MIZOGUCHI Kenji (1898-1956)

Chikamatsu monogatari (Los amantes crucificados) (1954: 8.0)

Sombría trama de amantes que huyen juntos (cuando aún no son amantes) de la mansión del Señor.

Curiosa pirueta de Mizoguchi: la esposa del Señor y el criado se enamoran tras escaparse, después de haber decidido emprender la huida casi por pura casualidad. Problemas de deudas en él y hartazgo de ella.

La cercanía, en ocasiones, es mecha para que surja el amor: y esto ocurre en los bosques en los que se internan los dos amantes, una especie de “remake” opuesto o hasta vengativo del primer gran éxito del cine japonés, la deslumbrante Rashomon (Kurosawa).

La primera parte de la película sucede en las estancias de la mansión del Señor: leves escenas, disueltas sin apenas drama. Una sensual quietud dignifica todo cuanto Mizoguchi pone delante de la cámara. La casa es prisión, como señala Bastian Meiresonne (en http://eigagogo.free.fr/Critiques/amants_crucifies.htm), pero al mismo tiempo es protección. Mientras estén en su interior (pese a sumisiones y sospechas, insatisfacción y dificultades económicas), los personajes se sentirán seguros (aun aburridos y oprimidos).

En la segunda mitad, en cambio, los que van a ser amantes salen al exterior: y el exterior es oscuro, tenebroso, incómodo, brumoso; un bosque que no es exactamente una exaltación pastoril de Garcilaso. Fuera, saben que les pillarán antes o después. Y que sus destinos estarán marcados. Nadie les puede ayudar (ni siquiera el padre de él), ya que se expondrían a ser encancelados por colaborar con unos huidos.

No: estos exteriores de Mizoguchi, como los de El intendente Sansho o los de Los cuentos de la luna pálida, no son plácidos ni tranquilizadores. Pueden otorgar cierta sensación de libertad (y liberación) pero es sólo temporal. Después vendrá el enfrentamiento con la historia (Edad Media), la ley (el adulterio) y los malos de película, que además eran muy estúpidos y arrogantes.

Los bosques tienen ese enorme atractivo para la pasión desatada: en películas variopintas como la citada y clásica Rashomon o la reciente y extemporánea Frágil como el mundo (Azevedo Gomes), la sensualidad del bosque es también asesina. El bosque da para mucho:

Pensemos en variantes más o menos mágicas como Brigadoon (Minnelli), El rostro (Bergman), El corazón del bosque (Gutiérrez Aragón), Tasio (Armendáriz), El rey de los niños (Kaige).

O misteriosas como Last Days (Van Sant) o El bosque del luto (Kawase).

O amenazantes y terroríficas como El manantial de la doncella (Bergman), Deliverance (Boorman), Intacto (Fresnadillo), El bosque (Syamalan) o Bosque de sombras (K. Serra).

Lo admirable de Mizoguchi es esa capacidad para combinar pasiones y sensualidad con ritmos pausados y una estética perfecta: los volúmenes ocupando, en sutil armonía, el espacio cinematográfico (el encuadre, el plano). La simetría no forzada de los personajes en relación a los objetos que están a su alrededor. La mala vida retratada en brillante equilibrio cinematográfico. Una tradición de mujeres sufridoras pero valientes que enlaza con Ibsen, Cukor, Fassbinder, Almodóvar y más. Pasiones, sí, pero la procesión va por dentro: orden en el espacio (la profunda puesta en escena y la colocación de personajes en su entorno y de la propia cámara) y en el tiempo (el “timing” y sucesión de secuencias es fluido y delicioso).

Mizoguchi y la liberación de la mujer en el Japón de los años cincuenta. Pero el tono no es reivindicativo y la concreción de personas y contexto queda en ocasiones diluido: en escenas como la de la barca, que apenas se entrevé, existe una búsqueda de lo abstracto o simbólico. Los exteriores son románticos pero no subrayados ni esperanzados. La música y percusiones empleadas en la película están en matizada conjunción con la trama y sus instantes de gozo o sufrimiento.

Correr para vivir. A los amantes, a nuestros héroes, a los “buenos”, los persiguen los potentados y sabemos quién ganará la partida. El suicidio o la prostitución serían, en Mizoguchi, mejores opciones que renunciar a la libertad del amor entre él y ella. Preferible a vivir de rodillas y por separado.

Clasicismo pasional;

Sensualidad formalista;

Pictóricas liberaciones y sufrimientos:

mizoguchismo.