HANEKE Michael (1942-_)

Das Weisse Band (La cinta blanca) (2009: 9.5)

Hace unos años, y tras un recital del Barça en el Santiago Bernabeu, el diario AS abrió su primera página con un gran titular: “Ronaldinho es un ser superior”.

Un día después de haber presenciado, en blanco y negro inmaculado, medido, perfecto, grandioso, La cinta blanca, no es un disparate escribir que Haneke es un ser superior.

En la hoja informativa de los cines Ideal viene una entrevista con el director austríaco. Apunta Haneke: “Si se considera un principio o un ideal como algo absoluto, sea político o religioso, se convierte en inhumano y lleva al terrorismo”. Miles de ejemplos: de ETA a Bush, de Tarantino (terrorismo fílmico: la Imagen como absoluto) al nazismo. En un pueblo alemán, que pinta y recrea Haneke de manera magistral y matizada, justo antes de la Primera Guerra Mundial, el absoluto de la educación estricta y protestante, llevada al extremo culpable e hipócrita, termina en terrorismo adolescente. Que siguen el ejemplo radical de sus mayores: castigar al malo (al raro, al diferente o débil), sumisión al bueno (el poderoso, el que nos da miedo). Corrupción de las almas y de los cuerpos.

En la citada hoja de los cines, justifica el autor austríaco su elección de un narrador y del blanco y negro para crear cierto “distanciamiento”. Puro Haneke: para los que conocemos sus demás películas, sabemos que la intensidad y precisión del realizador se subordinan siempre (o casi siempre) a un efecto de extrañamiento, de no identificación del espectador. Haneke no quiere que nos durmamos. Nos quiere atentos: no meramente pasivos sino analistas de lo que vemos y oímos. El blanco y negro y el narrador funcionan, así, de forma asombrosa, marcando una distancia que no permiten que ni la simpatía ni el “excitement” (muchas veces una demagógica divisa, clave en Hollywood y en general en el cine comercial) marquen el rumbo de los acontecimientos y manejen a su antojo los sentimientos (filias, fobias) de los espectadores.

Continúa el director, apuntando cómo en nuestra sociedad “no puede obviarse el tema de la violencia”. Nunca la ha obviado, Haneke. Todo lo que no sea morir por muerte natural es violencia: no sólo la del que mata con pistola o machete, sino la del que es descuartizado por otro vehículo o del que se cae (por negligencia o explotación) de un andamio. Haneke maneja los tiempos de la violencia y la opresión, en La cinta blanca, con majestuosidad y ocultación. Lo que nos tememos, lo que nos imaginamos, es mucho más terrible que lo que vemos (y asistimos a algunos momentos terribles, en escenas aparentemente anecdóticas: los niños a la orilla del lago y varias decenas más). Las tiranías no se perfeccionan sin una violencia previa, sin una violencia constante.

Dice, además, Haneke: “Si se elige bien al intérprete, el personaje suele funcionar dentro de la situación”. Elecciones fantásticas, una vez más: actores y actrices excelsos como Ulrich Tukur y Ursina Lardi, como Leonie Benesch o Rainer Bock, como Burghart Klaussner o Steffi Kühnert. Y Christian Friedel, en el papel del maestro, el personaje que parece sin doblez.

Y finaliza, el maestro austríaco, sin duda alguna el mejor director del siglo XXI, señalando: “Me parece que el arte debe hacer preguntas y no avanzar respuestas que siempre me parecen sospechosas, incluso peligrosas”.

Un cine inmaculado en la superficie y febril en el fondo, pulcro en su estética (qué nevadas y casas, qué caminos y huertos; qué encuadres finos, qué pausado y demorado ritmo) y salvaje en sus sospechas, sus implicaciones y alusiones. Con un aroma mágico, por momentos, que me retrotrajo a Picnic en Hanging Rock, con unas secuencias, en otros instantes, que me recordaron a El pueblo de los malditos, Das Weisse Band, este insólito thriller dreyeriano, este alucinante western bergmaniano, es a Malditos bastardos lo que Expiación a El código da Vinci, lo que un Ribera Duero a la Pepsi-Cola. Las implicaciones, repito, son infinitas.

Una obra superior. Un ser superior.

 

Nota final. Dos citas de Félix de Azúa (“Dificultades para empezar una guerra”, El País, enero de 2010; mis “negritas”):

 

 

 

Muy pocos ciudadanos quedan libres de esa embriaguez que parece emanar del olor a sangre humana, y menos aún quienes adivinan las proporciones del acto de enajenación, el abismo en el que van a hundirse quienes se creen vencedores. Es cierto que hay también un trágico coro de mujeres aullando desgarrada y quizás resignadamente contra la guerra. Su presencia parece la compensación biológica del maléfico entusiasmo masculino, pero es un lamento atávico, el de las plañideras ancestrales que deploran la pérdida de lo único que es suyo, sus hijos y maridos, ya que toda otra posesión les estaba vedada.

 

Porque ésa es la cuestión, a saber, que nosotros ya no creemos en la maldad y la tecnificamos llamándola “desequilibrio mental”... El caso es que no creemos que exista tal cosa como la maldad, el odio que infecta a quienes se creen superiores o más fuertes, pero poco reconocidos. Esa herida diabólica sólo puede curarse mediante la destrucción de quien les agravia, siendo el agravio muchas veces la mera presencia física del otro.