LEROI Francis (1942-2002)

EMMANUELLE IN VENICE (EMMANUELLE EN VENECIA) (1993: 2.0)

La saga de Emmanuelle ha sido de las más fructíferas, cuantitativamente, en la historia de los audiovisuales. En los noventa, cuando el mito declinaba y el porno se ponía como una moto, aún había realizadores como el parisino Francis Leroi que vivían de este erotismo de altos vuelos sin penetraciones ni cuidadores de piscinas.

El glamour y la elegancia se veían obligados a estrechar vínculos (y algo más) con el morbo, diseñado entre hombre y mujer o entre dos mujeres. Los aviones y el champán, el vestuario de color blanco y la última moda de París, las criadas sumisas y el “spleen” de la clase aristócrata eran componentes que posibilitaban un cine de esta catadura. Digamos que Emmanuelle en Venecia es un cruce entre Tormenta entre dos pasiones e Historia de O. Es decir, entre el erotismo fetichista y cosmopolita (que no mostraba penes ni implicaba actos sexuales verdaderos) que se paseaba ensimismado entre las grandes urbes del universo (Venecia y París, Nueva York o Milán) y la necesidad de ofrecer asideros morales, maduros y hasta políticamente correctos al conjunto.

Sobre este último respecto, es evidente: la mujer (como símbolo, no hablamos de todas las mujeres) se había liberado por la orilla oscura del desnudo y la entrepierna, sin que nadie (o pocos) le pidiera cuentas sobre otro tipo de desahogos más críticos o intelectuales. La otra pata del banco era la liberación de la tarjeta de crédito, esencial en un “mundo libre y sin trabas” para comprarse los mejores vestidos, la más gloriosa lencería y el caviar más exquisito.

Mujeres atractivas como la veterana Sylvia Kristel, que ya no se quitaba la ropa, o jóvenes valores (siempre los hay: la mujer es, en 2009, un objeto de decoración y placer como nunca antes) como Marcela Walerstein, querían vivir la vida, sabiendo que en la cama estaban en igualdad de condiciones con sus parejas (incluso a veces los acobardaban) y sospechando que para una marcha óptima del universo del lujoso glamour y la sensual riqueza era necesario consumir. Hasta que consumir se convirtiera en hobby y costumbre, es decir, en elemento no marcado.

El componente políticamente correcto viene, también, en este caso ofrecido por un final digno de Slumdog Millionaire, con dos de las protagonistas volando a la India, y viendo allí cómo un apuesto médico cura a los pobres niños indios de heridas y malformaciones. Además se hace referencia al colonialismo, qué barbaridad: y es que gentes como Leroi o la propia Kristel debían de haber comprendido que dos tetas bien puestas, un liguero mágico, una romántica música enfática y un joven viril ya no eran asideros suficientes para obtener el beneplácito de los públicos más conscientes de la multiculturalidad del ancho mundo. Había que ser tolerantes, es decir: tolerar (aunque fuera tapándose la nariz o cerrando los ojos) lo diverso (incluso en lo sexual) pero defender, con uñas, dientes, pezones y MasterCard, la fuerza innata del sexo y el dinero, las dos formas de poder más perdurables.

Emmanuelle à Venice (título francés que también es el original) es cine malo, nefasto, que no puede verse sin pulsar el “fast-forward” varias veces. De hecho, no es cine, es un producto televisivo de bajo presupuesto rodado a la velocidad de la luz (se adivina).

La curiosidad de este entrometido escribiente (aquí hablo de mí, claro) tiene pocos límites. En el quiosco de la esquina había adquirido esta mañana el DVD que incluía la cinta de Leroi, además de La piscina y Y Dios creó la mujer, por el hermoso precio de 3 euros. Tan innegable oferta forma parte de la promoción llamada “Grandes clásicos: cine de medianoche III”.

Mamma mía: más que hablar de Venecia, aquí apetecería gemir: “¡Ven, necia!”.