CRONENBERG David (1943-_)

Shivers (Vinieron de dentro de...) (1975: 8.0)

Extensión, más bien tentáculo, de Hitchcock, así el primer Cronenberg, que explicita lo que Hitchcock acertaba a ver pero sólo había sugerido: la explosión viscosa y fisiológica de los trastornos psicológicos.

El cine de Cronenberg masacra Woodstock. Desnuda el amor libre, convertido en parásito que vuelve a las personas incontrolables: una epidemia de sexualidad sin alegría, pura mecánica. ¿Prohibido prohibir? ¡No! Hay límites para las emociones y decisiones de los individuos.

Como en la posterior literatura de Houellebecq, Cronenberg es cínico respecto de la liberación de la libido: las libertades se convierten en movimientos de robot con vísceras y órganos. Las chicas guapas se convierten en objetos de placer: actrices como Barbara Steele o Lynn Lowry son sabiamente expuestas (pasivas y activas) por el autor canadiense.

Mutaciones, malformaciones, babosas del joven y aterrado Cronenberg. El progreso científico es execrable. Sirve para que los humanos se vuelvan irresponsables, salvajes, locos. La intención no vale nada: sí sus efectos nefastos.

Cronenberg rueda como si se afeitara; como si pasase el cortacésped; cirujano fílmico; funerario del cuerpo (sexo y muerte se acechan). Sus humanos-zombis están trastornados, perturbados, ni libertad ni leches. Humanos atontados, paranoicos, persiguiéndose, contagiándose, atacándose, violándose. Poderosa metáfora cronenbergiana: el sexo como pura “commodity”, la irresponsabilidad de los científicos y tecnócratas, convertidos en dioses sin moral ni equilibrio. Contagio universal en Occidente.

Y así es, poco más o menos, el mundo de hoy (finales de 2009). En 1975 Cronenberg lo prefiguraba y, al mismo tiempo, incluía ya elementos relevantes de su posterior e inimitable carrera cinematográfica (Rabia, Cromosoma 3, Crash, etc.).

Vinieron de dentro de… es, como todo Cronenberg, precisa, hiperrealista, concienzuda, negra y de apariencia “barata”: nada de literatura ni ropajes ni gotelé. Esto es serio y no retórico: las epidemias humanas siempre nacen por los errores concretos de alguien (en un laboratorio o sanatorio). El terror proviene de comprobar cómo los que nos rodean se van “transformando” y van a por nosotros; desean (así están determinados tras el contagio) transformarnos a nosotros y a la humanidad entera. Nos invaden, van a por mí porque “aún” soy distinto: como en La hora del lobo (Bergman) y La noche de los muertos vivientes (Romero); como en THX 1138 (Lucas) y Ana y los lobos (Saura); como en Westworld (Crichton) y El ataque de los muertos sin ojos (Ossorio); como en ¿Quién puede matar a un niño? (Ibáñez Serrador) y La invasión de los ultracuerpos (Kaufman), como en La furia (De Palma) y Los chicos del maíz (Kiersch).

¿Será Cronenberg el mejor director de los últimos cuarenta años (1969-2009), de los que siguen en activo? Se me ocurren pocos rivales que se le aproximen en originalidad, calidad y cantidad (continuidad y, por lo menos, cinco o seis grandes películas en este período): Eastwood, W. Allen y Scorsese; Haneke; Kiarostami; Rohmer; Wenders; Almodóvar. Quizás: ¿Lynch, Guédiguian, Jarmusch, Tarr, Herzog, Kar-Wai, Chabrol? Tampoco hay muchos más: es mi percepción, son mis obvias limitaciones (lo que he visto, que es muy poco) y mis gustos.

Lo que sí puedo admitir sin rodeos es que, a día de hoy (diciembre de 2009), y en el plano cinematográfico, nada espero con mayores expectativas, curiosidad e ilusión que la nueva película de Cronenberg, Eastwood y Haneke. Ellos me hacen temblar de emoción y terror y me acribillan el pensamiento.