KAZAN Elia (1909-2003)

Panic in the Streets (Pánico en las calles) (1950: 9.0)

No parece fácil dar con una película dirigida por Elia Kazan que sea fallida. Ni siquiera del montón o sólo pasable. Todo film de Elia Kazan es un compendio de ideas atractivas e intensidad sin tacha (acaso América, América, su gran obra maestra, carezca curiosamente de intensidad y de un “plot” fuerte). Es Pánico en las calles, y pese al título sensacionalista (no presenciamos, propiamente, ningún pánico en las calles), de nuevo una muestra vigorosa y acuciante de una porción de los EEUU que merece la pena enseñarse con mayor o menor realismo, independientemente de su trama. Además, aunque en la obra de Kazan primen, es cierto, las historias muy concretas y los protagonistas masculinos muy marcados y atormentados casi siempre, parece normalmente posible hallar un perfil metafórico. Parábolas sobre cazas de brujas o similares.

En Panic in the Streets, el héroe es un médico (un gran Richard Widmark), lo cual no es habitual: el protagonista de este thriller, pues, no porta una pistola, lo cual ya es como mínimo un síntoma de civismo y respeto. El pánico que no llega a instalarse en la población proviene de un brote de peste, traída por un inmigrante en un barco y luego contagiada a aquellos que tuvieron contacto (más bien violento) con el pobre hombre.

La película se incardina, así, al subgénero del “hombre atrapado”, los ultimátums o el de los “límites: 48 horas”. Hay que obrar con toda prisa, pues, para que la peste no se convierta en epidemia pero, al mismo tiempo, hay que hacerlo con discreción, sin levantar sospechas, para ponerse al abrigo de los malditos periodistas, dispuestos a todo (merced a su latiguillo, ya infumable en 2010, de “la verdad”) aunque se provoque la alarma social; esto es, el periodismo como ese Cuarto Poder que se cree por encima de la seguridad nacional o del mero bienestar. Todo por vender más copias, todo por la pasta. Por suerte, la labor del médico es ejemplar, aunque se torture a sí mismo continuamente por el escaso dinero que gana y el poco caso que, al principio, le hace la policía, que opina que está exagerando, que es un irresponsable y un paranoico. A veces (sólo a veces) los paranoicos tienen razón.

Pensemos en filmes de ese mismo año 1950 como Ultimátum (Boulting), Muerto al llegar (Maté) o Al borde del peligro (Preminger), en los que también había un límite temporal marcado para resolver una situación de gran peligro no sólo para el protagonista (normalmente un tipo incomprendido) sino para toda su comunidad… Aunque es interesante cómo en Pánico en las calles, al oír la palabra “comunidad” mencionada por un policía (creo), el doctor Widmark se irrita y le reprende diciéndole poco más o menos que deje de pensar en términos tan restringidos y mezquinos y considere, más bien, cómo la plaga podría extenderse por todo el mundo. Es decir, que ya nos reconvenía Kazan, a mediados del siglo XX, que los problemas eran “globales”, un más que sano internacionalismo. Por no decir humanismo, leñe.

La película contiene unos diálogos siempre agudos e inteligentes, una interpretación soberbia de Jack Palance como tipo sin escrúpulos (asombroso el momento en que arroja a su compinche moribundo desde lo alto de una escalera); en suma, trata un conflicto de “vida o muerte” y de seguridad y, a medida que avanza en tanto que thriller (persecuciones, pesquisas), nos va mostrando a la vez los bajos fondos de Nueva Orleans a la altura de 1950. Maravilloso cómo Kazan y su equipo técnico nos llevan a tascas de mala muerte, a callejones sin salida y a restaurantes siniestros; a un barco repleto de ratas, al pestilente puerto y las mismísimas alcantarillas. Admirables los personajes secundarios (destacan Zero Mostel y Paul Douglas pero hay muchos más), algunos de ellos inmigrantes (como el propio Kazan), que parecen recién salidos de la época de la Gran Depresión, malviviendo en tugurios infectos, míseras vidas; pobres trabajadores explotados y con el miedo en el cuerpo…

Widmark, cumplida su misión (con una secuencia de acción resuelta de manera estupenda), volverá finalmente a su casa, donde le espera su santa esposa (Barbara Bel Geddes, recién salida de la excelente y ophülsiana Caught,), quien, con un abrazo, le absolverá de todos los posibles malos humores e incomprensiones previas. La seguridad estable y la felicidad tranquila estaban en el hogar, con la mujer y el hijo, lejos de plagas, incompetentes, crímenes y suciedades; la felicidad era el sofá, la cocina y el lecho, la felicidad era desprenderse del uniforme y poner la lavadora en funcionamiento.