DUVIVIER Julien (1896-1967)

Il ritorno di Don Camillo (El retorno de Don Camilo) (1953: 7.0)

Don Camilo, el sacerdote y héroe de El retorno de Don Camilo, seguramente habría suscrito estas palabras que anota en su diario el cura de Diario de un cura rural (Georges Bernanos, trad. de Jesús Ruiz): “¿Qué sería de mí... si me resignara al papel de tantos católicos, preocupados tan sólo del conservadurismo social, es decir, en resumen, de su propia conservación?” (por cierto, dejé este libro tras cincuenta y pico páginas: me aburrió).

Don Camilo, caracterizado estupendamente por Fernandel, lejos de resignarse a su propia conservación, lucha por la conservación de todas las causas perdidas en su pueblo, incluyendo sus reyertas con el alcalde comunista Peppone, un gran Gino Cervi, y su caterva de concejales “rojos”. Camilo es un cura simpático, flexible y dulce, que intenta ayudar en lo que puede; un hombre poseedor de un fuerte carisma y una bondad tan señalada que podría confundirse con afán de protagonismo. Al menos, eso es lo que piensa Peppone, que se engancha en continuas disputas con el Padre Camilo, llegando ambos, en una competición sin cuartel, a adelantar y retrasar la hora en los relojes de la iglesia y la casa del pueblo.

Habría que añadir que es una batalla dialéctica y de egos que debemos enmarcar dentro de un cine cómico y blando, ligero y para todos los públicos (aconsejado especialmente para los niños y ancianos de aquel entonces). Un cine que también contiene “gags” o escenas absurdas, por ejemplo cuando se llega a la situación, a causa del “destierro” de Don Camilo a un pueblo de montaña, de que en el suyo originario dejen de nacer los niños y de morirse los moribundos, y los novios se resistan a casarse. Es un tipo de humor alegre, caritativo y cristiano que, en cierto sentido, se asemeja al sentimental y tierno de De Sica en Milagro en Milán. En su lado más demente, compartiría elementos con el Berlanga de Bienvenido Mr. Marshall (aunque por supuesto el español tenga más mala leche: más humor que caridad), y con el de José Luis Cuerda decenios más adelante (Amanece que no es poco o El bosque animado).

En realidad, cabe situar El retorno de Don Camilo, primeramente, dentro del muy subgenérico subgénero del “cine de curas”; me vienen a la mente títulos curiosos, a este respecto: El curita cañón, El amor sí tiene cura, El padrecito de Cantinflas... ¡que Dios me perdone, las hay buenísimas también como Yo confieso de Hitchcock o Las llaves del Reino de Stahl! Pero en un sentido mucho más ampliamente entendido, se podría apuntar que ha habido numerosos directores (casi todos ellos, grandes) que han contado con moldes cristianos más o menos matizados y discutidos entre sus motivaciones y estéticas. Se me ocurren a bote pronto: el McCarey de Siguiendo mi camino, el Capra de Juan Nadie, el LaCava de La muchacha de la 5ª avenida, el Ford de Tres padrinos, el de Sica en Umberto D, el Koster de El invisible Harvey, el R. Wise de ¡Quiero vivir!, el Anthony Mann de La pequeña tierra de Dios, el Preminger de El cardenal, el Olmi de El árbol de los zuecos... Más recientemente el cine de Darabont, sobre todo con La milla verde, y hasta el de Garci (Canción de cuna, You’re the One), podría argumentarse que caen en esa manga ancha, más que nada por su actitud, su aroma contemplativo o por un “algo” irreductible y que se siente más que se ve (será la fe...).

(Otros directores con vuelos cristianos, según yo los “siento”, podrían ser: L. Vajda, Rossellini, incluso los Taviani u Oliveira; algún Dreyer, algún Bergman; en el cine español, por ejemplo, La aldea maldita de F. Rey, y mejor no mencionar tantas y tantas caricaturizaciones durante el franquismo: el cine católico-franquista, en tantas ocasiones, eso era otra cosa...)

En este cine de Duvivier se favorecen las situaciones, por un lado, en las que prevalecen los gestos de bondad y generosidad (normalmente de D. Camilo) y, por otro, en las que se pone sobre la mesa la rivalidad ideológica y humorística entre el sacerdote y el alcalde. Este último, pese a que su personaje se haga más positivo a la largo de la historia, sale obviamente peor parado que el protagonizado por Fernandel: digamos que esta película de Duvivier (narrador eficiente y sólido, ya lo sabía por La bandera, capaz de dejar sobrias y bellas imágenes y de retratar con un par de pinceladas a un personaje), en unos tiempos de gran pujanza del Partido Comunista en Italia (y la URSS), opone a la supuesta rigidez de principios, actitudes y dogmas de los comunistas (y, de paso, a la escasez de escrúpulos de los capitalistas reaccionarios, que cuentan con un único elemento en el pueblo: un agresivo terrateniente), el talante y la figura de un bonachón, valiente, socarrón y comprensivo Don Camilo, cuya aproximación a los conflictos tiene mucho de mediador (a través de la oración, el diálogo con Cristo, ¡muy real!, y con el prójimo: sin solemnidades) y de singular showman (mediante cómicas venganzas, como hacerle beber a un antiguo enemigo un vaso con aceite de ricino).

(Paréntesis sobre actualidad española en febrero de 2008: es de suponer que este cine disgustará hoy día, y mucho, a buena parte de la jerarquía católica de nuestro país, que mostrando un talante inhóspito, ceremonioso y rígido, y con abundantes malas pulgas reaccionarias, dice despreciar el diálogo, oponiéndose a crear un clima de concordia).

En resumen, se trata de un cine sin demasiadas honduras pero en absoluto despreciable: contiene abundantes momentos para el regocijo y alguno que otro para la bonita emoción (sin sensiblería). Por supuesto que hay que entrar en el juego propuesto por Duvivier, Fernandel y Cervi, con sus chanzas suaves y su pedagogía cristalina, con un humor más blanco que otra cosa y una sincera mofa de los presupuestos comunistas tal y como son llevados a la práctica (con torpeza y ceños fruncidos) en un pueblecito italiano.

En todo caso, tomo otras palabras de Bernanos para terminar esta pieza casi cristiana, palabras que me gustaría aplicar al personaje de Don Camilo de la manera como está dibujado por Fernandel y Duvivier. Así reflexiona el cura rural: “Admiro a los revolucionarios que se toman tanto trabajo para hacer saltar las murallas con dinamita, cuando el manojo de llaves de las gentes bien pensantes les habría permitido entrar tranquilamente por la puerta, sin despertar siquiera a nadie”.

Es un básico, ingenuo y nada malencarado cine que confía en aligerar las penas de sus (más bien humildes) espectadores, para que, contrariamente al nefasto, cínico e interesado refrán español, tiendan a pensar bien de los demás, acierten o no.