DREYER Carl Theodor (1889-1968)

La passion de Jeanne d’Arc (La pasión de Juana de Arco) (1928: 7.0)

Una crítica merecedora de ese nombre (aunque yo no escriba, propiamente, “críticas”) habría de revelar, entre otras cosas, un ánimo de aspirar a ciertas parcelas de objetividad, aromatizado, eso sí (condición ineludible de una crítica que no quiera ser un engendro académico), con una esencia de burbujeante subjetividad que no podemos ni debemos silenciar, si es que queremos ser sinceros. Es decir, ese aroma conjunto vendría dado, por un lado, por un propósito de honradez y rigor y, por otro, por un revestimiento de un espadachín y justiciero entusiasmo.

Esto viene a cuento, aunque parezca mentira, de La pasión de Juana de Arco, del maestro danés Dreyer, película legendaria en la historia del cine y que, por tanto, parece obligar al espectador, al menos al cinéfilo (yo creo ser un cinéfilo, sí), a la postración sin objeciones. Pero, ya digo, por mucho que queramos afinar y adaptarnos al deber del prestigio, la excelencia y la relevancia (tres rasgos de esta obra de arte de Dreyer), surge la respuesta instintiva que, en este caso, me invalida para hablar maravillas de tan magnificencia estética y acaso ética.

Mi entusiasmo es relativo, vaya: no me puedo obligar a escribir que he disfrutado con esta película más de lo que, en verdad, he disfrutado, que no es poco pero tampoco una barbaridad. Modestamente, La pasión de Juana de Arco se me presenta hoy como un originalísimo teatro de operaciones donde Dreyer estaba aprendiendo e inventando el arte cinematográfico, campo de entrenamiento extraordinario para poder realizar, años más tarde, obras maestras como Ordet (más asentada, menos ambiciosa: que sí me llega y me emociona y me entusiasma).

 

Nacida el 6 de enero de 1412, en Domrémy (Vosgos) en el seno de una familia campesina, Juana no aprendió a leer ni escribir. A los trece años afirmó haber escuchado en el jardín de sus padres las voces de San Miguel, Santa Margarita y Santa Catalina, que le pedían salvar al Delfín de Francia de la amenaza inglesa y conducir los ejércitos franceses a la reconquista de Orléans. Acompañada de seis hombres de armas, parte el 29 de febrero de 1429 hacia Chinon, donde intenta convencer al Delfín de la veracidad de su misión. Logrado su objetivo, ese mismo año es armada caballero y emprende con éxito la liberación de Orléans. Promovió entonces la coronación del Delfín como Carlos VII, realizada en Reims el 17 de julio de 1429, permaneciendo Juana a su lado.

 

La passion de Juana de Arco es como un cuadro de Zurbarán al que le hubiesen inyectado dosis no pequeñas de Caravaggio.

Qué recovecos lleva a cabo la cámara, qué desmesurado patetismo, qué planos suicidas; escorzos, desproporciones; película de planos intensos, no de escenas; carece de una natural puesta en escena, inviable, secundaria ante el huracán del montaje (eran años de preponderancia del montaje).

La Iglesia. Dios. El diablo. Locura o brujería o misticismo. Patriotismo, Juana como soldado de Cristo. Juana: Renée Falconetti se esfuerza al máximo por obtener altas cotas de alucinación, como drogada o ida, martirizada por sus jueces: pero ella busca ese martirio tanto como ellos para ella.

(Continuadores o admiradores, a ratos, de este Dreyer: Tarkovski, Bergman, Welles, Bresson, Pasolini; acaso Fassbinder o Aronofsky)

Fascinantes composiciones escoradas, desequilibradas: el humano no es el centro del mundo, del encuadre, está de lado o perfil, o sólo vemos su cabeza, o aparece inclinado y fotografiado contra una pared blanca, el humano superado por el calibre cósmico y todopoderoso de los dioses, el Dios nombrado en el film y el dios que está detrás de la cámara, elaborando y modelando con toda su atención y mimo una obra de arte imperecedera.

Aunque a mí, repito, no me encandila este cine; lo admiro, celebro y pregono, si hace falta, como insólito y bello arte cinematográfico. Y en honor a la propuesta original de Dreyer, vi la película sin sonido, sin las músicas que se añadieron en versiones posteriores. Un absoluto silencio para mejor advertir las conductas y palabras (intertituladas) de los captores eclesiásticos y del barroco sufrimiento de ella, incapaz de luchar por su propia vida, de salvar su cuerpo de las llamas.

Durante unos instantes sí está salvada, pues firma un documento que sirve para evitar la muerte y la excomunión, aunque es condenada a cadena perpetua, a pan y agua, salvando su vida y su alma, como le dicen los malhechores de la cinta (prelados de la Iglesia).

Pero, en éxtasis de primeros planos, Juana se retracta: “soy la elegida del Señor”, admite. ¿La hoguera de las vanidades de Juana de Arco? Los inquisidores no han de permitir que una joven chica peinada como un hombre se autodenomine enviada de Dios. Los paralelismos con Jesucristo son demasiado acusados. Pero a Juana no le importa, la apóstata y hereje Juana de Arco entona su viva la muerte.

 

Un año más tarde es capturada en Compiegne por tropas del duque de Borgoña y vendida a los ingleses. Prisionera, se le hace comparecer en Rouen ante el tribunal de Pierre Cauchon, obispo de Beuvais, acusada de bruja y hereje. Se alega por parte de sus enemigos ingleses y de sus aliados franceses que la coronación de Carlos VII es una obra de brujería y que, por tanto, es nula de derecho. Tras un proceso de tres meses, es condenada el 24 de mayo de 1431 a ser quemada viva, muriendo el 30 de ese mismo mes. Las actas del proceso demuestran que se trató de un juicio sin opciones de defensa y una acusación basada en argumentos endebles. Carlos VII no realizó ninguna acción a favor suyo.

 

Más que narrar, Dreyer dramatiza artísticamente un acontecimiento histórico y simbólico con asombrosa originalidad, buscando nuevos caminos en pos de acercar el rostro del sufrimiento, la ceguera o el espanto a la superficie del plano, al espectador.

Purificación. Arde Juana. La gente, el pueblo la mira entristecido, resignado, vemos también sus rostros, uno a uno, patetismo estético. Y uno grita: “¡Habéis quemado a una santa!” Inicio de la leyenda. “Print the legend” (como en Ford). Leyenda demasiado artística para mi gusto. Pero el pueblo se rebela, se amotina, y es reprimido con violencia en la ciudad francesa de Rouen. Arden las pérdidas, como diría Gamoneda.

 

Rehabilitada el 7 de julio de 1456 por una comisión pontificia, su culto se focalizó en Orléans, siendo posteriormente beatificada y canonizada. A partir de la derrota francesa de 1870, Juana se convierte en heroína y santa nacional. La telegrafía y la radio se encuentran bajo su patronazgo, a causa de las voces que la leyenda dice que oía en su jardín. Fue beatificada por Pío XII el 18 de abril de 1909 y canonizada, tras la victoria de los aliados sobre Alemania, el 16 de mayo de 1920. Segunda patrona de Francia, después de la Virgen de la Asunción, lo es también de Orléans y de Rouen.

 

(Citas tomadas de los contenidos suplementarios del DVD La pasión de Juana de Arco, que alquilé gratis en la Biblioteca Pública del Retiro, Madrid)