ROSSELLINI Roberto (1906-1977)

Francesco, giullare di Dio (Francisco, juglar de Dios) (1950: 9.0)

Francisco, juglar de Dios me sume en la perplejidad.

No sé qué pensar ni qué sentir.

¿Película religiosa? No si filmes religiosos son La túnica sagrada, Rey de reyes e Isidro, el labrador.

“¿De qué va?”, me han preguntado (pero no respondo: ya está bien de tanto dogma sobredimensionado).

¿No es este film sobre San Francisco de Asís? Sí pero...

…Pero es preferible, como en la película sobre el evangelio de San Mateo de Pasolini, quitarle el “san”. Es una obra en la que sale el famoso Francisco, sí, el santo. Un juglar de Dios.

Y un juglar es feliz e intenta hacer felices a los demás. Canta, baila. No se complica la vida ni se la complica a los otros.

Francesco, giullare di Dio, de 1950, me desarma tanto como El canto de los pájaros (de Albert Serra), casi sesenta años posterior, y posiblemente el cine más testarudo y libérrimo que producimos en este país.

La película de Rossellini muestra a un director en estado de gracia divina: divina de la vida, con los pies en la tierra. La religión auténtica (como en McCarey) no tiene por qué de ser de ropajes, apogeos y solemnidad; ni de pompa, severidad y ceremonia. El cristianismo de Rossellini no es vaticano ni hipócrita ni lujoso. Ni de éxtasis laboriosos, sacrificios intensos o conspiraciones de silencio.

La religión de Francisco y Rossellini es afable, amable, sobria y alegre (como la de mi tío cura Santiago, que viva muchos años más). Así uno puede identificarse. Claro que la afabilidad va unida a la extrema humildad. La amabilidad a la devoción. La sobriedad al desinterés. Y la alegría al trabajo. La austeridad y el predominio de las acciones y las ideas sobre la apariencia y la palabrería son cuestiones ágiles e insobornables.

Los personajes de esta película a veces corren todos juntos en una misma dirección: Rossellini los recoge a todos dentro del plano, encuadre amplio pero no pretencioso. No para que se vea el paisaje sino para que exista una fusión perfecta y natural entre los hombres y su entorno: que no es sólo “contexto” sino el lugar donde estos tipos modestos, más bien ignorantes y estrambóticos, creyentes y joviales, ponen sus pies y sus manos. El suelo, la tierra, los animales, el agua, las piedras, la hierba, bajo el sol, bajo el cielo.

Veo a un tipo con insólita armadura (el “malo” Aldo Frabrizi), poderoso fantoche de otro mundo. A uno de los frailes que va con Francesco siendo perseguido y hostigado por las gentes: saltando, cual irresponsable acróbata. Veo a otro fraile descendiendo una cuesta corriendo detrás de una cuba que parece viva: casi surrealismo. Veo a un fraile tratando de coger un marrano. Veo a otro echando palos en la tinaja de comida. Imágenes de una espontaneidad insólita. De una gracia innata, casi absurda. No sé cómo alguien, ni siquiera Rossellini, pudo “pensar” una película tan sencilla y directa y, al mismo tiempo, alucinante:

Pues carece de trama fuerte y del “excitement” típico de las producciones anglosajonas (cine tan alabado por su “excited” crítica). No hay héroe ni forzado humor; no hay subrayados dramáticos de ninguna condición. No hay ningún poderoso propósito ni parece que exista una extraordinaria motivación. Eso tan norteamericano (ahora se diría que planetario) de: “para hacer una gran película primero hay que encontrar una buena historia”. No, señor, no es obligatorio.

La ambientación es mínima pero la fluidez es máxima. Como señalaba José L. Guarner en su libro Roberto Rossellini, Francisco, giullare di Dio es “sobre la armonía”. No una película de formas armónicas, sino, justamente, “acerca de” la humana armonía. Todo es forma y todo es contenido: en Rossellini (como en Ozu, S. Ray, Renoir o Ford), de la manera más pura. Los personajes (frailes) realizan sus modestas tareas y los vemos haciendo lo que hacen. Que no es mucho: pero los vemos haciéndolo. La cámara los enfoca con equilibrio mas ni de cerca ni de lejos, a la distancia y encuadre justos: y “justicia” es una palabra clave en el cine de Rossellini (también en Bresson, pero en él la estilización y el detalle restan naturalidad y añaden matemática y misterio).

La “prodigiosa naturalidad” (de la que habla Guarner) radica en que no se advierte ningún esfuerzo de puesta en escena, montaje o guión: más bien estampas o anécdotas de la vida de S. Francisco, no muy diferentes de las que disfrutábamos los que de pequeños leíamos las divertidas y golosas aventuras de Fray Perico y su borrico. La grandeza nada vanidosa, y casi inexplicable, de Rossellini es que Francisco, juglar de dios pueda estar tan cerca de los filmes filosóficos y vitales de Bergman como de los libros para niños de Juan Muñoz Martín.

(Quizás no sea tan grande esta película, a mi modo de ver, como alguna otra de Rossellini, por cierta ausencia, en comparación con títulos capitales como Alemania, año cero o Roma, ciudad abierta, de histórica enjundia, por decirlo de alguna manera... Pero ni siquiera estoy convencido de esto último).

Lo más experimental y, para mí, incluso conmovedor de este cine es su sencillez argumental, su desnudez retórica (en tanto que “imágenes de persuasión”) y su propuesta tan leve a medio camino entre el ligero ensayo, el falso documental (sin ningún énfasis) o la “mala historia” (por llevar la contraria a Hollywood y sus universalistas sucursales culturales y críticas) convertida en feliz película trascendente en su intrascendencia y, sin lugar a dudas, indestructible.

 

Apunte penúltimo: el gran Eric Rohmer ha muerto hoy (11 de enero de 2009). Acaso sea su cine el que, en muchos aspectos, más se me ha parecido al de Rossellini. La inteligencia sensible. La humildad libre. La justicia de los comportamientos y las palabras. Los conflictos del verbo y la carne. Descanse en paz (en el informativo del canal de televisión Cuatro, quizá el mejor de los privados “en abierto”, han dedicado algunos segundos más a celebrar los “remakes de Hollywood” que a glosar la pérdida de uno de los mayores directores de la historia del cine. ¡Y eso que lo presentaba el gran I. Gabilondo! Todo un síntoma de bajeza, pereza o desconocimiento).

Apunte último: no he leído en ninguna entrevista que ningún director español de la nueva (o no tan nueva) hornada admita influencias (aparte de F. Vega) o, al menos, reconozca admirar el cine de Rohmer (o de Rossellini). Sí he leído, en cambio, en un reportaje por todo lo alto (diseño, pose, chulería) en El País Semanal (quizá de noviembre de 2009), titulado “Fuga de talentos” (cineastas y actores españoles), estas soflamas de una intelectualidad podrida: “Hollywood ha descubierto España. Y está dispuesta a absorber todas sus ideas… Actores, autores y renovadores del género fantástico aprenden a rentabilizar sus orígenes”.

…Donde lo peor no es ese reaccionario y colonial “Hollywood ha descubierto España”, sino ese latiguillo tan calculador y repugnante de “rentabilizar sus orígenes”…

Acaso lo más anti-rosselliniano (y anti-rohmeriano) que se haya dicho nunca.