ARCAND Denys (1941-_)

L'âge des ténèbres (La edad de la ignorancia) (2007: 8.0)

Al protagonista masculino del film, el extraordinario actor Marc Lebrèche, le crecen… las enanas.

Sueña con ellas: mujeres deseables como Diane Kruger, Caroline Néron, Emma de Caunes o Macha Grenon. Su esposa no le hace ni caso (él tampoco a ella), preocupada en exclusiva por ser la agente inmobiliaria más popular y ricachona del Canadá.

Él sueña, dormido y despierto, con ellas. Fantasea con escenarios más o menos exóticos (algunos dignos de filmes eróticos o porno de Joe D’Amato o Marco Damiano): allí ellas están con poca ropa y a su entera disposición y, además, no son sólo extremadamente atractivas sino que encima son amables y se interesan por él, por su trabajo y problemas. Y él disfruta del sexo libre con estas hembras fogosas mientras gana premios literarios, es aplaudido en la Ceremonia de los Oscars o tiene veladas románticas al amparo de una hoguera que no se extingue…

O sólo lo hace cuando Jean-Marc (Lebrèche) se despierta o le despiertan, devolviéndole a su insípido y cruel empleo, a los atascos infernales en las carreteras de Quebec o las frías conversaciones con sus hijas adolescentes.

El infierno sí son los otros. La carne y hueso del mundo real. Carne de móvil, American Express y MP3.

Claro que el gran Denys Arcand, visto el panorama, no hace el capullo creándole a Jean-Marc el universo ficticio de Matrix, el “auténtico mundo real” (paralelo al nuestro) o cualquier otra mamarrachada. Arcand, en cambio, a la desesperación real de su antihéroe sólo le ofrece como salida de emergencia la huida del hogar. El refugio en una casita a la orilla del mar, lejos de zozobras, ambiciones, fracasos y, por supuesto, ensoñaciones. Y más en contacto con la naturaleza y con lo esencial.

Esta feroz comedia de Arcand es imperfecta (las secuencias de la corte y el torneo medievales se hacen largas) y caricaturesca (hiperrealismo emocional a la manera de un T. Solondz) pero inmensamente lúcida: casi asusta. Presenta un mundo occidental (la civilizadísima y simpática Canadá) infeliz y ensimismado, donde la comunicación no existe como tal, el saber se ha relegado lejos del Top 10 (no es útil) y las frustraciones se acumulan. La imagen arcandiana es nítida y afilada; su humor es ácido y sarcástico; su sátira de la sociedad bienpensante y políticamente correcta y, al mismo tiempo, obsesionada con el “yo”, el consumo, el triunfo, el culto al cuerpo y la velocidad, es descorazonadora.

Donde el más desigual y previsible Loach (Buscando a Eric) se vuelve más capriano e integrador, Arcand prefiere la ruptura casi como de un Houellebecq (Ampliación del campo de batalla) o Coetzee (Desgracia). O incluso un Vila-Matas (El viaje vertical).

Donde el más divertido Woody Allen (Si la cosa funciona) o el más positivo Becker (Conversaciones con mi jardinero) nos incitan a adaptarnos, más pragmáticamente, pese a “todo lo demás”, Arcand pega un corte de mangas y termina su film convirtiendo unas piezas de fruta en un bodegón pictórico, una fuga radical hacia el refugio tranquilo del arte clásico.

Allí donde un Schumacher (Un día de furia), un Assayas (Demonlover) o un Costa Gavras (Arcadia) diseñan violencia como consecuencia y veredicto de los fracasos, desigualdades e injusticias, el canadiense prefiere que su héroe sueñe y luego se escape, asumiendo que ni la desdichada adaptación social (decir amén) ni los brotes asesinos (casi terroristas) son morales ni útiles para luchar contra el Sistema (económico, social y político).

Allí donde Eastwood (Gran Torino) o su compatriota Cronenberg (Una historia de violencia) dotan a sus héroes de ciertos asideros humanos de épica y coraje, incluso en los peores momentos y pese al profundo asco que se destila, Arcand sorprende dejando que su protagonista escape, sin lírica ni garra ni heroísmo, de su casa y familia alejándose  tranquilamente andando por la calle y amenazando de palabra (tan sólo) a su nada santa esposa.

La edad de la ignorancia es una película contemporánea que, pese a sus múltiples recreaciones (los sueños o “role-plays” del protagonista), es una tremebunda y sarcástica radiografía que gustará más a los hombres (burguesía más o menos ilustrada) que a las mujeres. Allí donde ellas suelen hacer un mayor esfuerzo por poner parches, resistir, tender puentes y adaptarse a la realidad, tipos como el personaje principal de Arcand se evade (imaginando), se rinde o, finalmente, se harta y huye: no necesariamente hacia delante.

 

Epílogo 1 (para pensárselo). En otra magnífica historia gráfica de la iraní Marjane Satrapi (Bordados, traducida al español por M. Domínguez), vemos cómo las mujeres iraníes alegre y sutilmente “airean el corazón” mientras los hombres duermen la siesta. Una de las deliciosas mujeres que pueblan el cómic (y el universo amargo, gracioso y dulce de Satrapi), hablando de sexo con las demás, exclama airada (mis “negritas”):

 

¿Y por qué somos las mujeres las que debemos permanecer vírgenes? ¿Por qué hay que sufrir ese martirio para satisfacer a un gilipollas? ¡Porque el hombre que le exige la virginidad a una mujer no es nada más que un gilipollas! ¿Por qué no hacemos como los occidentales? Ellos, como no tienen problemas de ese tipo, pueden pensar en otras cosas. ¡Y por eso progresan!

 

Epílogo 2 (para reír o llorar… o pensárselo). En la grandiosa antología de viñetas del genio español Chumy Chúmez (Del silencio al grito), hay numerosos dibujos brillantísimos  (misántropos, crueles, clínicos, absurdos, cínicos, nihilistas, hartos, desesperados…) que desprenden un terrorífico y característico hedor a misoginia. Además, sobre todo con el paso de las viñetas y de los años, se adivina y se huele un desencanto veraz y furibundo. Recuerdo, por ejemplo, estas dos (originalmente publicadas en Diario 16):

En la primera, un marido y su mujer observan en el televisor el culo desnudo de un hombre que sostiene un libro. Él dice: “Me gustan estos programas de cultura que sólo ofrecen traseros intelectuales”. Ella le da la razón: “Esto ya es otra cosa”.

En la segunda vemos a un pordiosero apoyado en una pared, y portando un gran cartel:

 

Cambio puesto de trabajo por obras completas de Marx, Engels, Lenin y Stalin encuadernadas en piel de burgués.

 

Declive, invasiones bárbaras, edad de las tinieblas, qué hay después… ¿Traseros burgueses, pieles intelectuales, progresos de qué tipo, Arcand? ¿O ha de volver Jesucristo?