GRANT James Edwards (1905-1966)

Angel and the Badman (El ángel y el pistolero) (1947: 5.0)

James Edward Grant no fue un director prolífico (sólo dos películas) pero sí el guionista predilecto de John Wayne. Algunos de los mayores éxitos de Wayne se fundaron en adaptaciones, diálogos y situaciones construidas por el señor Grant, en filmes más bien conservadores (tirando a reaccionarios y belicistas) y de desigual calidad como El Álamo, Arenas sangrientas, El gran McLintock o Los comancheros.

El ángel y el pistolero es un western del montón. John Wayne no sólo lo protagoniza sino que también lo produce: y se da un homenaje. El objetivo de la película es, sin duda, su propio lucimiento como hombre y pistolero, como actor y señor con raíces.

Cuando un actor se mete a financiar la propia película en la que es también la estrella es porque desea que todo esté bajo su control. Elige al director y guionistas que le transmitan mayor confianza (en ocasiones son amigos) y les deja claro que no hay otro fin que la creación de escenas y momentos que subrayen sus virtudes más marcadas como héroe… o antihéroe. Lo importante, repetimos, es su propio lucimiento.

Actores de Hollywood de distintas edades y épocas como Adam Sandler, Andy Garcia, Michael Douglas o Kirk Douglas han sido productores (incluso ejecutivos) de varias de las películas que protagonizan o protagonizaron. No les tienta demasiado la dirección (como a Eastwood, Newman, W. Allen, Costner, Gibson, etc.) pero sí se imponen como productores en filmes que sospechan que pueden favorecer sus carreras. Y su ego.

Así John Wayne en este western del montón.

Las opciones vitales, para el personaje de Wayne, en Angel and the Badman son evidentes (aunque no fáciles). La pistola o la granja. Las chicas malas y disolutas del “saloon” o la chica decente e ingenua del campo (Gail Russell). La violencia perpetua o el trabajoso arado. La horca o las gallinas. Las persecuciones o la familia. Las juergas con colegas o tener un hijo. La silla de montar caliente o el hogar cálido y seguro. El whisky o los huevos fritos.

Wayne, tras meditarlo y pasar por alguna prueba complicada, se decidirá por el Bien. Le dará la espalda a la pistola y a la soga (que le terminarían matando o ahorcando) y sentará la cabeza, como Dios manda (pero no un Dios cruel sino uno bondadoso).

Entre los diálogos, por cierto, hay tres o cuatro apuntes inteligentes (casi meta-literarios) que relucen entre una maraña de tópicos mil veces oídos. No los cito porque se me han olvidado, pero al buscador de diamantes fílmicos no se le pasarán de largo.

Western flojo dramáticamente, con algún diálogo curioso sobre la importancia del agua o la calidad de la Biblia; narrativamente convencional y, en fin, producto (como hemos insistido) con el que Wayne se ofrece un fácil homenaje: una del Oeste en la que el violento personaje principal (como James Stewart varias veces con A. Mann) encontrará su redención en una tierra, un hogar y una mujer. La redención en la sencillez, la humildad y la quietud (lo que no se mueve, lo que no te ataca).

Un héroe, por cierto, que me recordó en distintos momentos y lugares de la película al Harrison Ford de Único testigo y al Eastwood de Gran Torino. Cosas que pasan. O que se ven e imaginan. Y luego se escriben.