DERAY Jacques (1929-2003)

La piscine (La piscina) (1969: 6.5)

Jean-Paul y Marianne disfrutan del verano en una apartada mansión con criadas y piscina. La piscina es símbolo de poder monetario y corporal. El que la tiene luce su cuerpo. Y los cuerpos de Alain Delon y  Romy Schneider son gloriosos, perfectos. Pasan el tiempo bañándose, retozando y haciendo el amor. Sin preocupaciones de ningún tipo. Burguesía muy acomodada, liberada sexualmente, desinteresada del mundo. Llevando muy poquita ropa. Atractivo y morbo asegurados. En esto, se presenta una visita más o menos inesperada. Un antiguo amante de ella (Maurice Ronet) y su preciosa hija adolescente (Jane Birkin). El morbo aumenta. La tensión se huele. La atmósfera se enrarece, la tentación se acrecienta y el crimen merodea…

La piscina, del francés Jacques Deray, se sostiene sobre cierto aroma nostálgico e irrecuperable (Bonjour, tristesse, Preminger) y sobre una relación erótica peligrosa (Lolita, Kubrick). Otra referencia cultural, en aquellos años, era el relato de D. Cheever “The Swimmer”, en la que el nadador burgués se aburría nadando de piscina en piscina y encontraba su vacío vital allí donde él había fijado su esperanza redentora. También eran años de El graduado (Nichols), Accidente (Losey) o Las ciervas (Chabrol), donde las relaciones turbulentas desafiaban el supuesto clima festivo de liberación sexual: nada era tan simple, todo era complejo. Incluso el maestro Rohmer, en filmes como La coleccionista, arrimó la belleza del desnudo femenino a sus preocupaciones morales más prudentes (no criminales).

En todo caso, hay un subgénero francés de esos años especializado en el thriller erótico, por llamarlo de alguna manera. La insatisfacción de los acomodados personajes encuentra su más peculiar perplejidad enfrentada a un crimen ambiguo y una investigación nada fácil para el investigador. Películas de Chabrol como La ruptura o Inocentes de mantos sucias o de Lautner como Los senos de hielo (y alguna de Sautet) navegaban en idéntico barco (se diría que inspiradas todas por Las diabólicas de Clouzot). Es un tipo de cine, por otro lado, que gustaría mucho a Brian De Palma y a Verhoeven y, ya en el siglo XXI, a un tipo talentoso y estético como Ozon. Y, por qué no añadir, también cimentaría un cine pornográfico que (la piscina es una zona erógena de primer grado) terminaría explotando en la era de Internet.

Un cine tórrido en su primera parte pero pesimista todo el tiempo. Deray no duda en explotar los puntos fuertes de sus actores en los alrededores de la piscina (más que un medio, un fin en sí mismo): sus pieles, figuras, poses y cuerpos, la “coolness” durísima de Delon y las curvas resplandecientes de Schneider. En la última parte de la película, con el enfriamiento en la relación entre Delon y Schneider, la fuga de Birkin y el husmeo del detective (Paul Crauchet), la obra gana en sutileza (esas miradas sospechosas, ese decaimiento comprensible, ese encubrimiento fatal) y pierde en sensualidad. Como bien ha sabido Chabrol, lo que no mata, engorda.