WISBAR Frank (1899-1967)

Hunde, wollt ihr ewig leben (Stalingrado: batalla en el infierno) (1959: 7.5)

Perros, ¿es que queréis vivir para siempre?

 

Es la traducción (bastante aproximada) al español del título alemán de esta película.

Por cierto: según la página http://www.giga-usa.com/quotes/authors/old_saying_a001.htm, con tales palabras arengó Federico el Grande a sus tropas en 1757.

Y eso son los soldados, sobre todo los de baja graduación: perros que ladran durante unos minutos (o días o semanas) antes de que sus ladridos se extingan para siempre, engullidos por un manotazo de la Historia. Es la atrocidad de la guerra, las guerras. Todas: incluso las "necesarias".

Estos perros, soldados alemanes en el Frente Ruso en 1942, no aspiran a vivir para siempre. Menos aún cuando entra de lleno el invierno, la nieve y el frío, la comida escasea y los rusos se multiplican y los cercan en una ratonera llamada Stalingrado. Su vida se convierte, como habría dicho Walsh, en una Jornada desesperada. Quedan, como en la magnífica película de Seaton, Sitiados.

 

Para un soldado muerto, es igual quien ganó o perdió la guerra.

 

De esta manera nos moraliza el narrador al inicio de Stalingrado: batalla en el infierno. Lo cual es rigurosamente cierto aunque, por desgracia, no arredra a los jefes del mundo, de antes o de ahora. El presidente estadounidense Obama, tras ganar el Premio Nobel de la Paz, ha anunciado (en diciembre de 2009) el envío de 30.000 soldados más a Afganistán. Estos no morirán de hambre o frío, de acuerdo. Pero no dejan de ser perros al servicio de otro gran Hueso, otra Causa. Que no es la Paz, sino la aniquilación del oponente (el Mal). Y una excusa potable para hacer uso de una parte del asombroso arsenal que produce cada día la industria armamentística estadounidense. ¡Más incluso que series de televisión, el otro horror que aniquila almas!

El realizador Frank Wisbar, que había vuelto a Alemania desde los Estados Unidos tras rodar allí tonterías de horror con presupuesto ínfimo, se encontró por fin con una oportunidad para hacer algo serio y hacer patria… dentro de lo viable. El terror nazi no había quedado demasiado atrás: se podía presentar a Hitler como un lunático idealista que no dudó en sacrificar a sus hombres. Los soldados alemanes quedan, en general, retratados como tipos duros y fiables, que sucumbieron al pecado de la obediencia ciega, asumiendo que lo que predicaba el Führer era la Palabra de Dios, alguien que nunca yerra y ve el futuro.

Wisbar, de manera bastante sólida aunque desigual, encadena escenas cortas con notable dinamismo y desenvoltura. Los diálogos de los soldados (sobre su situación, sus rivalidades, su corta vida…) son casi todos estupendos y las secuencias de batalla sobre el gélido paisaje nevado son sobrias y funcionales. Hay elementos de crudo realismo (pero nada demasiado sangriento), imágenes que bordean la abstracción (Stalingrado en ruinas) y otros componentes que remiten a convenciones del cine bélico norteamericano (la típica trama de asedio) y, al mismo tiempo, a cierta estética “de la obviedad” (de influencia rusa, acaso) típica de directores contemporáneos de Wisbar como Pontecorvo (Kapò, 1959) o Wajda (Kanal, 1957).

Como en la reciente El hundimiento (Hirschbiegel, 2004), aquí asistimos también, con un sentido anticipatorio, a los últimos días del nazismo… en suelo ruso. El general Von Paulus, ligeramente más pragmático que Hitler, decidió entregar la cuchara cuando era evidente que se trataba de una batalla perdida. El hundimiento, aquí, fue parcial, a la espera del Desembarco de Normandía: el auténtico y pre-Spielberg.

Lo más (o lo único) enteramente deplorable de la película es el conato de forzadísima historia de amor entre uno de los soldados alemanes y una chica rusa, desarrollado en los primeros momentos y, luego, en un posterior (y detestable) encuentro en la parte final de la obra. Un pedacito de munición melodramática, supongo que con el fin de que saliera una chica en un film bélico tan, claro, de chicos. Una majadería.

La locura del nazismo no se observa en el frente de batalla, no entre los soldados, con los que podemos incluso simpatizar, a los que se puede comprender. Ellos están, los pobres, metidos en un berenjenal de mucho cuidado, obra del Lunático Máximo, el Ambicioso Supremo, el Criminal Universal (Hitler, claro): alguien poderoso y dispuesto a alimentar el fuego de su Purificadora Historia y su Perfecto Futuro mediante carne y huesos de jóvenes alemanes.

Por suerte, vemos y oímos pequeñas muestras de rebelión entre los soldados y mandos alemanes, mientras esperan ser masacrados por los soviéticos. Y es que, como ha señalado hoy (mediados de diciembre de 2009) un espectador del canal televisivo Libertad Digital, mediante un mensaje de texto sobreimpreso durante el programa de César Vidal…

 

Hasta en el Vaticano hay relativistas.

 

Una de las mejores frases (no es broma) que he leído u oído en mi vida. Pues hasta en los ejércitos, al menos en los instantes más críticos y desesperados, hay relativistas. En Stalingrado hubo relativistas. Pero tendrían que haberlo pensado antes de embarcarse en la Nave de los Locos.

 

Epílogo. Películas como La cruz de hierro (Peckinpah, 1977), incluso Uno rojo: división de choque (Fuller, 1980), parecen influidas por Stalingrado: ese pelotón de hombres en sus “últimas piernas” resistiendo y luchando con escasa esperanza, esas rivalidades entre tipos de alta graduación por ver quién es más osado o más honorable, etc.