WAJDA Andrzej (1926-_)

Popiól i diamenti (Cenizas y diamantes) (1958: 8.0)

Maciek, el idealista patriótico o ingenuo terrorista cuyo objetivo es asesinar a un líder comunista en la Polonia que a trancas y barrancas zanjaba la Segunda Guerra Mundial, está interpretado por Zbigniew Cybulski de una manera graciosamente moderna e impostadamente sentimental. Cybulski es como James Dean pero es más: es Dean trasmutado en el Belmondo de Al final de la escapada. Su personaje no está plenamente integrado en la trama: sobresale.

Cenizas y diamantes, de indudables tintes conradianos (Under Western Eyes), es previa a la explosiva obra de Godard: pero intuye ya elementos que serían, como suele decirse, santo y seña de la Nueva Ola francesa, y sobre todo de Godard. El toque imprevisto y atrevido, el baile irreverente o la gestualidad del clown o bufón. La sequedad elíptica de las acciones (violentas o no) contrastando con nuevas formas de observar las relaciones de pareja (véase la escena de amor entre los dos protagonistas: la cámara sobre sus rostros y torsos y fundiéndose para volver a ellos, sin mostrarlos por entero). Un tono de mofa solemne o de  sarcástica mueca emotiva.

Porque, siendo verdad que Cenizas y diamantes bebe sorbitos del cine de Rossellini (Te querré siempre, por supuesto), que aspira también a impactar con la posición de la cámara respecto de objetos y personas (expresionismo, histrionismo) y que, a su vez, contiene elementos más tradicionales del teatro (caricatura, cierta sobreactuación acaso), lo cierto es que vista hoy día (finales del año 2009) lo que le otorga una aureola más creativa, sorprendente y sugestiva es, a mi modo de ver, ese aire fresco y renovador que, en especial, consigue gracias a la interpretación de Cybulski y a las maniobras de la cámara respecto del actor: en piruetas de un barroquismo menos dulce que siniestro.

Al lado de Cybulski vemos a la bella (parece frágil, parece dura) Ewa Krzyzewska, a quien ya había admirado en Faraón, obra posterior (de Kawalerowicz). Ella adivina que su amor con Maciek será corto y trágico; sabe (lo vemos en su rostro, nunca desahogado, nunca alegre, siempre anticipando el desastre) que las horas con él van a ser únicas, un diamante de amor en un tiempo de cenizas.

La demorada muerte de Maciek (en movimiento, tropezando) tiene, de nuevo, algo de la de Belmondo en Al final de la escapada. Opino que Wajda se columpia estupendamente en un momento de encrucijadas estéticas y morales, también en el campo del cine. El cine negro (el asesino, el enamoramiento, la mujer, la pistola, el hombre atrapado, el arrepentimiento, la imposibilidad de la renuncia…) mezclando de una manera notable con preocupaciones históricas, nacionales, artísticas y cinematográficas; con momentos de sardónico humorismo (el banquete borracho) y de tenebrosas alianzas (los dos muertos rossellinianos en el templo).

La Polonia del joven Wajda se levantaba frente a los nazis y se hacía, en parte, comunista, aunque al mismo tiempo surgían los brotes nacionalistas que, vistos hoy, incluso en su vertiente más violenta, parecen simbolizar la libertad nunca instaurada. Lo que acaso hubiese implicado, vaya, que el James Dean polaco (seguramente un facha, pero un facha atractivo), tras asesinar a la autoridad, nunca hubiese sido asesinado. Por los suyos. Europeos como nosotros.