MARTÍN PATINO Basilio (1930-_)

Nueve cartas a Berta (Nueve cartas a Berta) (1965: 8.5)

El joven español que retorna del extranjero y se aburre en la gris España franquista. Los diálogos sin objeto: el sinsentido vital. El atormentado soliloquio interior del protagonista. Dos novelas españolas de los cincuenta y una de los sesenta parecen estar en los cimientos morales de Nueve cartas a Berta. Congreso de Estocolmo (José Luis Sampedro) y El Jarama (Ferlosio). Incluso Tiempo de silencio (Martín Santos). Pero sobre todo la primera.

Rohmer y su posterior Mi noche con Maud, la moral de las decisiones individuales y prudentes en los asuntos del corazón (más que de la entrepierna).

Godard en cierta frescura de rodaje intelectual pero con momentos más intuitivos y libres, la levedad de la pareja por la calle, en aquella España cinematográfica (otras parejas españolas caminaron graciosamente, por París en Bombas para la paz, en España la de Esa pareja feliz…).

Truffaut, cosmopolita y sentimental, un personaje masculino y joven haciendo cábalas sobre qué hacer con la vida y los amores. Pero la vida sigue pasando y los amores menos razonables dejan sitio a otros.

Pero, oye, detecto en Basilio Martín Patino (y no sé si es lo que menos me gusta de la obra, aunque le da gran compostura)…

…la gravedad de Resnais, el de Hiroshima y Marienbad, en monólogo interior y memoria que ensucia y pervierte el presente, o que hace presente el pasado, o que invita al futuro a reunirse con lo pretérito, la memoria y el desconsuelo y la insatisfacción, y un eterno retorno.

Martín Patino, con distinción, buen gusto y hondura, ponía a Salamanca en el mapa, un decenio después de sus famosas “conversaciones”, tan insolentes, exageradas (¿injustas?) y bardemianas.

Y ponía a España en el mapa internacional. Al menos, en Europa. Como hacía Saura en esa época (por ejemplo, con la godardiana y buñueliana Peppermint Frappé). No todo era Paco Martínez Soria y su boina, nada de eso. Quien aún hoy día (febrero de 2010) piense así es que no ha visto casi nada: ni de Picazo ni de Fernán Gómez, ni de Berlanga ni Mur Oti, ni de Forqué ni de Nieves Conde ni de Neville ni varios otros.

Había, pues, otro cine español. ¿Quién hoy, en 2010, realiza un cine como el de Martín Patino? Que yo sepa, nadie. Ni siquiera, ya, Martín Patino.

Disconforme, crítico, intelectual, reflexivo; nada colérico sino argumentativo, preciso y sensible: nada “sobraba” de la realidad española de aquel momento. Patino consigue abarcar territorios personales, sociales, sentimentales, tradicionales, folclóricos. Y lo hace con respeto, elegancia, máxima tolerancia pero mediante una extraña combinación de ligereza-control de planos y composición (influencia sin duda de la Nouvelle Vague), pero sin velarnos lo que ve. La imagen capta casi todo pero se detiene en ocasiones, las acciones se congelan, la voz del narrador masculino se explica, se explaya, busca razones y emociones que justifiquen su posición en el mundo, en aquella España, su familia y posición social. Ay, las renuncias. Su enamoramiento de Berta, la exiliada en Inglaterra.

Y Patino combinando documento (incluso antropológico) e introspección. Sociología, algo de melodrama y monólogo epistolar. Y el mito de “ir al extranjero” cuando las suecas ya estaban llegando a nuestras playas. Lo intelectual, libresco y hasta libertario frente a lo postizo, rancio, cómico y vulgar.

Respeto, cautela, inteligencia; cierta solemnidad, también, como de cine-clubista con gafitas; pero siempre gran claridad en tema y rema para todo el que quisiera entender y ser cómplice del personaje y sus cuitas, su España, su futuro. Muy superior (por osada y artística) a la Tercera Vía que surgiría pocos años después.

Nueve cartas a Berta es una distinguida película española de mediados de los sesenta que llega a tocar la fibra sensible (la otra ya está tocada) con sus capítulos rohmerianos de título irónico (y cierta estética episódica como de amor cortés medieval pasado por el “nouveau roman”); mucha insatisfacción pero también adaptación forzosa, y no tanta rebelión (vaya) como se podría haber pensado. Ganó el realismo tecnocrático.

Sobriedad en la imaginería y el ritmo cinematográfico (impecable) de Martín Patino. Emilio G. Caba cumple con su misión enigmática (para algunos) y comprensible (para otros) de intentar ser libre y parecerlo; en ocasiones, hoy día, nos parece algo irritable e irritante, quejumbroso en su lamento determinista. Incluso soberbio… Y atención a lo que el atinado y tremendo escritor salmantino del siglo XVIII,  Diego de Torres de Villarroel, proponía para curarse de excesivas ilusiones y vanidades (de la selección Juicios, visiones y pareceres):

 

…aconsejo que viva cada uno alhagando estas tres consideraciones: la primera es el ¿qué fui? La segunda, ¿qué soy? Y la tercera, ¿qué seré? ¿Qué fui? Un esperma fétido. ¿Qué soy? El vaso más sucio del mundo, pues examinando lo que arrojo por la boca, las narices y demás albañales del cuerpo, no encontraré (aunque amontone toda la hediondez de los animales) otro más impuro que yo. ¿Qué seré? Alimento de gusanos y horror de los vivos. Son excelentes medicinas contra la soberbia.

 

Por desgracia para los sueños protagonista, Martín Patino quiso que éste se rindiera, disimulando que era puro. Su medicina frente a la soberbia fue la pragmática integración, el aire puro del campo y el santo olvido. Y este espectador, muy civilizadamente, admite que se emocionó.

 

[Mencioné Tiempo de silencio al principio de la pieza. Y veo lo que escribe Torres de Villarroel al respecto: “El silencio es más cariñoso y más sabio que la conversación; ésta ha fomentado muchos rencores y pendencias y el silencio ninguna”. Cita que le añade tanto a esta crítica como a la película como, incluso, a la novela de Martín Santos y hasta al concepto mismo de “silencio”, me atrevo a añadir, un indudable valor de incertidumbre, de choque y hasta de cierta bajada de humos. Siempre recomendable para todos]