PARAJANOV Sergei (1924-1990)

Sayat Nova (El color de la granada) (1968: 2.0)

A veces pasa. La biografía del director Sergei Parajanov (según nos la venden en su página http://www.parajanov.com/) es más interesante que su cine. No hacía falta pedir mucho. Su vida no fue un lecho de rosas, como suele decirse. Pero lo que yo juzgo, sobre lo que opino es sobre su cine, no sobre su vida. Lo siento, macho, ahí no tienes nada que hacer conmigo. Ni un punto a tu favor.

 

Todos los epítetos que había leído, a priori, sobre este realizador nacido en la actual Georgia me habían predispuesto a presenciar un suceso maravilloso. Incluso directores como Antonioni, Godard o Fellini, al parecer, mostraron su admiración por este “genio del cine”, como lo presentan en el estuche que lleva su nombre y que incluye todos sus largometrajes. No pienso ver nada más de este señor. Tengo límites. Uno es el adusto Fausto de Gorki, por ejemplo. Pero otro es  El color de la granada: ha colmado mi curiosidad. Ha sido, de hecho, el colmo. Vade retro, Parajanov.

 

Lo más opuesto a un cine narrativo que he visto nunca.

 

Lo menos parecido a un cine espontáneo que he tenido ocasión de presenciar.

 

Siendo la duración del film bastante corta (unos 80 minutos), es de lo más aburrido que he visto.

 

Cine estirado, solemne hasta la náusea. Obligatoriamente simétrico, cerrado, atosigante; sin ritmo ni hondura ni ilusión. Todo era superficie pictórica y espacial, rellenada por un babeante simbolismo. Poesía horripilante, lo más pomposo y pretencioso que he tenido ocasión de ver. Ah, y oír. Uff. Irritante tras sólo diez minutos. Imaginen 80. Y escribe esto quien no tiene escrúpulos en relación a los audiovisuales, quien se traga un capítulo de cualquier serie americana y luego ve una de Antonioni, Urbizu o Kitano; alguien que se enfrenta a Bill Viola en un museo y después a una de Buster Keaton, Coixet o Kiarostami en su salón. Aviso a navegantes, pues.

 

Algunos planos me recordaron el cine de Kawalerowicz (Faraón), y (lo admito) alguna cosita de Godard (La chinoise, por ejemplo) o Pasolini (acaso Medea: mira que si Pier Paolo admiró a Parajanov, vaya sorpresa: pero lo dudo). Leves recuerdos, digo, ya seguramente forzados por mi facilidad para relacionar unas imágenes con otras, en fin.

 

Pero es que esta película, este cine (me arriesgo a señalar) es, además, lo más opuesto al placer que he conocido. Y, por si fuera poco, no cuenta con nada, ningún elemento o aspecto o mero rastro, en mi opinión, que sugiera inteligencia, sapiencia, ironía u hondura. Ni humor, subversión, emoción, jugueteo o santa política; aunque, por lo que he leído, Parajanov lo debió de pasar mal en la URSS (encarcelado alguna vez, etc.). Es toda su retórica cinematográfica tan grandiosamente forzada, tan pura pose, que, de verdad, me quedé (después de cuatro o cinco minutos ya vi lo que se me venía encima) bastante menos perplejo que, francamente, malhumorado. Y con ganas de romper jarrones chinos.

 

Nunca he sido aficionado al simbolismo. Los cuadros, por ejemplo, de un Henri Rousseau siempre me han parecido un alambicado pestiño. El cine de Cocteau (de un estatismo pictórico y simbolista notable) nunca me ha resultado apabullante y sí, en cambio, sobrevalorado y poco cinematográfico.

 

Con Parajanov ese juicio (el de no cinematográfico) se multiplica por cien. Nunca he visto nada más apagado, orondo oropel de rostros frontales que miran a la cámara o que se exhiben en posturas curiosas en decorados coloreados; gente hierática, tipos pesados como losas, a quien apetece perder de vista cuanto antes. Vaya pedante poeta medieval de mis parajanovs.

 

Una aclaración. Seguramente Parajanov fuese un artista, al menos en su interior, “libre”, a la manera como es libre Roman Polanski, según relato reciente de Bernard-Henri Lévy en El País (en diciembre de 2009). Eso no absuelve de nada a nadie. Un espíritu libre, como (supongamos) lo son Polanski (el Polanski encerrado y humillado en Suiza, acusado de un crimen de hace varios decenios) y Parajanov han de trabajar en lo suyo y demostrar lo que son. Se puede ser “inquebrantable” o “indomable” (dice Lévy), como lo fue el autor polaco o, seguramente, lo fue también el georgiano (o armenio o soviético o ruso), sí... Pero hay que ser libre… y demostrarlo en el oficio.

 

¿Un cine libre, en todo caso? No he visto otro tan preso de convenciones, tan sujeto a camisas de fuerzas ajenas a las tradiciones más valiosas y liberadoras del cine. Tan poco sustancial, tan encarcelado en sí mismo.

 

Por todo ello, esa expresión de “genio libre”, aplicada con sospechosa insistencia a Parajanov no justifica el coñazo de película que me ha deparado el destino… Es decir, la sección de DVDs de la Biblioteca Pública de El Retiro. No seamos tan deterministas: no siempre acierto.

 

 

 

Pregunta final: ¿Y qué sería lo más opuesto a Sayat Nova, del compadre Caraja-nov…?

 

Sin duda alguna: Francisco, juglar de Dios, del maestro (éste sí, y con menos ínfulas exacerbadas) Rossellini. Humildad rebelde. Espontaneidad libérrima. Esbelto y subversivo cine en movimiento, cristianismo primitivo, ligero y edificante, y sin petulancias de ningún tipo.