ARGENTO Dario (1940-_)

Profondo rosso (Rojo oscuro) (1975: 7.5)

En el capítulo 7 de su libro sobre Roberto Rossellini (Roberto Rossellini), acerca de  Germania, anno zero, José L. Guarner señala que es una película de horror. Y unas páginas más adelante, reflexiona sobre esa acción horrorífica (mis “negritas”):

 

Esta progresión brusca y desigual, que no tiene nada que ver con las facilidades melodramáticas de buena parte del cine, nace directamente de la misma preocupación sintética de Paisà, de la misma voluntad de despojamiento de la realidad para llegar a lo esencial.

 

Extremos de un segmento. El arte de Dario Argento es radicalmente opuesto al de Rossellini. ¿Facilidades melodramáticas? Todas. ¿Preocupación sintética? Ninguna. ¿Despojamiento de la realidad? En absoluto. ¿Lo esencial? ¿Lo… qué?

El arte de Argento, en Profondo rosso, es barroco y excesivo, siniestro y se manifiesta a golpes explícitos. Es impactante y misterioso. La trama es un lío, infumable. Como en El pájaro de las plumas de cristal pero con elementos más góticos, componentes criminales más “gore”, una brillante conjunción de banda sonora (rock progresivo, ruidos) e imágenes exuberantes. Como El pájaro de las plumas de cristal, cierto, pero más “argentiano”: el director tratando de poner todos los puntos sobre sus íes. Buscando sus íes, de hecho. Los toques godardianos (juegos de coreografía y seducción de la periodista, Daria Nicolodi, para atraer al protagonista, David Hemmings) son más bien anecdóticos: estaban de moda.

Argento sabe qué hacer con la cámara: la coloca en todos los sitios posibles: picados, reflejos, contrapicados, primerísimos planos, insertos, etc. Sabe cómo jugar con pasillos, escaleras, ventanas y espejos. Sabe hacerlo todo pero, además, quiere que el espectador se entere y se admire. No es un cine de síntesis, vive Dios: es de catarsis, desahogo, truculencia.

Surge del genio de Hitchcock (Psicosis, etc.) pero, donde Hitchcock aludía, cortaba y precisaba, Argento muestra, epata, desconcierta y emborrona. La influencia de Blow-Up de Antonioni vuelve a ser, como en El pájaro de las plumas de cristal (y en el primer cine de T. Brass y en tantas obras obras), abrumadora: la realidad como algo interpretable, nunca asible. La trama es casi exacta en ambas películas. Un personaje no recuerda un elemento del crimen inicial que es clave para resolver el enigma (quién es el asesino). La realidad, pues, como en aquel Antonioni y, por supuesto, en el primer Brian de Palma, es dinámica y difícil de registrar con veracidad y fiabilidad.

El subjetivismo de Argento clama al cielo (y choca, a poco que se comparen, con las analíticas, más objetivas e hiperrealistas representaciones de Cronenberg: Scanners, Videodrome, etc.): dado que los hechos sólo son sabidos por los testigos que los presencian, si estos son poco fiables u olvidadizos, los hechos “tal y como sucedieron” serán siempre ambiguos y nunca evidentes, nunca “hechos”. Siempre hay espacio y tiempo, en Argento, para el “twist” final, para las “nuevas revelaciones” y el repentino recuerdo que asalta al protagonista. Así se ha convertido, por cierto, el mundo de la información en nuestro país, España (escribo desde finales del año 2009). Es tal el descrédito de lo real que los periodistas consideran un “ascenso”, un mérito en sus carreras, dejar de escribir crónicas, noticias y reportajes y pasar a opinar sin desmayo sobre todo: cambio climático y obispos; píldora del día después y estatuto catalán. Vale todo, siempre que haya “nuevas revelaciones” y capacidad conspirativa. Argento está triunfando en el siglo XXI, quién se lo habría dicho, pero no en el mundo del arte cinematográfico sino en la realidad de ahí fuera. Todo un síntoma.

Se me ocurre una torpe comparación. Este estupendo cine de Argento es como el arte futbolístico y vital de Cristiano Ronaldo: exuberancia, petulancia y arbitrariedad, escorzos, talento visual e intensidad. Belleza encima de la mesa, ninguna matización. Visceralidad brutal. Hambre de escándalo y de gol (de impacto y sangre).

¿Los peligros de un cine tan atrevido, inventivo, confuso y rico en emanaciones (de todo tipo) como Profondo rosso? En 1975 seguramente fuese mayor su capacidad de sorpresa, distinción y heterodoxia. Pero, desde el hoy, estos podrían ser los riesgos argentianos:

1)                         Savater, en su artículo “Indiferencias indiferentes” (El País, diciembre de 2009), escribe sobre una “utilización ornamental de lo diverso [que] le ha robado toda dimensión subversiva o iconoclasta”.

2)                        El director portugués Oliveira le responde a G. Belinchón (entrevista en El País, diciembre de 2009):

 

¿Tú mueves la cabeza a lo loco para mirar algo? No, las cosas se mueven delante de ti, y tú las sigues a veces en una panorámica. Eso de los directores que alardean de trucos técnicos... no, no… La técnica no pertenece a la expresión. Y el arte sí pertenece a la expresión, a la vida. El arte es pensamiento, imaginación, sentimiento... Ahí no entra la técnica.

 

3)                        R. Argullol, en su artículo “Arte entre tiburones” (El País, diciembre de 2009), habla de a) “la confusión del estilo artístico con la marca comercial”, b) “el desinterés por el talento artístico a favor de la ‘capacidad de impacto’”, y c) “…las antípodas de la vanguardia, sin inconformismo espiritual alguno, el arte oficioso que resulta de estos mecanismos de selección es un arte acomodaticio y servil”.

 

Sin caer Argento, al menos en Profondo rosso no de modo definitivo según mi raquítico parecer (ya ha llovido desde 1975), en los abismos irrelevantes de estas tres tentaciones excesivas, sí se adivina que la “marca Argento” estaba en camino de convertirse en salvoconducto artístico, para bien o para mal. En todo caso, lo que eleva y salva a este Profondo rosso (vitoreada tras su fin, en los cines Doré, por sus fans maquillados y vestidos de negro, qué cachondos) es su incendiaria y onírica estética y su opulenta profusión de motivos cargados, siniestros (infantiles) y, ciertamente, sorprendentes.

Cuenta atrás: comprobar qué fue de este Argento en los años ochenta y noventa; verificar si la técnica, el ornamento, la marca y la capacidad de impacto se comieron todo lo demás… Un “demás”, por cierto, que ahora mismo ya no sé ni cómo puede definirse. O quizá no haya nada más.