba con talentosa frialdad por construir una historia de alucinación freudiana, hitchcockiana, escapista y misteriosa.

Como el título del artículo de Azúa, también Argento era portador de “una mirada desafiante”. Frente al clasicismo, por ejemplo. Si lo definimos como “armonía, proporción, equilibrio, simetría, euritmia, finitud, claridad…”, como hace José Enrique Monterde en Cahiers du cinéma España (diciembre de 2009). En efecto: Argento no es Ozu, Renoir o Hawks. Su cine viene a entroncar con ciertas corrientes estéticas, y cinematográficas, de la década de los sesenta, aunque el resultado sea desigual, equívoco. Seguramente, el modelo (entre comillas) de Argento fuese el Antonioni de Blow-Up, una de las películas más influyentes que ha habido. Obras como Con el corazón en la garganta (Brass, 1967) nacieron directamente del impulso creador y “diseñador” de Antonioni; y cineastas variopintos como J. Franco, Ferreri, Schroeder, Fleischer, Edwards, Vadim, Saura, Nichols, Risi, Donen, incluso Anthony Mann o el propio Hitchcock, parecen de una u otra manera atraídos en esos años (1966-1970) por la londinense creación antonioniana.

Argento, en una entrevista incluida en el papel informativo de la Filmoteca Española a propósito de El pájaro de las plumas de cristal, señala que se sentía al margen de las modas cinematográficas: “No me puse ningún límite. Ignoraba si lo que hacía encajaba en alguna tradición italiana o europea”. Esto parece cierto y es fácil adivinar el placer y la dificultad del joven Argento (29 años) tratando de construir un espacio cinematográfico novedoso, atractivo, estético, inquietante. Pero, por otro lado, y pese a esa mirada desafiante o, mejor aún, agresiva, maniática y desquiciada (como leo en el mismo documento: adjetivos de R. Pugliese), El pájaro de las plumas de cristal parte sin duda de la película-icono de Antonioni: la confusión a la hora de descifrar la realidad (¿era ella o era él quien agredía durante la pelea?), la frustración que esto provoca en el protagonista (paranoia, miedo, ansiedad) pero, al mismo tiempo, el regodeo que le permite al director. En su afán por mezclar extravagancias del momento, ilusiones oníricas y percepciones individuales (o sueños) con lo que, “en realidad”, sí había pasado.

Además, hay otra posible referencia previa para este cine: recuérdese que ya Mario Bava, en 1962, y con La muchacha que sabía demasiado, se había esforzado por construir espacios irreales a partir de referentes reales muy conocidos (Roma): retorcimiento del espacio, ángulos y texturas; la preeminencia de la persuasión visual (insertos, primeros planos, picados, etc.) con el fin de dotar de deriva e inquietud a una trama en la que una mujer está siempre en peligro de muerte.

Mis amigos y yo, viendo en el Doré la película de Argento, nos carcajeamos varias veces, provocando (al parecer) la reacción disgustada de algunos espectadores que se sentaban delante de nosotros. ¿No se puede uno reír con el cine de Argento? Al contrario, opino que se debe uno reír, es un desahogo: hasta parecería que es uno de los objetivos del director italiano, vista su película hoy. Ese humor hilarante: la solemnidad que resulta paródica, escenas casi absurdas (los protagonistas dándose el lote en la cama mientras un amigo está sentado en el sofá…), frases demenciales. Como cuando el inspector de policía, al apresar al supuesto psicópata, lo define sentenciosamente así: “Era un irresponsable”. ¡Será porque había asesinado a varias mujeres, el pobre!

“Carne, cuerpos, sangre”, dictamina Azúa en el artículo mencionado. Y así es el cine de Argento, filtrado (esto es relevante) a través de una labor de edulcoración estética (colores chillones, juegos visuales, primer plano de ojos, ingenuidad psicológica, etc.) que hace que su mirada desafiante sea vista, también, en el siglo XXI, como una mirada descacharrante.